Blackspace, la serie israelí que se pregunta todo

Tras un ataque mortal en un instituto de enseñanza media israelí, el policía Rami Davidi se pone a investigar quiénes hayan podido ser los autores. Inmediatamente descarta los tres trabajadores palestinos que son detenidos como sospechosos. Los asesinos están entre los alumnos, son israelíes.

La miniserie de ocho capítulos pone en cuestión sobre todo el ambiente familiar y estudiantil como causa última de los actos violentos entre los alumnos de instituto de una zona residencial acomodada en el que conviven hijos de papá con otros de barrios más desfavorecidos. Es una serie totalmente laica -sólo en la escena del entierro de un alumno aparece un rabino- que muestra una sociedad israelí lejos de los tópicos que se nos transmiten sobre el país.

Presenta los problemas de una sociedad israelí muy parecida a todas las desarrolladas, con jóvenes desmoralizados, sin grandes ideales, pegados a las redes sociales, bastante desesperanzados. Con familias desarticuladas y los políticos preocupados sólo por las repercusiones mediáticas, como cuando quieren influir en la investigación policial.

El inspector Davidi, tuerto a consecuencia de una agresión cuando era adolescente, explora ese mundo de los jóvenes, incomprendidos, ignorados o maltratados por sus padres que se refugian en una red social clandestina y anónima, Blackspace, para desahogarse y para ir contra el sistema. Al mismo tiempo, Davidi, que es violento, que deja escapar su rabia oculta en varios momentos, tiene a su compañera a punto de dar a luz, desgarrado entre el deber y el amor. El final de la serie significa precisamente el triunfo de la compasión y el entendimiento sobre la mera venganza, así como destapar la connivencia del establishment para ocultar la realidad.

“Los hijos se nos escapan, ya no sabemos nada de ellos, de sus vidas, de sus preocupaciones”, dice uno de los personajes. Hay acoso al homosexual, chulería de matones, chicas que se entregan por pasar el rato, en fin, todo ese mundo juvenil que puede degenerar en violencia, y del que se ven frecuentes muestras en Estados Unidos, “no somos como los americanos”, dice uno de los padres, que se obstina en reconocer la realidad de lo que está sucediendo. Las redes sociales sustituyen el diálogo, la convivencia, encubren más que desvelan, como en todos los países.

Algo muy importante para el espectador español, empapado de una imagen de Israel transmitida por los medios como un país abominable en manos de integristas y fascistas es que le muestra la sociedad israelí de otra manera. Al final, es una representación de una sociedad en la que los problemas son parecidos a los de los demás países desarrollados, con un subfondo de nihilismo, droga, alcohol, desamor y desesperanza en el que cada joven se intenta salvar como puede.

Muy bien filmada, con economía de medios y dos escenarios básicos -el instituto y el arrabal del árbol-, por el director Ofir Lobel, nacido en 1976, y actores de fuste como Guri Alfi, el detective Davidi, Shai Avivi, el directoir Chanoch del Instituto Herencia (Tijón Irochá), Liana Ayoun y Gily Itskovitch, o Yoav Rotman, de intensa mirada, que veíamos en otro papel opuesto como Hanina el alumno ultraortodoxo de la yeshivá en la gran serie Shtisel, también de Netflix.

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Dos libros alemanes contra el olvido

No podría haberlo hecho solo. Lo sé. No sin los ayudantes y los indiferentes.

George Steiner

Se han cumplido el pasado día 10 de noviembre 84 años de la Noche de los Cristales Rotos, Kristalnacht, cuando los nazis organizaron un enorme pogrom por toda Alemania. La memoria cuesta. El profesor de psiquiatría de la Universidad de Barcelona que fue don Emilio Mira y López, exilado tras la guerra, resumía así los cinco factores que influían en qué se recuerda y cómo se puede testimoniar de un hecho o suceso personal o social:

  1. Cómo es percibido.
  2. Cómo se ha conservado en la memoria.
  3. Cómo se es capaz de evocarlo.
  4. Cómo se quiere -si quiere- expresarlo.
  5. Cómo se puede expresarlo.

Las dos fases de la memoria, conservación y evocación, han sido objeto de estudio con las denominadas “curvas del olvido”, el embotamiento de los recuerdos neutros, y las “curvas de represión” u olvido forzado de los recuerdos emocionales.

La amnesia cumple un fin de defensa psíquica, nos dice este psiquiatra, y recuerda que Freud le daba más importancia al olvido forzado porque responde a la represión, que es sinónimo de inhibición, dificultando la evocación de los recuerdos. Según el profesor Mira no existen percepciones neutras, fáciles de olvidar, sino que se reprimen determinados recuerdos, una voluntaria amnesia emocional por repugnancia a lo que sucedió, por horror o por remordimiento.

En ese “no acordarse” o “haber olvidado”, que es la excusa de muchos acusados, sean delincuentes o meros testigos de lo que pasó, confluyen factores intelectuales, afectivos y cognitivos:

o La ignorancia o falta de cultura.
o El desafecto o indiferencia.
o El no saber cuál va ser la consecuencia.

En el caso del Holocausto y la indiferencia o colaboración activa o pasiva de la población (alemana, austríaca, francesa, etc), se dan los cinco puntos arriba mencionados:

  1. el antisemitismo ancestral, que genera
  2. indiferencia, desafecto, y
  3. el no querer saber más, por
  4. la falta de cultura y de conocimientos de la población, adormecida por la propaganda, para después
  5. no poder expresarlo en un ambiente de postguerra, derrota y ruinas.

Todos estos mecanismos del olvido deliberado o del alegato de “no sabía” son perfectamente aplicables a lo que nos describe el libro de Géraldine Schwarz, Los amnésicos (que podría titularse los conformistas). La autora, franco-alemana, ha dejado constancia de toda la evolución del pueblo alemán desde el nazismo hasta la caída del muro de Berlín siguiendo algo muy cercano, su propia familia, desde sus abuelos, típicos conformistas o mitläufers (su abuelo compra la fábrica a precio de saldo a unos judíos que deben huir) hasta su padre, nacido en 1942, que intenta limpiar ese pasado familiar contra el olvido deliberado.

En Alemania, y mucho más en Francia, Italia y sobre todo Austria, resultó tras la guerra que casi nadie reconocía que había sido colaboracionista, fascista o nazi. Y la mayoría “no recordaba”, aunque hubieran visto desfilar filas de judíos escoltados por soldados alemanes o por gendarmes franceses. Pero la diferencia es que Alemania, poco a poco, sí ha hecho su revisión del pasado, sí ha examinado su memoria histórica, aunque se tardó años y sólo a partir de los sesenta se comienza a investigar en serio el pasado y acciones de muchas personas que parecían estar por encima de toda sospecha . También se comprende pues las preocupaciones primordiales de los alemanes en la postguerra eran la alimentación y la reconstrucción. Además, cuando celebridades como Heidegger, u Ortega y Gasset en España (ver La pluma del cormorán, nov 2021), o la Iglesia protestante o la católica, no dijeron nada ni expresaron públicamente nada sobre el Holocausto, los campos o las persecuciones, ¿por qué habría que exigir a los meros ciudadanos de a pie que fueran más conscientes?

Un libro complementario a este es el de Maxim Leo, Historia de un alemán del Este, que no creo haya sido traducido al español. Maxim Leo nos habla de su familia, de su abuelo Gerhard, judío alemán asimilado, que lucha en la Resistencia francesa y luego forma parte de la élite de la Alemania del Este, y del otro abuelo, Werner, que fue nazi y luego se hizo comunista. En la RDA no se hizo la expiación ni el ejercicio de memoria pues oficialmente el nazismo parecía sólo haber existido en la otra Alemania, la capitalista. El muro era considerado por Gerhard como un muro para defenderse del fascismo del Oeste. La otra abuela, la de Werner, es muy expresiva cuando él le pregunta si supieron en la época de los crímenes nazis (contra los judíos), “no nos hemos preocupado”, responde. Y cuando desaparecen una compañera suya del colegio así como la profesora, ambas judías, dice “es así, no nos hicimos preguntas, quizás porque nosotros también teníamos miedo”. Exactamente algunos de los mecanismos que describe el profesor Mira, miedo, indiferencia y desafección.

‘Jacob’, de Bernard Lecache, del yiddish al francés

El espíritu de cada generación depende de la ecuación que esos dos ingredientes [lo aprendido y la sensibilidad espontánea, personal] formen, de la actitud que ante cada uno de ellos adopte la mayoría de sus individuos. ¿Se entregará a lo recibido, desoyendo las íntimas voces de lo espontáneo? ¿Será fiel a éstas e indócil a la autoridad del pasado?

Ortega y Gasset (El tema de nuestro tiempo, 1923)

Por las bancas de los alfarrabistas de Lisboa he encontrado una pieza única, tan olvidada como su autor: Jacob, una novela de Bernard Lecache con tintes claramente autobiográficos, que fue publicada por Gallimard en 1925. Es un libro que ilustra a la perfección ese pensamiento de Ortega que encabeza esta reseña, y es contemporáneo, como si Lacache hubiera leído el ensayo de Ortega.

Bernard Lecache

Bernard Lecache, judío de origen ucraniano, nació en París al final del siglo XIX y encarnó -como les gustaba decir a los fascistas- todo lo malo que se podría encarnar: judío, de origen extranjero, comunista y luego masón. Fue, en efecto, uno de los fundadores del PCF, que hubo de abandonar porque era masón y eso era incompatible. Fundó y dirigió la Liga Anti Pogroms, después transformada en Liga contra el Racismo y el Antisemitismo. Tras intentar alistarse infructuosamente como voluntario ante la invasión de 1940, hubo de refugiarse en Argelia, aunque allí fue internado por las autoridades vichystas. Falleció en 1968.

Su novela Jacob nos cuenta de la vida de esos judíos modestos, pobres, en su mayoría de origen del Este, que encontrarían refugio en el Marais a finales del XIX. Tiene paralelismos con la que nos contaría tiempo después Elias Canetti, con esa mezcla de culturas y lenguas.

Es una novela muy digna, un bildungsroman muy interesante, bien escrito, con un vocabulario vivo, pero sobre todo es un testimonio de lo que desapareció en Europa tras la devastación nazi. No solamente desaparecieron los shtetls de Polonia, Ucrania y Bielorrusia, sino también la forma de vida callada, humilde y religiosa de muchos judíos de Francia, Italia o Bélgica. La novela no es, sin embargo, una novela, por así decirlo, judía o judaica, sino una narración sobre los jóvenes desde principios del siglo XX hasta la postguerra en Francia, eso que a veces ha evocado Patrick Modiano. Me ha recordado un poco también a la novela perdida Los hijos del ghetto, del inglés Israel Zangwill y a la de Israel Yehoshua Singer, situada en Berlín.

El narrador es el hijo pequeño, Avroum y nos va contando la historia del desgarro entre la tradición judía y la modernidad republicana francesa. Jacob, el hermano mayor, inteligente, excelente estudiante, seguro de sí mismo, va rechazando el pasado, lo que ya se anuncia en las primeras páginas:

“… los hijos no hemos penetrado el alma paterna. Ella hablaba judío y la nuestra, francés”.

La adaptación de los jóvenes de la familia Radansky, contrasta con la personalidad de los padres, “encadenados por las leyes de Moisés, por las tradiciones del ghetto”, cuyas raíces están aún en Kharkov, Simferopol, Odessa, en Crimea -donde la abuela ha muerto en un pogrom-, que hablan en ruso entre ellos cuando no quieren ser entendidos por los hijos.

Jacob estudia medicina, se hace independiente e incluso alquila un piso en la rue Vaugirard, lejos de Barbès y del Marais donde viven los judíos, y adopta el nombre afrancesado de Jacques Radan. Pero su padre lo sigue considerando mejor que él. “Era lo que mi padre no había podido ser, el estudiante, el hombre que pudo aprender y crecer, y mi padre le amaba doblemente, amando a través suyo, la revancha contra su pasado”.

Jacob-Jacques es además un seductor sin muchos escrúpulos que deja embarazada a su prima Macha, a la que han de casar deprisa y corriendo con un tal Naplan, rico fabricante de gorras de Lieja, viejo, un ser maloliente, húmedo, “al que había que hacerle pantalones de doble fondo porque lo pudría todo”. Pero Jacob no siente remordimiento:  “El corazón es mala esponja, no limpia bien. Mejor un trapo bien seco, que sin olvidar nada, lo borra todo”.

***

La segunda parte de la novela transcurre tras la Primera guerra mundial. De los landós y la ‘imperiales’ tiradas por caballerías se ha pasado a los automóviles y volantes. Jacob, Jacques Radan, asciende en los negocios, automóviles de lujo, aviones, petróleo. Rosa vive desde hace años con un gran negociante holandés, repudiada por su anciano padre, Mendel Radansky, viejo sastre fiel a la tradición.

Fiel a su hermano, actúa para desarticular a la competencia de otra gran empresa seduciendo a la mujer del dueño. Por otro lado, su hermano Simón, mutilado de guerra se une a los comunistas, lo que desencadenará una campaña antisemita que salpica al hermano capitalista. Los ecos del asunto Dreyfus no se han apagado y se acusa a estos judíos, naturalizados franceses, de ser los hombres de Moscú. Los dos hermanos se enfrentarán, Simón le espeta:

“Te dan vergüenza el pequeño sastre que cose barato, la mujer que friega, zurce y lava. Son débiles. Si fueran ricos…”

En conclusión, un relato con unas descripciones perfectas de la familia tradicional, de los negocios, la prensa (el capítulo XXX), del Marais pobre y oscuro (XXIX), del Rastignac en que se va convirtiéndo el ambicioso y cínico Jacob, de los encuentros amorosos, del ambiente de la época. Novela de costumbres, está en la línea y época de Roger Martin du Gard (la saga de Los Thibault) o de Jules Romains (Los hombres de buena voluntad). Pero con la complejidad de esa asimilación que los hijos llevan a cabo mientras los padres conservan la tradición. Pero al final, el viejo padre, Mendel Radansky, acepta a sus hijos, al capitalista, al comunista, a la hija pródiga, y le dice a Avroum:

“¡Que me olviden, que me desprecien! Los veo reinar. Saludo su Ley.

La lengua hebrea reforzó su voz con las palabras de Job:

-Tú me los diste, tú me los quitaste. ¡Hágase tu voluntad!

Con la cara iluminada, mirándome, tuvo la fuerza de sonreir:

-¡Ve!, me dijo, haz como ellos.”

Máximo José Kahn, o Medina Azara

Rebuscando por la Feria da Ladra, en Lisboa, me he encontrado un par de Revistas de Occidente de 1930 y 1932 donde, bajo el seudónimo de Medina Azara, aparecen sendos artículos, El patriarca judío, y La vida poética de un judío toledano del siglo XII (Yehuda Haleví).

Esto me ha llevado a indagar sobre quién se escondería bajo ese seudónimo. Se trata de Máximo José Kahn, nacido en Frankfurt, exilado y muerto en Buenos Aires (¿o México?) en 1953. Escribió en español y en alemán, sobre todo en los años treinta del siglo pasado. En particular, en la Revista de Occidente.

Es difícil encontrar rastro de él, a pesar de que la revista Raíces le dedicó hace unos años un artículo. Rara avis, el escritor Kahn exploró y estudió el pasado de los judíos españoles. Tan rara, que si se busca en google, apenas hay alguna referencia (y la inmensa mayoría te llevan tontamente a Medina Azahara con ese automatismo de los servidores informáticos), y hasta muchos comentaristas califican a Kahn de sefardí, aunque era naturalmente askenazi; ignorancias que acarreamos sobre el judaísmo.

Kahn, Medina Azara, ha sido uno de los pocos puentes modernos que han existido en España entre el judaísmo y la tradición. Contrariamente a casi todos los países europeos y muchos suramericanos, casi no contamos, por razones obviamente demográficas, con escritores, artistas, actores, periodistas o científicos judíos. Y, por supuesto, n con políticos ni con servidores del Estado. Nosotros nunca hubiéramos tenido un caso Dreyfus porque no ha habido ningún militar judío, por ejemplo. Ni un primer ministro como Rathenau, ni un Mendès France, ni un Primo Levi, ni un Rothko, ni un Freud. Nuestro desierto hebreo -de judenraus. empezó en 1492. Max Aub –nacido en Francia de padres judíos- renunció expresamente a serlo, Leopoldo Azancot –ya fallecido- fue bastante ignorado, Cansinos Assens m¡no fue muy estimado, y Kahn ha sido completamente olvidado.

Menos mal que la Editorial Renacimiento ha publicado dos de sus obras fundamentales: La Contra-Inquisición y Arte y Torá, exterior e interior del judaísmo, preparadas por Leonardo Senkman y Mario Martín Gijón.

Luis Antonio de Villena trazó una semblanza de Kahn en el diario El Mundo, https://www.elmundo.es/cultura/2016/06/15/57605097468aeb1c638b4619.html
que nos permite recuperarlo, aunque no sé por qué lo opone a Arthur Koestler.

La editorial Renacimiento, desde su base en Valencina de la Concepción, a cinco kilómetros de Sevilla, tiene por misión recuperar textos importantes, textos perdidos, memorias y ensayos que son importantes en nuestra cultura y que han sido relegados al olvido. Recuerdo así, por ejemplo, las memorias de Mercedes Formica o los diarios de Matilde Ras. Pero también el libro de Benedetto Croce sobre el Nápoles español, y centenares de libros, sin olvidar, claro a Manuel Chaves Nogales, literalmente desenterrado por la editorial Renacimiento de Abelardo Linares hace veinticinco años.

Ah, y curiosamente, el puesto en donde encontré esas dos revistas, lo tiene un portugués judío, que acompaña discretamente sus libros con una menorah.

Hay más informacion en eSefarad, https://esefarad.com/?p=9117

Guido da Verona

Las tardes de verano son largas y silenciosas. A la hora de la siesta, mientras afuera cruje el sol entre los árboles, en la vieja biblioteca, en el campo, siempre se encuentra alguna sorpresa, algún volumen que desempolvar, releer, apreciar. Ese libro que has ido cambiando de anaquel, postergado siempre, que nunca te has propuesto leer. Hasta que un día, lo hojeas por casualidad, descubres algunas páginas y te sumerges en su lectura.

Los novios, glosa de Manzoni, de Guido da Verona, lleva ahí casi un siglo en la balda. Alguien, algún tío abuelo mío, lo leyó alguna vez pues no está intonso. En esta biblioteca están los restos de libros de tres o cuatro generaciones. Ahí están Azorín y Miró, Papini, Hamsun, Maurice Baring, Madariaga, Marañón, Eugenio Noel, los Alvarez Quintero y hasta Julián Zugazagoitia y Manuel Ciges Aparicio. Son libros de editoriales y colecciones que hicieron su pequeña historia, como las Publicaciones Atenea, la Compañía Ibero Americana de Publicaciones (CIAP), Renacimiento, Mundo Latino, Calpe, Prometeo. Algunos los hemos conservado quizás por sus magníficas portadas. Afortunadamente, porque ahora los podemos leer, como éste de Da Verona.

Hace noventa años, sin televisión, con una radio que silbaba, crepitaba y se oía sólo de vez en cuando en estos cortijos -sin luz la mayoría, que ésta llegó sólo hacia 1960- y pueblos, una vez acabadas las pesadas sobremesas, las repetitivas tertulias y hechas las cuentas de la aceituna, de los ganados, de las talas, ya no había gran cosa que hacer. Los cortos días del invierno dejaban tiempo a la lectura, así como las largas siestas estivales a la espera de que cayese ‘la fresca’.

Guido da Verona fue un escritor de moda en Italia en la primera postguerra mundial. Sus libros alcanzaban tiradas de cientos de miles de ejemplares. Admirador de D’Annunzio, apoyó inicialmente el fascismo hasta que las leyes raciales lo discriminaron como judío, lo que le llevó al suicidio en 1939. Su literatura era kistch, con una especie de regusto erótico que seducía entonces. Era un dandy, un escritor comercial, un “escritor para modistillas” -decían los sabios y despreciativos analistas-. Y los que no lograban vender mucho le envidiaban y despreciaban, como sucede siempre en el mundo literario.

En 1929 se publica Los novios, en los que parodia a Alessandro Manzoni, al que no soportaba por su paternalismo y retórica. En una especie de anacronía la novela de Manzoni, que se sitúa en el siglo XVII, narra momentos actuales, el novelista la mezcla con la época del momento, con Richelieu y Primo de Rivera en la palestra, por ejemplo. Salen también a relucir Silvio Pellico (“que todas las noches estaba esperando a que entrasen los austríacos para detenerle y poder luego él escribir su famoso libro “Mis prisiones”), Bergson o Einstein.

Sobre pestes y pandemias tiene párrafos magníficos:

“El doctor Tadino trató, en vano, de sincerarse en su Memoria del origen y efectos diarios de la enorme peste española (…) registrada en la ciudad de Milán durante el año nefasto de 1648…
El doctor Tadino, ignorante como lo eran los médicos de su siglo, califica de peste a un sencillo contagio de influenza que se llamó española porque los españoles estaba sometido Milán; y tal nombre vino a aplicarse universalmente desde aquel tiempo a todas las afecciones del mismo género, cualquiera que sea la relación política a que un país zarandeado resulte sometido: excepto en España, donde los altivos hidalgos, por justo orgullo nacional, rehusan dar a una dolencia tan peligrosa…”

Mientras habla del Conde Duque de Olivares, que se opone a la sucesión en el Milanesado del duque de Nevers, termina :

“de todos modos circulaban rumores de que Primo de Rivera no veía con buenos ojos a nuestro don Gonzalo […] nuestro don. Gonzalo es sin duda un gobernador de mérito, pero su modo de llevar la circulación de los tranvías no agrada a la mayoría de la población.
-¿Viva mil años nuestro don Gonzalo, en el siglo don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, duque de Sanlúcar, gran favorito del rey don Felipe el Grande, nuestro señor!- exclamó el conde Atilio levantando su vaso.”

Toda la novela, en clave de humor, mezcla las épocas, en la que aparecen condes y capuchinos, dactilógrafas y cotizaciones del dólar, la peste de Milán de 1630 –“que daba dolor de cabeza”- y los terrenos en venta a dos mil liras por metro cuadrado.

“En ausencia del gobernador don Gonzalo [que es un retrato oculto de Mussolini], que había ido a Madrid para conferenciar con el Gobierno acerca de la conveniencia de dotar a la metrópoli lombarda de una estación de ferrocarril, y además para recibir instrucciones acerca del monumento a Napoleón III…”.

El gobernador don Gonzalo (Mussolini) es finalmente destituido por el “férreo Primo de Rivera”. En este libro se esconde, bastante evidente, una fina ironía del fascismo, los personajes de Manzoni, el poder y la Iglesia son objeto de una sátira encubierta los Pactos Lateranos entre Mussolini y Pio XI.

La parodia llega, curiosamente, hasta al lenguaje, cuando dice “los cuales y las cuales, deseosas y deseosos”, que parece premonitoria.

“Renzo alquiló un torpedo Chiribiri, el Rolls Royce italiano, y quiso ante todo dar una vuelta por Milán, que en 1600 desarrollaba su vida más intensa en el centro de la galería. Allí gritaba la multitud hasta desgañitarse:
-¡Panem et circenses!”

Como decía la canción, “ya sé que no se estila”, que Da Verona no será reeditado jamás en España porque el editor perdería dinero. Pero los confinamientos, los veranos largos y las siestas tranquilas en el frescor de la casa perdida en la Sierra de Segura, en la provincia de Jaén, dan para rebuscar, para leer libros y revistas viejas de hace noventa años (que eran muy parecidas de contenidos: editoriales edificantes y ponderadísimas, política de disputa, moda, viajes a rincones, sucesos y guerras, aunque no tanto fútbol), para darnos cuenta de que todo ha sido ya dicho hasta la saciedad, que lo que llamamos novedades, ideas novedosas, ya fueron dichas hace muchos años, que no hacemos más que repetir lo mismo. Que, al final, lo mismo se entretiene uno con un libro acabado de salir de la imprenta y que, como los soldados en campaña, en vez de vivre sur l’habitant, habrá que lire sur l’habitant, sacar de lo que ya tenemos acumulado y de lo que acumularon nuestros antepasados.

Se ha menospreciado a muchos escritores por mediocres; la crítica ha sido a menudo despiadada, implacable. Más vale no seguirla demasiado porque es capaz de destruir a un novel poeta, a un incipiente narrador. Sin tratar de resucitar fantasmas, pues los gustos culturales han ido cambiando, la valoración ecuánime es necesaria para no dejar a sus autores en las tinieblas exteriores porque no encajan en los cánones, a veces más de sacristías, amistades y suplementos literarios que de un objetivo examen. Muchos escritores relegados, olvidados, aun nos pueden dar unos ratos agradables, interesantes, estimulantes, de lectura.

  • [Nota: Antonio Piromalli, nos informa Wikipedia.it, ha publicado estudios sobre este escritor.
  • Otra estudiosa de Da Verona ha sido Maria Raffaella Cornaccha.]

Maciel y el esperanto (retrato lisboeta)

Paseando por Boavista, barrio que en los tiempos de Eça de Queiroz llamaban el Aterro, me topo con su almacén. Está encerrado en su garita acristalada que le separa del ruidoso taller con sus notas, facturas y albaranes, en la nave tres obreros cortan, doblan y moldean hojalata y latón. Su cuchitril está atestado de viejas piezas y herramientas, con estantes donde reposan polvorientos unos libros desencuadernados, amarillentos, junto a un pequeño busto de escayola pintado de marrón.

Con el achaque de comprarle un farol entablo conversación con el señor Maciel. Es más bien bajo, con el pelo blanco algo ensortijado. En la calle, y a veces también en el taller, cuando hace frío, se cubre con una gorra oscura. Dos pares de gafas viejas junto a las plumas y lapiceros atestiguan su vista cansada.

Me explica cómo se trabaja la hojalata, una aleación de acero y estaño, y el latón, que es una aleación de aproximadamente un 60% de cobre y un 40% de zinc. Su familia es latonera desde hace varias generaciones. Aun conserva las facturas de finales del siglo XVIII cuando traían el zinc de un pequeño pueblo no lejos de Maastricht, de lo que ahora es Bélgica y que entonces pertenecía probablemente a Prusia, porque eran tierras de los Hohenzollern (Hohenzollernsche Lande Preussen, según describe mi viejo atlas de F. W. Putzgers).

Su hijo lee en un rincón un viejo libro sobre las formas de plantar y cultivar el café, con unas bellas estampas coloreadas que me muestra con satisfacción. Los rebusca por los alfarrabistas, o libreros de lance que hay por el centro. Es un amante de los libros, como su padre. El que preside el estante, me dice, es el Fundamento de Esperanto, el libro de Zamenhof, en una vieja edición portuguesa de 1905.

Sólo en la periferia de Portugal, que fue asolado por la Inquisición hasta hace doscientos años, en los confines pedregosos y montuosos del país, puede imaginarse la vida de Maciel, de su vieja familia en Tras-os-Montes, acogidos a la benevolencia del Conde de S. Todavía reciben alheiras de caça, esos embutidos que disimulaban la ausencia de cerdo, de unos lejanos parientes de Freixo. Aquí tiene poca familia, sólo una prima, Raquel, que vive cerca de la Feira de Ladra, en los altos de Alfama, casada con un Abecassis que se dedica a las antigüedades inglesas.

Tras el primer encuentro, he recalado a menudo en su taller, donde hablamos un rato, cuando las cuentas del latón le dan asueto. Otras nos hemos ido paseando hacia la Baixa o nos hemos metido en un café silencioso a tomar um chá de limão o una Agua das Pedras.

El señor Maciel tiene muchos recuerdos personales; pero que no se le pregunte por el Estado Novo, ni por los años de la Segunda Guerra, cuando Lisboa era puerto de tránsito de exiliados, perseguidos, refugiados. Su historia, y toda la historia para él, es una sucesión de retazos, de anécdotas, de personas que conoció, de casas en las que instaló sus faroles y donde conoció a clientes imposibles, raros o extraordinarios. De su infancia más arriba de Peso da Régua sólo recuerda cuando en la escuela le prepararon para hacer la Primera Comunión y su madre disgustada se fingió enferma para excusarse de asistir. O cuando el Padre Isidoro la emprendía con él a pescozones porque confundía el Padre Nuestro con el Credo.

La madre –me dice- también hacía unos preciosos centros de mesa precisamente en octubre con mirto, limones y si encontraba una palma, aún mejor. “A mi madre nunca la entendí muy bien, tenía unas costumbres extrañas, que imponía a mi padre, quien las acataba sumiso y sin discutir”, me comentaba el señor Maciel una tarde en que se le deshizo algo su reservada lengua con unas ginginhas cerca del Rossío. En realidad lo que me contaba el señor Maciel no era sino las viejas costumbres de los anusim de Tras-os-Montes, convertidos al cristianismo, pero que conservaron costumbres que a veces ni ellos mismos sabían de dónde procedían.

Maciel me contó una tarde lluviosa, en uno de los cafés que aun hay por la Baixa, su violín de Ingres, su afición casi oculta: el esperanto. De joven, tuvo la curiosidad de estudiar esa lengua creada por Luis Lázaro Zamenhof, también llamado Rehov Eliezer. De ahí que entre sus libros de cuentas esté el misterioso busto en escayola. El esperanto fue quizás soñado como un yiddish para gentiles, una lengua franca que sólo se le podía ocurrir a una persona como Zamenhof, que hablaba varias lenguas, siendo la suya materna el yiddish. Una lengua, lingvo internacia Esperanto, que serviría, pensaba, para detener las persecuciones, evitar los pogroms, y para que no hubiera más guerras. Lengua de una esperanza que destruiría la Gran Guerra de 1914, como el Imperio Ruso, dentro de cuyas fronteras –en Byalistok, hoy Polonia- había nacido su inventor y cuya utopía, de haberse convertido en realidad, podría haber salvado el Imperio que se desmoronaba entre luchas étnicas y lingüísticas. Una lengua artificial que parece creada para apátridas, una especie de pasaporte Nansen hecho diccionario para personas a las que les robaron la lengua. Como los que perdieron el castellano y el hebreo y tuvieron que hablar en yiddish o en ladino.

Esta afición esperantista le viene del amigo de su padre, Acácio Lobo con quien, recuerda, tenían una tertulia en los Restauradores a la que también asistía otro gran amigo, Teófilo Gomes; Lobo se dedicó a escribir manuales y guías de conversación, entre ellas una del Esperanto. En 1942, aquella tertulia se enriqueció temporalmente con la presencia de algunos centroeuropeos y alemanes que esperaban visados para Brasil y Argentina, entre ellos Peter Frey, un escritor esperantista danés.

En aquellos años cincuenta en Lisboa no había gran cosa que hacer, salvo las revistas del Coliseu y los teatros del Parque Mayer, de los que Maciel nunca gustó por chabacanos. El esperanto era entretenido y, al igual que los radioaficionados de la Citizen Band, le permitía cartearse con gentes de muchos países, coleccionar tarjetas postales de los lugares más impensables y salir de la monotonía. Su sueño era pasar al esperanto Os Maias, pero fue tarea ímproba.

Al señor Maciel se le ocurrió organizar hace años, antes del 25 de abril, otra tertulia de esperanto, para lo que se requería saber hablarlo, al menos un poco. Era en el Café Raiano, local algo apartado y discreto (que ya no existe, como otros tantos), por la rua Possidónio da Silva, esa calle que honra la memoria de un ilustrado masón –del rito irlandés-. Pero, a pesar de eso, o por eso mismo, provocó la curiosidad de un agente de la PIDE, fumador empedernido que se sentaba al fondo del café con un vaso de agua y que casi les daba lástima.

Pero él me dijo con cierta sorna, que muchos de los que se reían de su esperantismo al fin y al cabo no eran sino nietos de aquellos que vendían dátiles –tâmaras, les llamaban, los daktilos en esperanto- por el Arco da Graça hace cien años, venidos de Tánger y Gibraltar, que hablaban una mezcla de maltés, inglés y español, de cualquier manera, y que ahora se las daban de distinguidos y se habían mudado más lejos de Martim Moniz para borrar sus orígenes de vendedores ambulantes.

Maciel esperaba que una lengua única, un solo idioma para los comerciantes, esos mismos que habían popularizado el telégrafo, el teléfono, los ordenadores, fuera en beneficio del mundo. Pero el inglés llegó en los remolques de los ejércitos aliados en la Segunda Guerra (EEUU y la Commonwealth). Los comerciantes eligieron el inglés.

Acariciaron la idea de crear una radio en esperanto en Lisboa, La onda de Lisbono, pero no tuvieron fondos. De los tiempos del esperanto ya no queda nada, aunque el señor Maciel conserva unos cuadernos donde fue anotando las palabras y las frases más utilizadas: zinko, su material de base, tre bone, danke, que siempre da las gracias a sus clientes, urbdomo Lisbono, el ayuntamiento que le trae por la calle de la amargura con tantas reglas, cu vi havas tason kafo?, porque le gusta el café y se toma varias tazas al día (que compra en el tostadero de un amigo en la Travessa do Pasteleiro, por Madragoa), kion vi devos fari?, siempre con cosas que hacer, y así sucesivamente, hasta su vendis tre malkara lampeto, lumsirmilo kaj kandelingo, pues vende barato sus lámparas, pantallas y candelabros.

El señor Maciel, cuando tenga algunos ahorros y con el pretexto de alguna partida de las que exporta, no quiere morirse sin ir a ver el Museo del Esperanto en el Hofburg de Viena. Entre sus libros tiene además una curiosa biografía del general francés Hyppolite Sebert –un gran defensor de Dreyfus, me dice- gran esperantista, que su diligente hijo ha encontrado en la Feria da Ladra, en el puesto del señor Luis, librero ambulante.

En fin, esta es una de las personas que todavía encuentro por las calles, cafés y establecimientos de apartadas calles de Lisboa.

Para más información sobre el esperanto: https://eo.wikipedia.org/wiki/Vikipedio:%C4%88efpa%C4%9Do