‘Jacob’, de Bernard Lecache, del yiddish al francés

El espíritu de cada generación depende de la ecuación que esos dos ingredientes [lo aprendido y la sensibilidad espontánea, personal] formen, de la actitud que ante cada uno de ellos adopte la mayoría de sus individuos. ¿Se entregará a lo recibido, desoyendo las íntimas voces de lo espontáneo? ¿Será fiel a éstas e indócil a la autoridad del pasado?

Ortega y Gasset (El tema de nuestro tiempo, 1923)

Por las bancas de los alfarrabistas de Lisboa he encontrado una pieza única, tan olvidada como su autor: Jacob, una novela de Bernard Lecache con tintes claramente autobiográficos, que fue publicada por Gallimard en 1925. Es un libro que ilustra a la perfección ese pensamiento de Ortega que encabeza esta reseña, y es contemporáneo, como si Lacache hubiera leído el ensayo de Ortega.

Bernard Lecache

Bernard Lecache, judío de origen ucraniano, nació en París al final del siglo XIX y encarnó -como les gustaba decir a los fascistas- todo lo malo que se podría encarnar: judío, de origen extranjero, comunista y luego masón. Fue, en efecto, uno de los fundadores del PCF, que hubo de abandonar porque era masón y eso era incompatible. Fundó y dirigió la Liga Anti Pogroms, después transformada en Liga contra el Racismo y el Antisemitismo. Tras intentar alistarse infructuosamente como voluntario ante la invasión de 1940, hubo de refugiarse en Argelia, aunque allí fue internado por las autoridades vichystas. Falleció en 1968.

Su novela Jacob nos cuenta de la vida de esos judíos modestos, pobres, en su mayoría de origen del Este, que encontrarían refugio en el Marais a finales del XIX. Tiene paralelismos con la que nos contaría tiempo después Elias Canetti, con esa mezcla de culturas y lenguas.

Es una novela muy digna, un bildungsroman muy interesante, bien escrito, con un vocabulario vivo, pero sobre todo es un testimonio de lo que desapareció en Europa tras la devastación nazi. No solamente desaparecieron los shtetls de Polonia, Ucrania y Bielorrusia, sino también la forma de vida callada, humilde y religiosa de muchos judíos de Francia, Italia o Bélgica. La novela no es, sin embargo, una novela, por así decirlo, judía o judaica, sino una narración sobre los jóvenes desde principios del siglo XX hasta la postguerra en Francia, eso que a veces ha evocado Patrick Modiano. Me ha recordado un poco también a la novela perdida Los hijos del ghetto, del inglés Israel Zangwill y a la de Israel Yehoshua Singer, situada en Berlín.

El narrador es el hijo pequeño, Avroum y nos va contando la historia del desgarro entre la tradición judía y la modernidad republicana francesa. Jacob, el hermano mayor, inteligente, excelente estudiante, seguro de sí mismo, va rechazando el pasado, lo que ya se anuncia en las primeras páginas:

“… los hijos no hemos penetrado el alma paterna. Ella hablaba judío y la nuestra, francés”.

La adaptación de los jóvenes de la familia Radansky, contrasta con la personalidad de los padres, “encadenados por las leyes de Moisés, por las tradiciones del ghetto”, cuyas raíces están aún en Kharkov, Simferopol, Odessa, en Crimea -donde la abuela ha muerto en un pogrom-, que hablan en ruso entre ellos cuando no quieren ser entendidos por los hijos.

Jacob estudia medicina, se hace independiente e incluso alquila un piso en la rue Vaugirard, lejos de Barbès y del Marais donde viven los judíos, y adopta el nombre afrancesado de Jacques Radan. Pero su padre lo sigue considerando mejor que él. “Era lo que mi padre no había podido ser, el estudiante, el hombre que pudo aprender y crecer, y mi padre le amaba doblemente, amando a través suyo, la revancha contra su pasado”.

Jacob-Jacques es además un seductor sin muchos escrúpulos que deja embarazada a su prima Macha, a la que han de casar deprisa y corriendo con un tal Naplan, rico fabricante de gorras de Lieja, viejo, un ser maloliente, húmedo, “al que había que hacerle pantalones de doble fondo porque lo pudría todo”. Pero Jacob no siente remordimiento:  “El corazón es mala esponja, no limpia bien. Mejor un trapo bien seco, que sin olvidar nada, lo borra todo”.

***

La segunda parte de la novela transcurre tras la Primera guerra mundial. De los landós y la ‘imperiales’ tiradas por caballerías se ha pasado a los automóviles y volantes. Jacob, Jacques Radan, asciende en los negocios, automóviles de lujo, aviones, petróleo. Rosa vive desde hace años con un gran negociante holandés, repudiada por su anciano padre, Mendel Radansky, viejo sastre fiel a la tradición.

Fiel a su hermano, actúa para desarticular a la competencia de otra gran empresa seduciendo a la mujer del dueño. Por otro lado, su hermano Simón, mutilado de guerra se une a los comunistas, lo que desencadenará una campaña antisemita que salpica al hermano capitalista. Los ecos del asunto Dreyfus no se han apagado y se acusa a estos judíos, naturalizados franceses, de ser los hombres de Moscú. Los dos hermanos se enfrentarán, Simón le espeta:

“Te dan vergüenza el pequeño sastre que cose barato, la mujer que friega, zurce y lava. Son débiles. Si fueran ricos…”

En conclusión, un relato con unas descripciones perfectas de la familia tradicional, de los negocios, la prensa (el capítulo XXX), del Marais pobre y oscuro (XXIX), del Rastignac en que se va convirtiéndo el ambicioso y cínico Jacob, de los encuentros amorosos, del ambiente de la época. Novela de costumbres, está en la línea y época de Roger Martin du Gard (la saga de Los Thibault) o de Jules Romains (Los hombres de buena voluntad). Pero con la complejidad de esa asimilación que los hijos llevan a cabo mientras los padres conservan la tradición. Pero al final, el viejo padre, Mendel Radansky, acepta a sus hijos, al capitalista, al comunista, a la hija pródiga, y le dice a Avroum:

“¡Que me olviden, que me desprecien! Los veo reinar. Saludo su Ley.

La lengua hebrea reforzó su voz con las palabras de Job:

-Tú me los diste, tú me los quitaste. ¡Hágase tu voluntad!

Con la cara iluminada, mirándome, tuvo la fuerza de sonreir:

-¡Ve!, me dijo, haz como ellos.”

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Rusia, Ucrania y la premonición de Koestler

Arthur Koestler, el famoso autor de El cero y el infinito, donde denunció los procesos estalinistas de Moscú, fue mal considerado por sus antiguos camaradas comunistas. No le perdonaron que levantase el velo sobre el terror estalinista, sobre el Pacto Germano-Soviético ni sobre las purgas en el Este de Europa incluso después de que Kruschev hubiera denunciado el culto a la personalidad y la dictadura soviética.

Algunos de los libros de Koestler eran de mi padre, que los leyó en francés cuando, tras salir de España en 1948, descubrió lo que había sido el nazismo, el comunismo de Stalin, el Holocausto. Entre ellos, Les hommes ont soif y La lie de la terre (La hez de la tierra).

Tras la segunda guerra mundial, la URSS había pasado de aliada a enemiga y la guerra fría era una realidad que atemorizaba a Occidente. La guerra de Corea, el proceso Slansky, la represión en Berlín Este, el aplastamiento de la rebelión húngara en 1956 (Koestler era un húngaro judío, comunista, periodista en la guerra de España, donde estuvo a punto de ser fusilado por Luis Bolín en la Málaga recuperada por los ‘nacionales’ (ver El testamento español). Luis Bolín sería después uno de los mandamases del Turismo de España). En fin, los años cincuenta se presentaban amenazadores. Después comenzarían las guerras de independencia de antiguas colonias, algunas extremadamente crueles, como la de Argelia, con masacres de los dos lados (de los dos, no sólo del lado francés, hay que subrayar).

En 1953, Koestler escribió La época del anhelo, que ha pasado desapercibido en los medios de izquierda, y con razón, pues denuncia el papanatismo de los intelectuales sedicentes progresistas que defendían el estalinismo, como Sartre o Merleau-Ponty, de los movimientos ‘pacifistas’ en Occidente orquestados por los soviéticos, etcétera. Koestler fue arrojado a los infiernos por los comunistas y también por gran parte de la izquierda políticamente correcta europea. Era considerado, sin paliativos, un traidor. Y encima muchos le acusaron de sionista, el mayor insulto que la izquierda utilizaba y todavía utiliza (Jeremy Corbin fue un ejemplo, como muchos de Podemos). En efecto, Koestler tuvo la osadía de escribir un libro sobre los pioneros judíos en Palestina, La torre de Ezra, lo que es imperdonable para la izquierda bien instalada en sus prejuicios.

El libro La época del anhelo, cuyo original en inglés es The age of longing y en francés, Les hommes ont soif, no existe en España (en Chile, sí). Y, sin embargo, en este momento de crisis, de desinformación constante por parte rusa (y también norteamericana), su lectura sería muy útil hoy. Es como una premonición.

El argumento principal es que La Confederación Libre quiere engullir el pequeño Estado ‘lapin’ (=conejo). Estados Unidos y Europa quieren hacer frente a la amenaza pero “América ya no estaba en condiciones de defender a esa Europa, esa que no había podido defender Polonia en 1939”.

Pero, exultan los de París,

Se había evitado la invasión y “el gobierno provisional de la República (lapin=conejo) había aceptado la propuesta de la Confederación (URSS) de suprimir las dos partes de las fortificaciones defensivas a lo largo de su frontera común…”

Otras circunstancias turbadoras coinciden en la novela:

“El tiempo era anormal para la estación. (…) los boletines meteorológicos mencionaban ‘el 11 de septiembre más caluroso desde 1885’ … ‘la tempestad atlántica más violenta de. los últimos veintisiete años’…”

“Se trataba de un virus vuelto loco por la invención de nuevos antibióticos y los esfuerzos necesarios para combatirlo generaban nuevas variedades invulnerables…”

En la novela, los representantes de La Confederación Libre -como designa irónicamente a la URSS-, juegan un papel ridículo de propaganda y desinformación en el París de principios de los años cincuenta, especialmente el protagonista Fedia Nikitin. Se celebra el 14 de julio, con los bailes en las plazas y constantes alusiones a la Bastilla, a los Borbones, a la comparación con el 1 de mayo, París es una fiesta.

Esta novela es un mosaico de la historia europea, incluido el genocidio de los armenios, pues Koestler conocía muy bien el Cáucaso y Armenia, donde había viajado invitado por el Komintern. Fedia Nikitin, nacido en Bakú, desciende de un abuelo armenio y es salvado por los rusos durante la guerra civil que siguió a la revolución de octubre.

Irónicamente, dice un personaje, los descendientes de quienes tomaron la Bastilla, los burgueses, “la honesta clase media”, escribe odas a la Cheka y se manifiesta “por La paz y el progreso”. Alude, en el capítulo El sabbat de los brujos, aun tal Lord Edwards, un aristócrata de izquierda, físico, militante por la paz, que no deja de recordar a Bertrand Russell. Aparece también una Mademoiselle Tissier, autora de La Confederación de los Pueblos Libres, libro elogioso de la (URSS), tras su viaje organizado por los ‘servicios’. Toda la novela es pues como un roman à clé, novela en clave, donde Koestler ajusta cuentas con los antiguos ‘compañeros de viaje’.

Pero el libro no es una oda a la reacción conservadora, sino el relato del desencanto, del anhelo. “Mi generación se tragaba Marx como quien traga caramelos de menta, para luchar contra la náusea”, dice uno de los desencantados, antiguo combatiente francés con los republicanos españoles en Teruel. Se habla de Jung y de la “canonización de Sigmund Freud”. El libro está trufado de referencias irónicas a lo políticamente correcto y a la inocencia (naïveté) de los progresistas europeos.

Los capítulos van alternando entre la vida de una joven norteamericana inquieta, Heydie, y la de Nikitin, educado en Moscú para integrar el ‘servicio’. Describe muy bien esos años de la revolución soviética, los usos y costumbres, cómo le van adiestrando. Su encuentro con Heydie es un constante diálogo entre ironía y atracción.

“-¡Ah, sí, la atmósfera! La atmósfera de la pobreza, la atmósfera de los simplones, de los pequeño-burgueses. Usted pertenece a la alta burguesía y le divierte jugar a Harun- al-Raschid, usted va al bistrot como los turistas van a China “- le espeta Nikitin a Heydie, en uno de sus encuentros en los que hay referencias a la cultura, a la política, a la revolución.

Los capítulos sobre el escenario de París son muy evocadores de esa ciudad que tanto ha cambiado, de ser aquel núcleo de cultura y arte, a ser hoy un mero parque temático. Al final Heydie y Nikitin son amantes, revelando todas las contradicciones y paradojas de la vida de un ‘agente’.

¿Crees que todo un continente puede de alguna manera perder su voluntad de vivir?”, pregunta otro personaje, pensando en esa Europa decadente.

En el capítulo Los ángeles caídos menciona la aniquilación de los viejos bolcheviques por Stalin, ese tema que a Koestler y a muchos comunistas les perturbaría y amargaría toda la vida.

El libro se termina con un epílogo de excusa sobre ese libro ‘apócrifo’, y por las ideas trasnochadas que, dice, responden a la ley de Boeckstein sobre la inercia de la imaginación: “el pensamiento resiste a toda extrapolación lógica hacia el porvenir, de las penosas tendencias del presente”.

Como explicó Koestler, “cuando escribo estas líneas otro Estado lapin (conejo) se va a hacer destripar por buitres con aspecto de palomas”.

Bakú, cincuenta años después

Gracias a Olivier Rolin he podido descubrir cómo ha cambiado Bakú desde mi lejana estancia en la capital del Azerbaiyán, cuando tenía diecinueve años, era militante del PCE y estaba deslumbrado por lo que creía (creíamos) el progreso interminable, inalcanzable, inmarcesible, de la Unión Soviética (véase mi otro artículo https://wordpress.com/post/laplumadelcormoran.me/3355). Teníamos una religión.

Aun quedan -nos cuenta Rolin- restos de la época de los zares y de la Unión Soviética, entre ellas las mujeres que no están sometidas al velo y están en igualdad de condiciones (legales y educativas, la sumisión familiar y conyugal es otra cosa y algo ha empeorado con la resurgencia religiosa).

El libro del escritor francés, que data de hace una década, Bakou, derniers jours, es muy gráfico y está escrito con desenfado. De este autor, escasamente conocido en España -pues parece que los editores no se arriesgan con los franceses-, leí el mejor recorrido por el periférico de París (una especie de M 30 pero estrecha, fea y encajonada, permanentemente atascada por la que se tarda en llegar a Orly más que se tarda en volar de París a Madrid, además del sofoco y la irritación). Era Tigre en papier, una alusión a los tigres de papel que Mao decía eran las potencias imperialistas. Como yo, Rolin también fue marxista leninista en su juventud (Ara que tinc vint anys) pero luego se le pasó.

Lo que no nos contaban hace medio siglo los del Intourist es que la isla de Nargin, que se vislumbra en el horizonte, era una inmensa prisión para los disidentes (incluidos muchos antiguos bolcheviques).

El libro sobre Bakú, como tantos libros franceses, parece casi una guía literaria pues Rolin va haciendo alusiones a escritores y evocando libros, incluso los suyos. A los pedantes nos gusta ese tipo de libros, trufados de referencias históricas y culturales. No es un libro de viajes ni un relato, ni un diario. Además, con un humor raro, Rolin va hilando su deambular en la idea de que iba a morir en Bakú y eso no ha sucedido.

Bakú ya no es lo que era, como no lo es ninguna ciudad del mundo de las que guardamos postales marchitas. Como París ya no es la París de mi padre, allá por 1948, ni siquiera la mía de 1981; ahora es una mezcla de museo y de centro comercial poblado de gente cada día más insufrible que está harta de turistas, extranjeros y de ser piezas de museo y centro comercial. O como Bruselas que dejó de bruseler -que cantó Brel- hace décadas, antes de ser dinamitada por ellos mismos para preparar la Expo del 58. Lisboa va por el camino de Barcelona, de ser un puerto de cruceros gigantes y de barrios para turistas de los que previamente se ha expulsado a los lisboetas.  Bakú ahora está en manos de los nuevos ricos de Mercedes negros, rutilantes y temibles (por favor ¿quién diseña estos Mercedes de ahora? Son mamotretos que imprimen -mal- carácter), de corrupción y de una oligarquía que ha sustituido (¿o es la misma?) a la Nomenklatura.

Bakú siempre llamó la atención (rusa desde 1806), fue desde 1820 una de las ciudades soviéticas más importantes dada su riqueza petrolera. En el siglo XIX recordemos a Alexandre Dumas, en su Voyage au Caucase y en el XX a Banine, la amiga de Ernst Jünger, o a la familia Gulbenkian.

En su viaje al Turkmenistán evoca también al para nosotros desconocido Ronald Sinclair, oficial británico y viajero muerto con cien años en 1989. Este escribió su Adventures in Persia al final de su vida, rememorando su viaje en un Ford A en 1926. Sergei Essenin (el Rimbaud ruso, dice), Lev Nussinbaum (que escribió bajo el seudónimo Kurban Said), el capitán inglés Teague-Jones, y el mismo Koestler. Y, por supuesto, a Koba, Stalin, que por aquellas tierras hizo sus primeras acciones delictivas, unas, revolucionarias, otras.

El Azerbaiyán ha pertenecido a Roma, a Persia, a los Árabes, a los Mongoles y a los turcos seljúcidas. Terminço siendo anexionada por los rusos entre 1804 y 1828, tras las guerras ruso-persas. Hoy ha pasado, tras la desmembración de la URSS (automoribundia) por guerras crueles contra los armenios (Nagorno-Karabaj y hasta contra los georgianos, además de contra los rusos), no ha establecido una democracia sino una especie de satrapía más o menos tolerante en función de los precios del petróleo, una economía meramente extractiva y usuraria y un modelo de régimen acorde con todo ello. Una maravilla.

Rolin nos habla de las personas que va encontrando, algunas ya como barcos varados, desvencijados, restos de la URSS como el pintor Tahir Shalakhov (Chalajov) que del neorrealismo se recicla en el kitsch azerbaiyano, y otros, muy jóvenes que no han conocido aquellos tiempos y cuya ilusión es ser o parecer lo más occidentales posible.

Atraviesa también el Caspio en unos barcos de la época soviética que son pura chatarra y se adentra en la vecina Turkmenistán, otra satrapía donde perduran las ruinas de grandes ciudades milenarias, como Erk Kala, Merv o Marguch (arrasada en el siglo XIII por los mongoles), todas perdidas ya en la estepa. Evoca a Omar Khayam, a las mil y unas noches y todas esas civilizaciones desaparecidas.

No es, pues, un mero relato de viaje, sino un retrato de la ciudad, de sus habitantes, con sus referencias históricas y culturales. Rolin es un escritor que viaja. Además, carece por completo de ese espíritu de superioridad, de ironía o de desprecio encubierto de folklorismo que se percibe en tantos escritores de viajes. Me hace recordar las descripciones del país, y los encuentros con jóvenes koljozianos y komsommolianos, del entonces muy comunista Arthur Koestler, cuando viajó al Cáucaso en los años treinta (The invisible writing, en francés, Hiéroglyphes). Koestler no oculta su decepción por lo que va viendo de las consecuencias de la revolución.

Hoy, los edificios en Bakú han cambiado: la arquitecto Zaha Hadid ha diseñado el Centro Heydar Aliyev, padre del presidente, antiguo miembro del KGB y del Politburó del PCUS y un dictador total. Las tres Flame Towers, de 30 pisos (en Madrid tenemos cuatro de ese estilo, igual de arrogantes), evocan la religión de Zoroastro, y centenas de bloques y edificios singulares ocupan la capital azerbaiyana, así como las más lujosas cadenas hoteleras. Menos mal que el Bakú clásico, con los edificios de Nobel y Rothschild, y otros imitación del Moscú de 1930, con bulevares y bloques ampulosos, han sido preservados.

La retórica antioccidental sigue su curso, a pesar de las petroleras occidentales instaladas en el país, gracias a Aliyev hijo y su mujer, que es la Vicepresidente (algo parecido a Nicaragua). Y el número de presos por razones (más o menos) políticas sigue siendo desconocido. Como no volveré a Bakú, si es que alguna vez fui, este libro de Rolin me hace evocar otros tiempos.

Los secretos de los árboles

Hemos roto nuestra antigua alianza con los árboles

Anton Chéjov

De cada diez pinos dejaban uno sin cortar. Normalmente se dejan un centenar de plantas por hectárea para la repoblación o, como dicen con una expresión poética, el ajuar del bosque.

La tala del bosque

Carlo Cassola

España tiene una riqueza que todos conocemos y casi nadie aprecia: las encinas. Los quercus, en sus diversas variedades, robles, carballos, encinas, chaparras, carrascas, alcornoques, han creado el suelo de la península desde hace miles de años y aún hoy lo protegen y enriquecen. Son árboles duros, duraderos y los más sostenibles de nuestras tierras.  Absorben carbono, nutren abejas, alimentan y albergan pájaros y otros animales, conservan la humedad del subsuelo y, asociados con microorganismos, lo enriquecen. Gracias a ellos, la península tiene tierras fértiles. Aunque España, con una superficie poco menor que Francia, tiene la mitad de tierras cultivables, en cambio tiene mucha más superficie de monte, arbusto y matorral, esenciales en la absorción del dióxido de carbono.

veía las viejas encinas negras, ya lejanas en el valle, todas doradas por las hojas nuevas, y las oscuras rocas de granito de los montes cubiertas por la roja flor del musgo.

Grazia Deledda, El incendio del olivar.

No sé hasta qué punto esa capacidad de absorción de carbono entra en las cuentas del Estado, pero ya se ha venido repitiendo el aporte a la baja de emisiones de la provincia de Jaén, en su PIB provincial, por ejemplo, aunque el Estado no lo tenga en cuenta.

Nuestra mirada de los árboles tiene bastantes ángulos ciegos. Los árboles significan, sirven y son mucho más de lo que creemos. No es solamente aprovechamiento de madera, como en la cita de Carlo Cassola (en 1949 en Italia parece que entonces se permitían talas de esa envergadura). Los bosques, los árboles, son mucho más importantes y necesarios de lo que se piensa. Desde el pasado mítico y religioso de los árboles y los bosques, hasta la lucha actual contra la desertificación y la absorción de dióxido de carbono, los árboles han acompañado el destino de la humanidad.

De la tierra habitable, en todo el planeta, los bosques representan el 37%, las zonas de arbusto y matorral, el 11%, la agricultura, el 50%, urbes y zonas construidas, el 1% y otro 1%, las aguas dulces.

En su libro Los árboles, entre lo visible y lo invisible, Ernst Zürcher, ingeniero forestal, apoyado en su experiencia e investigaciones, nos da una visión de los árboles más allá de la masa verde y explotable (como madera o como atracción turística). Una aproximación que no es solamente botánica sino ecológica, humana y científica. Tenía que ser un suizo, de ese país eminentemente forestal que, al ser pequeño, ha de ser extremadamente cuidadoso con su naturaleza, amenazada por la riqueza y el turismo, quien nos diera esta otra visión de los árboles, de respeto, admiración y significado especial para nuestras vidas. Es interesante que sus teorías se aproximan al llamado monismo que defendió Ernst Haeckel, el discípulo y admirador de Alexander von Humboldt y propagador de las teorías de Darwin. El monismo iba más allá, hasta defender la unidad de lo orgánico y lo inorgánico, la unidad del alma, el cuerpo y la naturaleza.

Zürcher se apoya en la astro-geofísica, defendida por Gerhard Dorda y Klaus von Klitzing (Premio Nobel). Si las mareas son producidas por la Luna, algo que todos sabemos, también el crecimiento de las plantas viene influido por las fases lunares, como sabían los que plantaban sus huertos o sembraban hace cien años. Es lo que llaman mareas gravimétricas. Y no sólo es la influencia de nuestro satélite, sino del Sol y otros planetas. Los ciclos solares, los períodos de siembra y de tala, ya eran mencionados por Hesíodo y por Teofrasto. Lo que puede llamarse Cronobiología ha sido experimentado por el hombre desde hace miles de años

Otoño. Cuando cesa la fuerza del agudo sol, calor ardiente que provoca sudor (…) cuando el astro Sirio sobre la cabeza de los mortales alimentados para el infortunio camina un poco durante el día, y en su mayor parte retorna durante la noche; entonces la madera cortada por el hacha está muy libre de carcoma…

Primavera. …entonces el astro Arturo, tras abandonar la sagrada corriente del océano, mostrándose por primera vez al anochecer se eleva (…) cuando comienza de nuevo la primavera para los hombres; anticípate a ésta y poda las viñas…

Verano. …cuando por primera vez se muestre la fuerza de Orión… (para almacenar los cereales).

Y cuando se oculten Pléyades, Híades y la fuerza de Orión, entonces, después de recordar la labor propia de la estación, sumerge tú el grano en la tierra.

No es casual que muchos árboles tuvieran en la mitología celta y griega un carácter sagrado. Particularmente interesante es el capítulo que dedica al tejo (taxus baccata), el if (en francés) o yew en inglés, o de cuyo nombre Zürcher deriva una serie de topónimos, como Yberdon, York o hasta su hipótesis sobre nombre de Iberia.

La polaridad y la espiral están presentes en los árboles, desde la copa a la raíz, raíces que a veces penetran hasta 68 metros, como las del boscia albitrunca, en el Kalahari. También las raíces del roble penetran muy profundamente, y sirven de lo que llaman “ascensores hidráulicos” entre la copa y las raíces. Además, dice Zürcher, existe una especie de solidaridad subterránea en el sistema radicular, algo que ha sido comprobado científicamente entre árboles de la misma especie, pero también entre diversos, como el arce, el abedul y los olmos. Esto ya lo expuso también Peter Wohlleben en La vida secreta de los árboles (2015).

La estructura de los bosques es también importante, con los más altos que sirven de protección a otros limitando la insolación y evaporación y facilitando lo que se ha llamado transpiración de los árboles. Una tala a ras, como las que se practican en muchos lugares de pinares y eucaliptos, es más que discutible (véase la protesta actual en Ovar, Portugal, contra las papeleras que talan así por zonas, por parcelas). Así me lo dijo hace años un maderista de Siles (Jaén), gran conocedor del monte.

No es solamente la conocida absorción de dióxido de carbono, hay múltiples usos del monte o del bosque:

SustanciasEsenciasUso
FibrasLiber, tilosCuerdas, alpargatas
AceitesHojas, árbol del téDermatología
GomasLiber, heveaCaucho
ResinasPinosTerebentina, trementina
SaponificaciónSapindusLejía natural, no química
ColorantesCampecheVerdes, azules, rojos, etc
PerfumesAgarBastoncillos de fumigación
MedicamentosCorteza de la quinquinaTratamiento de la malaria
InsecticidasMargosaProtección de cultivos
FungicidasCorteza del taliConservación de maderas
TaninosRobleCurtidos

Precisamente, entre los perfumes, ese ‘olor a monte’, con propiedades antidepresivas (caminar en un monte libera el espíritu de preocupaciones) no es debido solamente a la belleza, el silencio y el aire más puro sino, entre otras, a la mycrobacterium vaccae, como se ha comprobado en experimentos por inhalación.

En el Señorío de Bértiz, en Navarra, la llamada madera ‘muerta’ enriquece los suelos con la ayuda de los microorganismos y de muchos insectos. Pone también el ejemplo de un experimento en Galicia, donde un sistema silvo-pastoral con Pinus radiata consigue ‘enterrar’ carbono (79% hasta 25 cms de profundidad, 13% entre 25 y 50 cms y 8% hasta un metro de profundidad. La biomasa absorbe gran cantidad de carbono: 10 metros cúbicos de biomasa leñosa por hectárea y año absorben una tonelada de dióxido de carbono o, lo que es lo mismo, 300 kgs de carbono.

Hay otros datos interesantes en el libro como el de que, mientras un caballo requiere una hectárea y media de terreno, un tractor -en su equivalencia de consumo de energía- requiere 5 hectáreas. Para que lo sepan quienes piensan que mecanizar es la mejor solución.

Zürcher defiende lo que llama la explotación agroforestal, es decir, la conjunción del monte con la agricultura. Es optimista en cuanto a la mejora de la acción del hombre sobre la naturaleza, que puede mejorarla, por ejemplo, con la construcción de taludes y terrazas, y los surcos y prominencias que se hacen en las laderas para frenar la erosión y retener el agua. Esto, que ya se practicaba en muchos campos españoles, ha caído en desuso y la erosión de terrenos que se dejan sin labrar ni crear surcos o taludes de retención es muy grave.

España, con grandes zonas forestales, arbustivas y de matorral, el país que recibió la visita de Alexander von Humboldt y después la de Ernst Haeckel en 1866 en Tenerife, debería prestar mucha más atención a la arboricultura e intentar limitar los daños del agrobusiness que prevalece en el olivar y otros cultivos, sobre todo en lo que respecta a limitar o prohibir el uso de los productos fitosanitarios que arrasan flora, microorganismos, abejas, reptiles, etcétera. El monte es el gran protector.

Algunos botanistas han querido ridiculizar las teorías de Zürcher sobre la influencia de los planetas, del mismo modo a cómo se intentó en su tiempo ridiculizar a Kepler con el calificativo de ‘ocultista’. Nos hace comprender la vida y comportamiento de los árboles en relación con el hombre, con el entorno humano, forestal e incluso urbano. También muchos conservacionistas fueron tachados de reaccionarios, como John Muir (el inspirador de los grandes parques norteamericanos, al que apoyó el presidente Theodore Roosevelt) o Thoreau, porque los consideraban opuestos al progreso industrial.

Sólo resta desear que este libro, editado por Actes Sud, esa gran editorial de Arles creada por Hubert Nyssen, sea traducido al español.

O derradeiro barojiano português

Encontrei um velho livro do escritor espanhol Pio Baroja (1872-1956) nas estantes da dona Crisálida, alfarrabista do Campo de Ourique, um poço sem fundo onde sempre encontramos alguma coisa. É Paseos de un solitario (Relatos sin ilación), publicado por Biblioteca Nueva em 1955, um ano antes da morte do autor. Nele, Baroja relembra as suas andanças pela Paris de antes da Primeira Guerra e, depois, os da sua estadia parisiense durante a guerra de Espanha, como exilado voluntário que fugiu dos dois lados, o nacional e o republicano, desde 1936 até 1940.

Um leitor português desconhecido comprou-o, segundo a etiqueta no verso da capa, na Livraria Ecléctica, que estive no 58 da Calçada do Combro, e tinha o telefone 28663. E este portugués o leu com atenção pois há pequenas marcas com lápiz que assinalam nomes, autores, lugares. Entre as folhas, encontrei um bilhete do Cinema Jardim de  17 de julho de 1965 (Matinée, 1ª Plateia, Fila L, nº 4, preço 6 $). O Cinema Jardim ficava na avenida Alvares Cabral, ao pé da garagem Monumental. Hoje é uma grande loja chinesa, depois de ser ums bilhares, mas o prédio é o mesmo, felizmente conservado, mesmo se o cinema já desapareceu há muitos anos.

O livro de Baroja é uma pura digressão. Com a sua visão desencantada, fala das ruas da velha Paris desaparecidas, sobretudo das que estavam entre St. Séverin e o Sena, assim como do Parc des Buttes Chaumont, dos bairros da Paris ‘canaille’ que ele gostava de frequentar com seu amigo (inventado?), o Doutor Fournier. As suas opiniões sobre escritores são em geral negativas, só salvam-se Dickens, Balzac e poucos mais. Em geral, fala só dos escritores do XIX.

Pio Baroja não tem estilo, escreve como está a pensar, sem mais adornos nem adereço. É por isso que muitos críticos literários o menosprezam e afirmam que era um mau escritor. Mas, precisamente, a sua espontaneidade é o que dá a frescura aos seus livros e as suas histórias. E como ele só segue o seu pensamento, pode dizer uma coisa e a contrária umas páginas mais à diante, carece totalmente da vaidade do literato. Não foi um esteta literário.

Poucos escritores como Pio Baroja tem pintado melhor o País Vasco, Euskadi, as suas gentes, seu povo. Baroja, aparentemente um misántropo foi um homem que conhecia a fondo a natureza humana. Não em vão era médico de formação e por isso sabia descrever muito bem os diferentes tipos humanos.

Além de não seguir os cânones, ele não pretendeu nunca ser significante nem importante. O que para ele era importante, não era importante para os homens de negócios ou para os políticos e, no entanto, seus livros são um fiel reflexo da Espanha do seu tempo. Sem esquecer o seu grande fresco do século XIX que são os 20 volumes das aventuras do conspirador Eugenio de Aviraneta, Memorias de un hombre de acción, para muitos superior as Episodios Nacionales de Pérez Galdós.

Baroja costumava passeiar e procurar livros raros nos bouquinistes dos cais do Sena e, em Madrid, nos alfarrabistas da Cuesta Moyano, perto do Parque do Retiro. Grande parte da sua biblioteca está agora em Navarra, na sua antiga casa, Itzea, em Vera do Bidassoa, aldeia que aconselho visitar, assim como o Vale do Baztán, um dos lugares mais belos de Espanha.

A lista das coisas, lugares, ideias e escritores dos que não gosta é inesgotável. O leitor pregunta-se se alguma coisa lhe é aceitável a don Pio Baroja. Não gosta do cimetério de Montparnasse (“feo y sin gracia”), da maioria dos franceses, dos judeus, dos novos bairros ‘higiénicos’ construidos depois da demolição dos “quartiers insalubres”, mas tem alguma razão:

“Siento en mí la desolación de todos estos lugares que recorro, su romanticismo, y comprendo que su aspecto de abandono y melancolía está un poco en consonancia con el tono sentimental de mi espíritu (…) La casa leprosa de las afueras de la gran ciudad, derrengada y con la pared reverdecida por la lluvia, da la impresión menos siniestra que el edificio nuevo, recién construido y recién pintado, que parece cosa de juguete .”

Baroja, grande caminante, foi um observador das cidades, dos seus arredores, se calhar, junto a Pérez Galdós, o escritor espanhol que mais atenção presta ao urbanismo. Nos seus romances, as personagens sempre ficam no contexto, no cenario, dos bairros, das ciudades onde actuam. As paisagens urbanas de Baroja são inesquecíveis, cheias de poesía, são como uma triste balada.

Também tem toda a razão Baroja quando escreve sobre a chatice da policía francesa, da Préfecture e da Conciergerie, onde ele teve que passar horas, días, para, ao fim, obter um papel que não servia para nada. Ainda é a mesma coisa: ‘constituer un dossier’ é a frase favorita de todo funcionário francés (ou belga), o que significa que há que esperar meses, mesmo anos, para ter algum resultado. Ah, a modélica administração jacobina!

Muitas das coisas das que fala já as dissera nas suas Memórias (Desde la última vuelta del camino) e no livro Desde el exilio. Ele morou em diversos bairros e no colégio ou Casa de Espanha, onde também meu pai morou aos fines dos anos quarenta. É um pavilhão que fica na Cidade Universitária do Boulevard Jourdan, perto do Parc Montsouris que Baroja descreve em Susana, obra puramente parisiense, chamada ‘novela de post guerra’.

Todos têm escrito algo sobre Paris, desde os americanos até aos alemães, desde os italianos aos portugueses. Não é pois novidade falar de Paris. O que é mais original é essa tristeza, não ‘apagada e vil’, por certo, mas tristeza ao fim, de Baroja. Que diferença com as evocações algo fantasiosas do mexicano Carlos Fuentes em Terra Nostra, ou os passeios da Maga e Oliveira no O Jogo do mundo/Rayuela de Cortázar (enterrado no cimetério execrado por Baroja, Montparnasse!).

Quero pensar que nosso leitor desconhecido que levou o livro ao Cinema Jardim gostava de Baroja porque lembrava-lhe a saudade e melancolía lisboetas, os bairros mesocráticos e pacatos das Colónias, da avenida do General Roçadas e os bairros orientáis, sobre tudo Marvila. Como Baroja, também este portugués, lisboeta, tería saudades das velhas construções e prédios que eram a alma de Lisboa e que pouco a pouco estavam a desaparecer, a ser demolidos ou a ser reformados, tirando-lhes o carácter, a personalidade única desta Enseada Amena, como a chamava Augusto Abelaria.

[Agradeço ao meu amigo Paulo Oliveira a revisão do texto em português]

Los recientes poemas de Luis Alberto de Cuenca

Luis Alberto de Cuenca siempre ha tenido gran sentido del humor, con una alegría y gusto por la vida que se reflejan en toda su poesía. En ella evoca amores, amigos, lugares, recuerdos y, por supuesto, muchos personajes de tebeos y cómics que le sirven para distanciarse, para establecer una membrana entre el sentimiento y no tomarse demasiado en serio.

El otro día, de paso por Madrid, compré en la librería Visor, ese puerto de abrigo poético y de hallazgos, su último libro, Después del paraíso. Aquí, en el campo, lo he leído en estos días de las primeras lluvias del otoño, el marco perfecto para sentir estos versos y, de paso, he releído muchos otros poemas en varios de sus libros.

No seré imparcial (la imparcialidad no existe), ni un comentarista de texto, eso lo dejo para mi hermana Cristina, tremenda y sagaz analista de textos literarios. Tengo demasiadas afinidades con Luis Alberto de Cuenca para mantenerme distante: Madrid, el barrio de Salamanca, el colegio del Pilar de Castelló, el gusto por la línea clara (¡Tintín!), Potocki, y más; pero él desborda cualquier paralelismo con su muy considerable cultura clásica, con cultura profunda, y hasta con su gusto por la literatura fantástica y los cómics de Urganda, Conan y Sonja la Roja, entre cientos.

Soy uno de esos que él llama ‘improbables lectores’ y su último poemario me ha dejado pensativo. Hay una continuidad en los temas y objeto de sus versos, una coherencia que se mantiene desde hace casi cuarenta años, como las frecuentes llamadas a los clásicos que tan bien conoce, los amores, los poemas dedicados a Alicia, su mujer, los recursos a personajes y escenas de ficción y del cine. Pero ahora flota en éstos una cierta tristeza. La significación del hombre ante la vida -y la muerte- están más presentes.

Después del paraíso reúne quizás los versos más tristes de Luis Alberto de Cuenca. El talante del libro está muy bien expresado en su título. Todo parece haber pasado y hasta los poemas amorosos son como la reminiscencia del amor que existió, que aún late, pero está nublado por la incertidumbre del futuro y un presente más desolado. “Duele el paso del tiempo”, en uno de los versos, resume bien el espíritu del libro.

Luis Alberto ha tenido siempre ese punto de humor, de desenfado, ese que daba un giro a sus poemas con la ironía, con la referencia a sus heroínas de los tebeos o cómics. Hoy, ya no tanto. Ansiedad, pánico son palabras que retornan en varios poemas. La muerte, la enfermedad, los tiempos de pandemia sobrevuelan también en muchos versos.

“Ella sabe que se irá alguna vez. Cuando un cielo brumal

amenace tormenta en el mar, por ejemplo.

Porque el mar que lo trajo a sus brazos será

también el que reclame su regreso a la patria,

y ya no volverá”. (Partir de Ogigia[1])

Aún en las referencias y alusiones a los clásicos, el poeta ha escogido las evocaciones más tristes, terminales.

Su preocupación cívica, desolada por esta España, brota con furia en Me largaré de aquí,

 “ya no puedo vivir en un país

que se avergüenza de sí mismo, en esta

casa de locos y descerebrados

que es España en el año del Señor

de 2017, annus horribilis…”.

Y por este Occidente que asiste a sus propias exequias. Pero no es una novedad, ya en su poema Europa (1985) denunciaba “gobiernan los cobardes, los oscuros”, y en España (1987), “es sólo un lugar pobre que ha perdido su alma / … un puñado de tierra desunido y estéril”.

Los títulos de muchos de sus poemas son expresivos, Salir del hoyo, Tarde te amé, belleza, Tu triste imagen (evocación del padre), La enfermedad, Solo, Dolor, Ültimo llanto, y así muchos más. El libro termina, significativamente, con el poema Sobre Les feuilles mortes, de Prévert,

“Estoy seguro de que tú también

te acuerdas de los días en que fuimos

felices, en un tiempo en que la vida

era hermosa y el sol brillaba más…”

Luis Alberto de Cuenca se abre aquí, se expone, como todo buen poeta sincero y no retórico, como siempre ha hecho, y no rehúye mostrar esa desesperación que puede ser nostalgia (“léeme otra vez el cuento de la infancia perdida”, “la lejanía, cada vez más brumosa, de la infancia”), que siempre viene teñida de una dulce, aunque no negra, melancolía.

Los lectores, sobre todo los que somos de su quinta, nos sentimos identificados en sus versos y señalados,

“La vejez parece que triunfa

sobre el deseo y lo destierra,

convirtiéndolo en un puñado

de ceniza, en una pavesa…”

Los amigos van desapareciendo, los “que gozaban de buena salud” o los que ya no están, y hay que prepararse para las ausencias, hasta para la nuestra. Pero no es un libro de lamentaciones, solo que nos vemos en él reflejados, son poemas que nos sumergen en nuestras propias dudas, angustias y esperanzas. A través de sus vivencias más recientes nos hace compartir esos sentimientos y desvelar los nuestros, que a menudo ocultamos o no vemos con el trajín de la vida cotidiana, con la diversión. La experiencia recordada, el que vamos cumpliendo años, así como estos tiempos en que el resentimiento parece la única guía de acción política, dan un significado actual, en presente histórico, a estos poemas.

Una de las cualidades que siempre he apreciado en la poesía de Luis Alberto de Cuenca, y en sus ensayos y reseñas, es que abren perspectivas, incitan a otras lecturas y a indagar en nuestros estados de ánimo. “Nunca expliques: sugiere”, cita en un poema. Por eso no cansan y se releen con gusto, es como volver sobre nuestra historia y nuestras vidas; son, en ese sentido, poemas abiertos que, como muchas historias de tebeos, piden un ‘continuará’.


[1] Ogigia, u Ogygia: lo he tenido que buscar en una vieja enciclopedia, Dictionnaire Général de Biographie et d’Histoire (1889); según éste, era el país donde reinaba Ogyges en el siglo 18º a.C., en el Ática y Beocia, o la isla donde reinaba Calypso.