El olivo, árbol sanador

IMG_0199

El olivo azulado, óleo de J.A. Ruiz Baudrihaye

Originario de Siria, el olivo – olea europea– es mencionado en la Biblia, sobrevive al Diluvio, es símbolo de paz (errado, pues era el general romano victorioso el coronado por una rama de olivo, lo que significaba que esa pax romana era posible tras la aniquilación del enemigo), y ha sido siempre, el aceite, un elemento curativo. Desde los sacrificios propiciatorios, a las lámparas votivas alimentadas con aceite, desde los ungüentos hasta los Santos Óleos, el aceite de oliva, ha sido apreciado por sus propiedades curativas.

En la terapia a base de esencias florales –la inicial, más conocida, es el sistema floral del doctor Bach-, la flor del olivo es una de las siete ayudas o siete remedios. Se usa para paliar el cansancio, causado por la falta de sueño, tras haber dedicado mucho tiempo a cuidar un enfermo, o tras un esfuerzo excesivo, mental, físico o espiritual.

El olivo, árbol humilde, de hoja perenne, que resiste todas las inclemencias, que crece en tierras pobres, duras, es símbolo de resistencia, de arraigo, de fuerza y de regeneración. Se planta con un esqueje, una rama con una yema y agarra casi siempre. Es también un especial símbolo de la permanencia pues, desde hace miles de años se viene cultivando igual.

IMG_0138

Añoso tronco de olivo. Sierra de Segura, Andalucía.

Curiosamente, es un árbol que tiene los dos géneros en español, pudiendo decirse olivo u oliva. Algo parecido a la palabra mar, que puede ser el o la mar.

Por último, como señalaba Aldous Huxley (The olive tree), es el árbol ideal para ser pintado, poniendo de ejemplo a Cézanne. Muchos artistas se sintieron atraídos por el olivo, y no precisamente mediterráneos, como Van Gogh o John Silver Sargent, el norteamericano amigo de Sorolla.

 

Anuncio publicitario

Cristóbal Ruiz, un pintor jiennense olvidado

Admirado por Azorín, consagrado hace muchos años a la altura de Daniel Vázquez Díaz, Solana o Zuloaga o de su también amigo, el escultor Victorio Macho, hoy nadie se acuerda de él.

C Ruiz PulidoUn magnífico opúsculo de Juan Antonio Gaya Nuño, publicado en 1987 por la Diputación de Jaén, es lo único que resta de la memoria de este pintor.imgres-2

Cristóbal Ruiz Pulido nació en Villacarrillo. Tras pintar en la provincia y en Madrid, llegó la guerra que desbarató vidas, haciendas y el país entero. De Madrid iría a Valencia y Barcelona. Colaboró en la salvación de obras de arte amenazadas por los bombardeos indiscriminados sobre Madrid. Era un hombre pacífico, pero tuvo que salir de España en 1938 rumbo a Nueva York y después hacia las Antillas, en Puerto Rico, donde vivió el resto de sus días. Allí fallecería en 1962. Su alejamiento de los grupos más activos del exilio, en México, así como su espíritu independiente, poco gregario e ideológico, le dejó en cierta soledad y hoy nos resulta casi desconocido.imgres

Gaya Nuño, el gran historiador y crítico de arte, ya describió perfectamente la obra de Ruiz, por lo que sobran aquí comentarios artísticos, que serían necesariamente aproximativos. Pero sí hay que destacar su talante machadiano, como el gran poeta que también anduvo por aquellos olivares de la Loma de Úbeda, del que dejó un bello retrato de cuerpo entero.

Es curioso, y positivo, que le hayan hecho recientemente un homenaje en Jaén (ver diario Jaén, de 10 de enero de 2013), políticamente explotable, mientras el libro de Gaya Nuño, la única pieza que hay escrita sobre Cristóbal Ruiz, duerme en los almacenes de la Diputación Provincial, sin ser distribuido a las librerías, desde que fue publicado en 1987, hace dieciséis años.

En los acantilados de Caspar David Friedrich

La tarde cae sobre el Báltico con tonos grises y dorados. A lo lejos, se van desdibujando algunas siluetas de oscuros barcos. Son los colores que parecen sacados del ámbar tan ubicuo de estos fondos marinos, que nos ha dejado Caspar David Friedrich.

El gran pintor del Romanticismo alemán nació el 5 de septiembre de 1774, en Greifswald, ciudad hanseática sobre el Báltico que entonces todavía pertenecía a Suecia. Es el oeste de la Pomerania (del eslavo Pomarski, cerca del mar), que alcanza hasta Stralsund, por el Oeste y hasta el Vístula al Este. Tres cuartas partes de la Pomerania pertenecen hoy a Polonia. Esta histórica provincia fue siempre disputada. Los polacos fueron cediendo territorio a los prusianos y en el siglo XVII fue escenario de la encarnizada Guerra de los Treinta Años, permaneciendo gran parte de ella en poder de los suecos, hasta que en 1815 los últimos restos, Stralsund, Greifswald y la isla de Rügen, son entregados a Prusia. Su capital administrativa y militar era Stettin, hoy Szczecin, en Polonia.

Todos hemos visto cuadros de Friedrich. Algunos, ya en el dominio público, ilustran portadas de libros que a veces nada tienen que ver con Alemania por ser consideradas como el romanticismo por antonomasia. Para sacar al pintor de esta trivialidad (algo parecido pasa con Van Gogh, convertido en tema de carteles, ilustraciones de objetos de cocina y escritorio y un sin fin de pacotilla) hay que visitar los escenarios en los que se inspiró su pintura.

IMG_0715Muchos de sus cuadros nos traen las luces cenitales de ese mar del Este, el Ostsee, como llaman al Báltico y de la cercana isla de Rügen, que ofrece al viajero una luminosidad extraña. La naturaleza, más que nunca, imita al arte de Friedrich. Nos pinta la Naturaleza, que ejerce sobre el hombre un poder sublime, ante el cual sólo queda la admiración y la sensación de nuestra pequeñez, todo bañado en luz y silencio. Al mismo tiempo, con sus luces y contraluces (como una equivalencia de los contrapuntos musicales), inaugura el paisajismo del siglo XIX, que inspirará a los grandes pintores norteamericanos, así como a Constable y Turner. El romanticismo de Friedrich reivindica la Naturaleza indómita, salvaje, el caos, los acantilados dramáticos, frente al racionalismo y uniformización que representaba la invasión napoleónica, con sus códigos y su cartesianismo. La Naturaleza es el símbolo de la divinidad y de la esencia del hombre. Sería, pues, simplista reducirlo a pintor de paisajes. Todos sus cuadros son metáforas de estados del alma. Son, aunque efectivamente muy alemanes, plenamente universales en su visión panteísta. Friedrich creía, en efecto, que el arte venía de dentro y que dependía de los valores morales o religiosos de cada uno. Pero no hay que interpretar demasiado sino dejarse llevar por esos paisajes lejanos, boreales, que encontramos en la isla de Rügen.

La isla sobre el Báltico se divisa desde Greifswald. Cuando Friedrich pinta los acantilados, precisamente durante su viaje de novios a Rügen, en 1818, hace tres años que ha vuelto al regazo de Prusia, tras la Conferencia de Viena de 1815. La pequeña localidad balnearia de Sassnitz es la más cercana al parque natural de Jasmund (www.nationalpark-jasmund.de ), donde aquellos se encuentran. Todos sus cuadros encierran un simbolismo deliberado, en los que las figuras, los árboles, las ruinas, nunca son casuales sino premeditadas y cargadas de significado.

Hoy nos sorprende una cierta tosquedad, no desagradable, pero llamativa, de las gentes de la isla. Quizás los largos años de dictadura continuada, primero la hitleriana, luego la comunista, les ha hecho algo más huraños. Se nota como una cierta modestia, una restricción austera en toda la isla. La modernidad sin embargo sí aparece, algo más, pero sólo un poco, en Binz, un ejemplo de lo que fueron todas las colonias de playa del Báltico donde veraneaba la burguesía hace cien años. Prora, la colonia nazi de vacaciones, estaba a cuatro kilómetros de allí y los edificios grises se mantienen en pie (ver el post del 15 de junio 2012).

Siguiendo la costa, en una pequeña península, llegaremos a Putbus,

una ciudad creada ex profeso en el siglo XVIII, de edificios neoclásicos, con un inmenso parque. Es el racionalismo urbanístico en medio de esa isla tan natural. Lo opuesto a Prora pero, en el fondo, la misma ansia humana de ‘civilizar’ el paisaje. Su blancura, la soledad y silencio de sus amplias avenidas tienen algo de onírico, de irreal, algo que parece evocar un poeta tan mediterráneo y lejano como J.V. Foix :

“Pistas desiertas, avenidas muertas,

sombras sin sombra en las calas y playas (…)”

El Báltico y sus luces han inspirado, y siguen inspirando, a muchos pintores alemanes, además de a Friedrich, como a Erich Heckel o Emil Nolde. Hoy, el gran pintor danés Per Kirkeby vive en la isla de Laeso, también sobre el que llaman Ostsee, mar del Este.