El pasado cartaginés de la península

… Aníbal en el saber
y trabajar;

Jorge Manrique, Coplas a la muerte de su padre

En patinillos angostos
fenicias jardinerías

Joaquín Romero y Murube, Romance de Cádiz

Los cartagineses y la civilización cartaginesa aun están en una relativa oscuridad. Han sido durante siglos denostados y, por tanto, no tan estudiados como las otras dos grandes civilizaciones mediterráneas, Grecia y Roma. Lo más importante de los cartagineses parecía ser el paso de los Alpes por Aníbal, los elefantes y la destrucción de Cartago.

Decía Nietzsche que «cuando la consideración monumental del pasado domina a las otras maneras de considerar las cosas … el pasado sufre. Periodos enteros son olvidados, menospreciados, se les deja correr como un gran río gris del cual emergen únicamente algunos hechos semejantes a islotes engalanados» (De la utilidad y de los inconvenientes de los estudios históricos para la vida, 1874). Eso es precisamente lo que ha pasado con la monumental historia romana.

Los romanos, y Polibio en particular (al que copian numerosos historiadores), griego a su servicio, se encargaron de que no solamente no quedase piedra sobre piedra sino de que la historia de los cartagineses fuera borrada, tergiversada. En definitiva, manipulada, al estilo de los que hicieron los ingleses con la leyenda negra contra España. Esta auténtica propagandastaffel se ha mantenido hasta muy recientemente, siendo primero los franceses los primeros que levantaron el velo sobre la verdadera civilización rival de Roma, sobre todo con Serge Lancel. Pero tras el dominio de Hispania por Roma, el pasado cartaginés es hundido en el silencio.

Los cartagineses han sido presentados poco menos que como unos salvajes, taimados, sacrificadores de niños y como me decía un ingeniero “a la Península sólo trajeron los garbanzos y las cabras”. Si bien a Polibio no le queda más remedio que reconocer la capacidad militar de Aníbal, las guerras púnicas para él son exclusivamente atribuibles a la codicia de Cartago, no al imperialismo de la República romana. Cartago es siempre culpable.

En Hispania y en todo el Mediterráneo occidental, los cartagineses establecieron un sistema parecido a una federación, sin aplastar, dejando a las tribus que controlaban una cierta autonomía. No fueron como los romanos, que impusieron su dominación sin asomo de libertad para los pueblos sometidos. Su labor civilizadora, innegable, era más de tipo napoleónico, avasalladora, uniformizadora. Como dijo abrupta pero atinadamente Gonzalo de Reparaz,

“Eslavo-tártatos y bereberes -es decir, cartagineses, púnicos- tuvieron la fortuna de no sucumbir a la devastadora invasión romana, conservando las formas esenciales de su constitución primitiva, en Iberia destrozada y soterrada bajo las instituciones impuestas por la brutalidad del conquistador. Quebró éste a la sociedad íbera, para mejor someterla, la columna vertebral, apoderándose del suelo y aniquilando la organización de la propiedad y con esta fractura quedó España jorobada para siempre (…) y nos disfrazaron de latinos para que mejor sirviésemos a nuestros amos”. (Geografía y Política, Editorial Americalee, Buenos Aires 1943).

Los cartagineses -lo que Reparaz llama bereberes- pertenecían a la mejor tradición y cultura fenicio-helenística. No eran ningunos ignorantes. Y no sólo descollaron por las hazañas militares sino por su impronta civilizadora, su marina, su comercio bien reglamentado, por su agricultura, por sus ciudades bien organizadas. Pero en España los romanos arrasaron todo lo cartaginés -y lo ibero- o lo reutilizaron, poniéndole nombre latino. No debían quedar ni los restos. Como dicen hoy, se adueñaron del relato. Al final, nos hemos creído que lo único genuino era lo latino y antes de Roma no había nada, meramente tribus.

Afortunadamente, muchos historiadores y arqueólogos españoles llevan revisando, investigando muy a fondo el pasado cartaginés. Manuel Bendala Galán ha sido uno de los principales que ha ido recuperando el pasado cartaginés en Hispania. Su obra Los hijos del Rayo, el dominio de los Barca en Hispania, es esencial para conocer esta historia borrada. Otra historiadora muy recomendable sobre el pasado cartaginés es doña María Paz García-Bellido y Bendala cita una abundante bibliografía, aunque mucha esté en revistas especializadas, no siempre fácilmente accesible.

La noche que cayó sobre los cartagineses se hace palmaria en Cartagena, la Qart Hadasht que fundara el yerno de Amílcar Barca, Hasdrúbal. La ciudad fue arrasada por Publio Cornelio Escipión y el palacio de Hasdrúbal demolido hasta la última piedra. Quizás algún día las excavaciones en curso en el cerro del Molinete (Arx Hasdrubal) saquen a la luz algo de aquella construcción.

Curiosamente fue Campomanes uno de los primeros que se detuvo a estudiar el pasado cartaginés, traduciendo del griego la obra Antigüedad Marítima de la República de Cartago con el periplo de su general Hannon. Pero el texto, aunque reconoce la influencia helena y los conocimientos del propio Aníbal (Hannibal) no deja de criticar la ferocidad de los cartagineses, en los que” reynaba más el espíritu de Comercio, que el de la ilustración en las Ciencias”.

No hemos tenido en España un Flaubert para escribir otro Salambô en honor de Cartagena; Vicente Blasco Ibáñez nos dejó un retrato aproximado pero muy plástico como todos los suyos, de los cartagineses, y de Aníbal en especial, en Sónica, la cortesana, sobre la destrucción de Sagunto por el púnico. Otra vez a denostar al cartaginés ahora en defensa de lo valenciano.

Por la provincia de Jaén hay muchos de sus vestigios, unos tapados por los romanos, otros considerados ‘moros’. Bastantes torres dispersas por cerros y colinas cerca de la via Heraclea (cuyo trazado sigue en parte la N 322 de Bailén a Albacete), eran originariamente las turris Hannibalis.

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Dos jóvenes trabajadores portugueses

João trabaja en el restaurante de la playa para pagarse su permiso de conducir. João, durante el curso, estudia, pinta acuarelas -así ha comenzado nuestra pequeña conversación, al verme pintar en el cuaderno de apuntes- y ayuda a su familia. Estamos en la costa alentejana, hay una brisa agradable y el mar cambia de color cada media hora, desde el verde al azul cobalto, pasando por todas gamas de azules. Las olas son suaves, el mar está en calma pero aún así se ven saltar por encima de los escollos del estuario, alzando una estela blanca de espuma.

João me explica a través de su mascarilla que a todos sus amigos la familia les paga las pruebas del examen de conducir, pero no su madre. Pero a fin de cuentas también coincide en que es quizás mejor porque se hace responsable de sus propias decisiones.

El restaurante está sobre las dunas y tiene un nombre evocador, no es antiguo, la placa dice 2005. Hoy quizás ya no podría construirse tan cerca de la arena. Es de madera, perfectamente organizado con esa cozyness que los portugueses saben darle a muchos cafés y casas de comidas. Entre muchas cosas, sirven una excelente ensalada de huevas de pescado, salada de ovas, las patatas fritas de la tortilla están perfectas y el servicio, incluido el de João, es impecable.

La covid ha traído aquí dos cosas positivas, dentro de la crisis: menos turistas, lo que es malo para muchos negocios pero bueno para aligerar de automóviles las calles del pueblo; y ha reforzado la simpatía, acogida, higiene y calidad de todos los establecimientos. Las mesas de restaurantes, casas de pasto y cafeterías son limpiadas prolijamente tras cada uso, están menos pegadas, hasta el café es aún mejor de lo acostumbrado, que ya es decir. La calidad general ha mejorado, aunque ya era buena como acostumbraba de siempre el turismo portugués.

Esperemos que ahora, con esta nueva realidad, los alcaldes se tienten la ropa antes de conceder más licencias de construcción que amalgaman los pueblos y las urbanizaciones; muchos solares quedarán vacíos, a merced de la vegetación litoral, o permitiendo que se plante algún parque y no solamente cemento; las amenazas al paisaje tenderán a disminuir. La codicia inmobiliaria se apaciguará, por un tiempo.

La inmensa mayoría de los jóvenes portugueses, como los españoles, tienen empleos precarios, cuando los tienen. Los empresarios aprietan pues no quieren perder beneficio, y a estos jóvenes no los defiende sindicato que valga. Como tampoco a los inmigrantes asiáticos que trabajan en los invernaderos de los alrededores. O lo toman o lo dejan. La covid trae más explotación de los trabajadores, de los obreros. Por eso, verlos sonreír y trabajar con amabilidad, con dedicación, es aún más reconfortante y casi sorprendente.

João es una buena muestra del espíritu portugués: trabajador, sufrido, sin arrogancia y con una especial simpatía que roza la modestia y la timidez.

Miguel, el otro chaval que me ha servido el café esta mañana, lleva trabajando sólo desde primeros de julio. Se equivoca, rectifica, tarda algo más que los veteranos y al venir a la mesa de la terraza del café se excusa con una sonrisa “es que soy nuevo”. Con su familia contribuye a remontar el pequeño negocio, ahora que los exámenes -virtuales, on line- han terminado. En septiembre, si la pandemia amaina, podrá volver al instituto.

En estos meses, cuando he ido preguntando a los comerciantes, a los trabajadores portugueses afectados por la crisis, la respuesta más frecuente ha sido, “es difícil, es duro, pero es así, tiene que ser, tem que ser”. No es resignación, es realismo sin quejas, sin agresión. A remangarse y al trabajo, a hacerlo mejor que antes y a resolver la situación. Los ciudadanos de esos países llamados “frugales”, Austria, Dinamarca, Suecia y Holanda -que es un medio paraíso fiscal hipócrita-, esos que vienen a la Península Ibérica en busca de alcohol barato, sol y servicios, incluidos los sanitarios, podrían observar cómo se trabaja en este Sur que tanto ignoran y menosprecian.

(Costa Vicentina, Portugal, julio 2020)

Recordando a Seamus Heaney (con acuarelas)

Una vez pensamos habernos encontrado a nosotros mismos
entre sus colinas azules y aquellas orillas sin arena
donde pasamos la desesperada noche en vela y oración,

así que hubimos recogido pecios, hecho una hoguera
y colgado una caldera como un firmamento,
la isla se quebró bajo nosotros como una ola.

La tierra que nos sostenía sólo pareció firme
cuando
in extremis nos tendimos abrazándola.
Y creo que cuanto sucedió fue una visión.

de Seamus Heaney, (nacido en Irlanda del Norte, County Derry, en 1939; fallecido en Dublín en 2013)

(The Disappearing Island). Versión propia.

Connemara. Acuarela, 25 x 56 cms

[Las fotografías de estos paisajes han aparecido en el Financial Times, How to spend it, de 20.6.2020]

Evocaciones

Paisaje imaginado (acuarela 15 x 30 cms)

Observo y escudriño el viejo mapa
de la tierra natal desconocida,
lugares ignorados,
historia adormecida.
Dos naciones se juntaron,
el cartógrafo de Gante
me desvela.
La llamada no atendida,
memoria de apellidos brabanzones,
calles grises, olvidadas, y canales,
baronías inventadas y blasones,
imaginarios gules y leones;
ansia ancestral de gloria familiar,
genealogía sin beneficio,
sólo invento y desperdicio.