La gramática es historia (también en la Sierra de Segura)

Conocían las virtudes de las plantas y las hierbas,

los nombres de los pájaros y su canto,

eran de antes del saber y de la ciencia,

entregados al tiempo, a los astros y meteoros,

un mundo mágico todavía subsistía,

y su lengua era ancestral, precisa y bella,…

La gramática es historia, es un documento. Conservar y recordar cómo se hablaba nos ayuda a entender cómo vivían nuestros antecesores.

He tenido el privilegio de escuchar todavía, hace ya más de treinta años, cómo hablaban las gentes de la Sierra de Segura, en la provincia de Jaén. Sus trabajos y sus días eran otros, la maquinaria aún no había hecho irrupción en esa lejana comarca más que de manera marginal, algunos tractores, alguna camioneta. Lo demás se hacía a fuerza de azada, hacha, bestias de carga, molinos de agua. Los cultivos eran variados, había hortales y el uso de las acequias era cuidadoso, bien ordenado. El sistema métrico decimal era usado de forma subsidiaria, pues se usaban las fanegas, los celemines, las arrobas y otras medidas ancestrales. El lenguaje era otro.

Ya se sabe que la gramática y el habla son una fotografía fiel de una fase determinada del lenguaje y, por tanto, de la sociedad.

La Sierra de Segura perteneció al Reino de Murcia desde tiempos remotos, desde antes de la invasión musulmana. Tudmir (que no era otro que un hispano godo llamado Teodomiro), se convirtió, prudente e inteligente, al islam y conservó su poderío. Hasta que Javier de Burgos reorganizase España en provincias en 1830, esa zona era murciana (y todavía parece serlo, a tenor del descuido en que la tiene y ha tenido la Junta de Andalucía que la ve como suya sólo para hablar, cansinamente, del “oro verde”).

Aquí se habla (o se hablaba) de una forma más murciana y manchega que andaluza. Además, la realidad social, cotidiana, productiva, era distinta y las gentes sabían y podían nombrar las diferentes plantas. árboles, estados del tiempo atmosférico y las medidas de los productos de la tierra y las distancias y superficies, como se indica al final de este artículo. Podían decir, y querían decir las cosas tenían su significado preciso. Quizás hubiera más analfabetos, pero sabían nombrar las cosas.

La falta de escuelas (que denunciara Luis Bello hace cien años en su Viaje por las escuelas de España) y la falta de sacerdotes formados contribuyeron, paradójicamente, a que se conservasen el habla, las expresiones y el vocabulario ancestral durante mucho tiempo.

Hay varias causas de la desaparición del habla de la sierra. Sobre todo, tres: emigración, televisión, monocultivo.

La emigración (los emigrantes intentan integrarse imitando el habla de la región que los recibe), el desarrollismo y sobre todo la televisión, han uniformizado el lenguaje. Sólo los más viejos aún usan palabras antiguas.

Otra razón de la pérdida de la riqueza léxica ha sido el monocultivo del olivar.  Antes, con las huertas, el labrador conocía las hierbas, las flores, sus propiedades, la tierra que mejor les convenía. Hoy la agroindustria (esa atroz palabra que parece un contrasentido) con sus abonos homogéneos, de marca, y sus pesticidas, no sólo han destruido parte del hábitat, de flora y fauna, sino también la lengua. Hoy ya sólo se habla de olivas y de aceite. Hasta el lenguaje forestal se ha ido perdiendo, pues cada vez hay menos maderistas.

Andalucía como Administración que es bastante nacionalista, ha puesto el acento identitario en el acento andaluz, como si esa fuese la seña de identidad, y no en la riqueza del léxico antiguo que servía para definir el tiempo, las plantas, los animales, las costumbres. Los giros y expresiones de antaño se han ido perdiendo. La forma de hablar se ha empobrecido, lo mismo que se pierden las semillas de antiguos frutales, y eso no es sólo una pérdida nostalgiosa, sino que el lenguaje deja de poder expresar los matices, los cambios de la naturaleza.

El lenguaje vivo ha sido también uniformizado por la gramática normativa.

Afortunadamente, algunos pensadores nos dejaron algunas referencias de cómo se hablaba.

Don Genaro Navarro (La Puerta de Segura, 4 de octubre de 1901- Madrid, 24 de febrero de 1977), abogado, erudito e historiador, estudió hace muchos años el léxico de estas sierras, por lo que no cabe añadir mucho más. Su trabajo está disponible en este enlace:

file:///Users/jaimeaxelruizbaudrihaye/Downloads/Dialnet-ElHablaDeLaSierraDeSegura-2071139.pdf

Otro escritor y profesor que dedicó atención al lenguaje serrano fue Emilio de la Cruz Aguilar, fallecido hace dos años, del que hay una semblanza que resume bien su trabajo, en

http://asociacionsierradesegura.blogspot.com/2009/04/emilio-de-la-cruz-aguilar.html

También el profesor Faustino Idáñez de Aguilar ha estudiado el léxico del nordeste andaluz, o de la llamada región pre-Bética.

Sin embargo, quiero aquí evocar algunas de las palabras y expresiones que oí a Vicente Muñoz, a Antonio Ramos, a Rosario, de la aldea de Rihornos; a veces pensaba que eran errores y en realidad eran formas antiguas de hablar, muy expresivas, algunas ya usadas por Cervantes y por Quevedo:

Abajar, bajar.

Amagantarse, agacharse, esconderse.

Apriesa, de prisa.

Asuradas, marchitadas (las plantas por el viento solano o sur).

Aviarse, arreglarse.

Asentarse, sentarse.

Bullir, moverse mucho, enredar, como el francés bouger.

Coger, por caber: no coje aquí, ésto no coje.

Tener beneficio, la tierra, gracias al estiércol, por ejemplo.

Balate, despeñadero con mucha piedra (del árabe balat, piedra).

Bregosa, persona complicada, que da mucho que hacer. De bregar.

Brozeal, lugar donde hay mucho hierbajo seco, broza.

Cansicio, hartura.

Cansino, pesado.

Castellano, se decía del que no es gitano.

Por cima de, por encima de.

Civanto, talud, desnivel.

Conreo, como arreu en catalán, tarea pesada.

De contino, constantemente.

Desepartarse, separarse.

Despacharse, arreglarse, estar dispuesto, acabar los recados.

Enritación, irritación, enfado (¿por inri?)

Escuerabueyes: un reptil llamado eslizón.

Esfarfollar, deshojar las mazorcas.

Estarse, entretenerse y perder el tiempo (“no te estés”),

Furgar, por hurgar.

Gayares, dinero.

Hacer sentimiento, sufrir, por ejemplo, las plantas al trasplantarse.

Halda, saya, falda.

Jalmazo, golpetazo, caída.

Lanternazo, golpe.

¡Ligero!, date prisa.

Melecinas

Miaja, un poco, migaja.

Noguera, por nogal, como en Levante.

Verse precisado, estar forzado, apurado.

Plantas consentidas, mimadas, demasiado cuidadas que sufren con las inclemencias del tiempo.

La pantasma, el fantasma, una aparición.

Pesambre, pesadumbre.

A pique de, a punto de.

Puiciarriba, puiciabajo, hacia arriba, hacia abajo.

Rebolondo, muy redondeado.

Regoldar, eructar.

Rescoldera, ardor de estómago.

Resollar, por resoplar, suspirar por hacer un esfuerzo.

Resultar, por llegar o aparecer («ya hemos resultado», decía la hermana Aurelia, madre de Antonio Ramos, que era de El Patronato, Santiago de la Espada).

Soplarse, por beberse (una cerveza, por ejemplo)

Soñarrera, estar adormilado.

Tenerse, por sostenerse. «¡Tente!»

Tomar, por tomar en brazos.

Trempano

Vide, por ví.

Cambio de género:

La sudor

La calor

Decires:

No le va a valer el saber, “no vos valdrá el ardimiento” (Romancero del Cid).

Agua perdida, la mitad recogida: Limitar el daño.

No tengo lugar, como Sancho, “no tuvo lugar (de sacar los requesones del yelmo)”, DQ, II, XVII.

Está nublo, por ‘está nublado’.

Es noche, por ‘de noche’.

***

Para terminar, es útil recordar las medidas que se usaban, que datan de antes del siglo XIX:

Medidas lineales:

Pie:                  1/3 de vara

Vara:               0’836 cms. (oscila desde 80 a 83 cms)

Estadal:           4 varas ó 3,34 mts.

Legua: 5,573 kms.

Medidas de superficie:

Celemín:                     1/12 de fanega

Fanega:                       0,644 Ha.

Fanega y media:         10.000 metros o una hectárea.

Tahulla: 1.600 varas cuadradas castellanas.

Según Madoz, la fanega se compone de 400 estales (¿estadales?) de 16 varas cada uno.

Medidas de capacidad (líquidos):

Libra:                          ½ litro

Cuartilla:                     1 litro

Arroba :                       16 lts.

Arroba de aceite:       11,5 kgs.

Medidas de capacidad (áridos):

Cuartillo:                                           1 kg.

Celemín:                                            4 kgs.

Barchilla (de aceituna):                      3 celemines

Fanega :                                            12 celemines, 48 kgs.

Cahiz:                                                 12 fanegas

El celemín de trigo se medía raído, el de garbanzos, maíz, lentejas, colmado.

Medidas de peso:

Adarme:                                 1,797 grs.

Onza:                                      28,7 gramos  

Libra:                                      0,460 kgs.

Arroba:                                   11,5 kgs.

Arroba de vino:                      16 litros

Quintal:                                  46,9 kgs.

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A la chica de Mariúpol

Color de ruina y de ceniza

quiere el déspota dejar

de la víctima sus campos

y ciudades, sus bosques,

avenidas y jardines.

La chica herida, el ojo morado

por los golpes, nos mira y

aguanta su sollozo, un puchero

casi infantil en su tristeza,

ante las cámaras que escrutan

por los escombros.

No comprende, todo ha perdido

en un instante, su casa,

sus plantas que cuidaba,

sus libros y cuadernos del colegio,

el recuerdo feliz de aquellos días,

no hace mucho, sólo un mes.

Todos ellos nos miran

abatidos, sin comprender

el odio que se abate

sobre sus vidas, sus afanes

cotidianos, tan comunes

y sencillos como eran.

Nos piden auxilio, el socorro

merecido y necesario

que cobardes resistimos, sentados

ante las pantallas, tan ajenos.

Pero esas miradas no las miran

los soldados, ciegos de obediencia,

entrenados a la muerte,

robots impasibles, oscuros,

sin conciencia y seguros

de su impunidad y la victoria

que su amo vitorea en los estadios.

Los generales cobardes disparan

con botones desde poltronas

en el Kremlin pues para matar

no hay que mirar

a los ojos de la presa, sea una joven,

un niño o un caballo, eso

bien lo saben los verdugos.

Matar, quemar, desnucar

es su único afán, su único oficio,

lumpen de suburbios moscovitas,

oficiales de dachas y uniformes,

orgullosos del fuego y de las ruinas,

morirán impunes en sus camas.

El peligro de no comprender a Putin

En la medida que el pueblo cumpla la Ley, es decir, los términos del pacto, tendrá la protección de Dios: en la medida en que deje de cumplirlos, Dios le retirará la protección y le hará objeto de justo y terrible castigo.

El reino de Dios, arquetipo político

Manuel García-Pelayo

No comprendemos a Putin porque él se mueve en otro siglo, otros valores, otra mentalidad. Cierto que usa armas de destrucción y masacre modernas, pero su lenguaje es antiguo. Es el siglo XX contra el siglo XXI, o incluso el siglo XVIII o XIX contra el tercer milenio. Putin tiene un concepto del poder de pre-Ilustración. Ni Voltaire ni Rousseau, ni mucho menos Marx están presentes. Y su guerra no es la de Von Clausewitz. Se comporta como un zar antiguo, peor que Alejandro II. Y su guerra y su venganza está mejor descrita en la Biblia que en cualquier manual militar del siglo XV en adelante. No es casual que la Iglesia Ortodoxa Rusa le apoye, pues tiene también una mentalidad medieval. Pero casi habría que decir que la guerra de Putin no es ni siquiera medieval.

Las apariencias sobre Rusia engañan. Rusia tiene una sociedad de consumidores, un aspecto de economía de mercado bajo la tutela y control de los oligarcas, pero no tiene una sociedad de ciudadanos. Sin Parlamento digno de tal nombre, ni electores libres, ni partidos: simplemente súbditos a los que se les deja consumir mercancías como reclamo.

No hay sociedad civil salvo unos embriones, que son los que valientemente se manifiestan contra la guerra, pero la generalidad del pueblo ruso no tiene ni información fidedigna ni posibilidad de influir. Además, hay un desconocimiento casi total de lo que está perpetrando su ejército en Ucrania. Loin des yeux, loin du coeur.

No esperemos, por tanto, reacción popular, ni golpe palaciego, ni desertores ni objetores.

Ni el mundo cultural, salvo honrosas excepciones, ni la Iglesia Ortodoxa Rusa, han dicho nada. Y el Papa lo más que puede implorar son corredores humanitarios para limitar la masacre general. Y António Guterres, lamentarse, que es lo que se le da bien, mostrando una impotencia patética.

Las sanciones económicas perjudicarán al pueblo ruso principalmente, que se revolverá y generará más resentimiento aún contra lo que llaman Occidente. Y no derribarán nada, como no han derribado al estado iraní, ni a Cuba, ni a Myanmar ni derrotaron a Franco. Pero quitándoles los MacDonalds o Instagram no vamos a doblegar a Putin ni a todos sus seguidores, que son muchos, que son la gran mayoría de los rusos.

La personalidad de Putin es muy compleja, es un pequeño agente de policía resentido que añora el imperio ruso; no tenemos el mismo lenguaje. Imagínense si en España gobernase un miembro de la antigua Brigada Político-Social. Y su ejército proviene directamente del ejército soviético de Stalin. Es un ejército de robots con el cerebro lavado desde hace décadas. Putin se ve a sí mismo como el salvador del alma rusa al que unos decadentes y timoratos occidentales quieren una vez más amenazar y humillar.

Para que hubiera una reacción popular de amplitud considerable sería necesario que hubiera una sociedad informada. No basta con que sea letrada, que guste de la ópera, del ballet y de la música clásica y adore a Dostoievski y a Tolstoi. Los rusos no son precisamente ignorantes e incultos, no son ni mucho menos unos salvajes, pero carecen de una trama social, civil, política capaz de enfrentarse al poder de la policía, el ejército, al núcleo del poder de Vladímir Putin. Como mucho hay testimonios de todos esos que se dejan detener, maltratar y golpear por la policía. Han que ser muy valientes. Recuerdo que los que luchábamos contra el franquismo éramos una minoría, una pequeña minoría; los demás, como mucho, miraban, hacían chistes sobre Franco y de ahí no pasaban. La mayoría se acomodó y no movió un dedo.

¿Qué hacer? ¿Dejar que destruya todas las ciudades? ¿Reconocer la independencia de Lugansk y el Donbass? ¿Ceder hasta que llegue a las fronteras de la UE?

Estados Unidos, prepotente, parece querer hablar por Europa, por la Unión Europea que se remueve en un mar de dudas y temores. Pero Biden no entiende para nada a Rusia y eso es un peligro y no llevará a una solución del conflicto, de esta guerra de masacre, tierra quemada y aniquilamiento que está llevando a cabo. Echamos de menos a George Kennan (1904-2005), el gran experto norteamericano en la guerra fría que conocía bien a Rusia y la amaba.

Nadie en la UE quiere morir por Ucrania, y seguramente nadie querrá morir por los Países Bálticos, Polonia o Moldavia. A los muertos ucranianos, como mucho, les haremos un monumento. Los homenajes, las esquelas y funerales se nos dan muy bien.

Humillación y resentimiento, claves de las guerras

De dónde esta destrucción,

este viento, este frío,

esta desolación sin fronteras

o extraño presagio de lo ya sucedido, …

Un puñado de nieve

(de Memorial de Ausencias)

Antonio Crespo Massieu

Italia, que estaba con los aliados, fue humillada tras la Primera guerra mundial; postergada, a pesar de que pagó un alto precio en su lucha contra los Austro Húngaros.

Alemania fue machacada y humillada en el Tratado de Versalles. El Imperio Austro Húngaro, descuartizado.

Europa se había suicidado.

Todos los italianos y todos los alemanes se sintieron injustamente tratados. Wilson, Clemenceau y Lloyd George actuaron con altanería respecto a Italia y con saña, con deseo de venganza y de humillar, respecto a Alemania y Austro Hungría.

Y la Segunda guerra mundial, con Mussolini y Hitler, fue la revancha de Italia y Alemania. La crisis de Fiume, que explotó D’Annunzio y el fascismo, o la crisis del Sarre, que fortaleció el nazismo, eran el inicio de las revanchas contra una humillación que se consideraba intolerable.

Rusia fue postergada tras la Glasnost; los Estados Unidos y la Unión Europea no apoyaron su transición a la democracia, al contrario, se regocijaron del desmembramiento del Imperio soviético.

Hoy, la invasión destructora de Ucrania es la revancha de Rusia.

Muchos expertos ya lo han señalado: El catedrático Florentino Portero, en España, Vladimir Fedorovski, en Francia, https://www.lavanguardia.com/internacional/20220313/8120447/putin-loco-reflejo-sociedad-rusa.html, y John Mearsheimer, en Inglaterra, https://www.economist.com/by-invitation/2022/03/11/john-mearsheimer-on-why-the-west-is-principally-responsible-for-the-ukrainian-, lo han dejado bien claro.

También lo tuvo muy claro el nada sospechoso George Kennan, el diplomático norteamericano que fue el artífice de la contención de la URSS.

Humillar, arrinconar, despreciar, han sido históricamente uno de los más importantes factores de las guerras. Esto va más allá de las ideologías y de los partidos. Incluso en el islamismo radical, terrorista, de ISIS o Al Qaeda, hay un componente muy alto de la humillación de los musulmanes, que es incluso perpetrada por los musulmanes ricos hacia su propio pueblo, hacia los más pobres.

Las atrocidades de las guerras coloniales, la revancha de los colonizados, estaba a menudo originada por la humillación y explotación que sufrieron.

El odio a los judíos alimentado por los nazis que caló en la mayoría de los alemanes, austríacos y muchos otros pueblos del Este era, en el fondo, un resentimiento contra los judíos que eran vistos como superiores intelectual y a menudo, económicamente. Eso explica en cierto modo el antisemitismo cómplice de tantos polacos, ucranianos y bálticos que colaboraron con los Einsatzgruppen. Los nazis contaron con ellos en los llamados Hiwi, Hilfswilliger, ayudantes, europeos del Este que colaboraban en las masacres. Había un irracional deseo de revancha, un resentimiento -injustificado, basado en prejuicios religiosos y racistas, pero muy efectivo- que fue bien explotado por los nazis.

Muchas guerras son una especie de venganza colectiva, incluso si a veces la percepción de humillación pueda ser imaginaria. Pero es explotada hábilmente por el poder, como ahora por Putin para recuperar su ‘granero’ ucraniano. Las venganzas, como salen fuera del control de la razón, suelen ser indiscriminadas, masivas, ilimitadas. Lo vimos en los Balcanes, con las masacres colectivas perpetradas sobre todo por los serbios.

Hoy, la masacre de Ucrania es la venganza de Rusia.

Cuando algunos comentaristas dicen que Putin está en otra esfera, en realidad es que él está en la venganza, por eso es irracional, impredecible y tan peligroso. Y sabe explotar el deseo de revancha de los rusos; sus soldados ejecutan las órdenes sin pestañear, a ciegas, porque el odio a los ucranianos es más fuerte que todo sentimiento, que toda sensibilidad. Y la indiferencia de la mayoría de la población rusa respecto a la suerte de los ucranianos contribuye a que la guerra no pare. No hay apenas resistencia civil. Desengañémonos, no habrá ni desertores ni conspiradores ni golpistas contra Putin y su cúpula militar. El lavado de cerebro es total (una reminiscencia de lo que hizo la URSS). De hecho, el ejército es la institución que menos ha cambiado ideológicamente en Rusia desde los tiempos de Stalin. Disciplina, jerarquía, obediencia ciega, no pensar, es la fórmula.

Por eso creo importante no demonizar de nuevo a Rusia en su conjunto, con una especie de culpabilidad colectiva. Y, por más que nos repugne, hay que encontrar una salida a la guerra de Ucrania, salvar a los ucranianos de la muerte y la destrucción, pero que no consista en machacar a Rusia; y hacerlo antes de que Putin decida la hecatombe total. No es pacifismo bobo y buenista, es usar la razón.

El entorno de Putin: vejez y muerte.

Hoy sale en el Diário de Notícias de Lisboa, la foto y datos de los militares y los del entorno de Putin, entre ellos una mujer:

Sergei Shoigu, Ministro de Defensa,                                     66 años.

Valery Gerassimov, Jefe del Estado Mayor,                          66 años.

Nikolai Patrushev, Sº Consejo de Seguridad,                        70 años.

Alexander Bortnikov, D. Seguridad Nacional,                       67 años.

Sergei Narishkyn, D. Servicio Inteligencia Extranjera (Propaganda), 67 años.

Sergei Lavrov, Mº de Asuntos Exteriores,                             71 años.

Valentina Mativiyenko, Presidenta del Consejo de la Duma, 72 años.

Viktor Zolotov, D. Guardia Nacional,                                    68 años.

Lo primero que llama la atención es que todos tienen más de sesenta y cinco años. Todos crecieron en el estalinismo y los tiempos del gulag (que no acabaron, recuérdese, hasta Gorvachev).

El único más joven es Dmitry Peskov, Portavoz, 57 años, conocido por su yate The Maltese Falcon, vacaciones en Cerdeña, mucho tren de vida y sus caros relojes. Cuando las protestas de hace unos años dijo que los manifestantes «merecían que se les aplastase el hígado en el asfalto». Todo un caballero.

Les da igual la muerte de los otros, el bombardeo indiscriminado sobre todos los objetivos, civiles, militares, industriales. Ninguno tiene una esperanza de vida mucho más de 20 años más, les da igual la. Muerte de los demás.

Yo tengo 71 años y no pienso así, pero no deja de llamar la atención que estos viejos envíen a los chavales rusos de 20 años a matar a sus semejantes. Desde sus cálidos despachos pueden ordenar mandar bombas y misiles, tanques, hombres y mujeres rusos a morir por nada (o por saquear Ucrania, que es un buen negocio, ¿qué más les da un millón o dos de muertos?; ya han pasado el meridiano de la vida hace mucho y el único placer que les queda es matar, enriquecerse y destruir.

Son como los jinetes del Apocalipsis, ahora en Ucrania, después en el resto de Europa.

No sé si tienen hijos y nietos, pero seguramente también les dará igual.

¡Cuán falsa esa teoría de la sabiduría de los ancianos!

‘El Murciélago’, probo funcionario

Era el primero que llegaba y el último que se iba. Con tesón inusitado, con su traje casi negro, siempre el mismo (¿o eran todos parecidos?), gris oscuro con una leve raya gris clara, una corbata indefinible, camisa blanca. Labios finos, herméticos, de los que no sueltan prenda. Gafas de montura metálica, fría.

Pese a su edad -ya había sido empleado de la censura franquista, censor, en sus años mozos de técnico administrativo- se movía con agilidad, espigado, algo cargado de espalda, pero quizás de propósito para mostrar más gravedad. Se sabía que era aficionado a la vela, lo que le mantenía en forma.

Hablaba inglés con acento, pero correctamente, lo que le hacía imprescindible para sus superiores que, como todos los ministros hispanos, no hablaban ninguna lengua conocida, y menos si venían, por ejemplo, de las Baleares.

Era el funcionario imprescindible, insoslayable, inevitable y ubicuo. Hacía alarde de una austeridad casi malsana, rigorista -recordaba a un calvinista de película, asexuado, inasequible al desaliento y a la tentación, fuera ésta sexual, gastronómica o alcohólica-, maniobraba con suavidad a los superiores y se salía siempre con la suya. Su único interés era el trabajo, el despacho de asuntos, era una especie de Felipe II en sus hábitos negros, su covachuela y su detallismo.

Mi admiración se centraba en cómo manejaba las carpetas, los expedientes, hojeándolos con parsimonia pero sin perder el tiempo, con una mezcla de sabiduría e intuición a la caza del papel imprescindible, relevante, que siempre terminaba por descubrir. También, con su voz inalterable, como tranquilizadora, ejercía como un arzobispo seglar sobre todos.

Era, cómo no, un hombre a un móvil pegado, jamás desperdiciaba un minuto, fuera en el tren que le llevaba al aeropuerto, a todos esos aeropuertos por donde siempre estaba, infatigable viajero de inspección a sus delegados. Cuando algún subordinado despachaba con él, siempre era de forma intermitente pues El Murciélago (no Batman) tenía que atender muchas otras llamadas que eran naturalmente más importantes. Eso hacía al subordinado sentirse mucho más subordinado: permanecía callado al otro lado de la mesa, sentado en el ‘confidente’ (así se llaman ese par de asientos del otro lado de la mesa). Si viajaba con algún subordinado, el móvil era lo único importante. Como mucho, le preguntaría al subordinado de turno por dónde estaba la salida o dónde se esperaba el tren de cercanías (nunca un taxi, había que ahorrar dinero al erario público, la austeridad por encima de todo, para dar ejemplo de integridad). Los únicos gastos que se le vieron hacer era comprar figuritas del cristal austríaco Swarovski, que coleccionaba, su única debilidad conocida.

Pero no se crea que era un solitario: tenía sus seguidores incondicionales, lo que podríamos llamar sus acólitos, de su misma generación y pasado (servicio de censura, cultura en tiempos de Franco) pero reciclados.

Le llamo ‘El Murciélago‘ porque no llegaba a la altura del vampiro, aunque vampirizaba, ni llegó a las altas cumbres de la administración. Revoloteaba en torno a los que mandaban, fueran Subsecretarios, Secretarios de Estado y no digamos Ministros, siempre subyugado y deslumbrado por el poder. Pero eso contrastaba con su mutismo porque sus ideas políticas eran desconocidas, era impenetrable, no se supo nunca de qué lado estaba. El perfecto funcionario.