Días de ocio en Valencina de la Concepción

En este verano que los comentaristas de diarios nos anuncian como el postrero, con ese fin del mundo que se nos viene encima este otoño, cuando las casandras de todo credo y condición nos llenan de miedo y pavor, nada como sestear en Valencina, a unos pocos kilómetros de Sevilla.

Es éste un pueblo residencial, sin alardes, con casas confortables, patios y jardines, cipreses, olor a jazmín tras algunas tapias, buganvilias rebosantes de púrpura, piscinas escondidas para refrescarse y algún bar que otro, pocos, entre ellos El Bovito, con casi cien años -hoy llamado El Bobito-, o la Bodega Chispas, cerca de la Peña Cultural Bética, del Betis Balompié. Desde estos altos del Aljarafe se ve el mundo de otra manera. Sosiego. Calles pulcrísimas, gente amable, nombres de Vírgenes por todos lados, Rocío, Esperanza Macarena, Nieves, Concepción. Pero también están en el callejero Emilio Prados y Cela, por ejemplo.

Ayer, dos jinetes bajaban en sendos altos caballos cartujanos, sus cascos resonando rítmicos por la calle blanca. El campo nos rodea, olivares bastante secos y sufridos, pero campo al fin, no todo especulación (aunque aquí cerca hay carteles contra la especulación, en Gines).

Oigo en al patio de al lado a la mujer que le pregunta a la abuela “¿le hago un arrocito con salchicha?”, y la abuela, sorda, pregunta de nuevo. Los perros, innumerables, excesivos, vigilantes, ladran tras las verjas de las cocheras. Eso es lo único un poco molesto para el caminante inadvertido.

Se debe leer poco en este pueblo, a pesar de que la librería y editorial Renacimiento, de Abelardo Linares, una de las mejores de España, está en su término. Entre piscina, jardines y siestas larguísimas, queda poco espacio para leer. Sólo algunos raros lo hacemos. Los raros.

Lo más interesante y curioso de este lugar es lo lejos que nos sentimos de todos los conflictos que asolan el mundo. Ucrania parece no existir, como no existen los incendios forestales ni Taiwan, ni Sánchez ni Pelosi. Descanso total, que vendrá el invierno de todos los males y desgracias (nos dicen el ABC, El Mundo y demás optimistas natos). A vivir que son dos días, que luego -afirman- habrá llanto y rechinar de dientes (inflación, paro, frío y sin calefacción, todos los males traídos, cómo no, por el gobierno culpable)-.

Ah, y el calor es perfectamente soportable y por las noches uno se cree Lezama Lima o Hemingway fumándose un puro en el jardín oscuro, donde suena, leve, el gotero de riego moderado y ahorrativo.

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Burdeos, la ciudad clara

Para José Carlos Llop, que ama Burdeos,

pero a quien no conozco más que por su obra

Tras unas semanas de recalcitrante tedio, cuando ya has leído todos los libros y los paseos no aportan nada interesante, cuando el calor nos apelmaza el espíritu, es bueno salir de la ciudad y descubrir otro lugar. De vez en cuando, cada vez con más frecuencia, necesitamos de estímulos visuales y culturales.

Así, he ido a Burdeos, a la capital de Aquitania o de la Gironde, una ciudad con dimensiones humanas, equilibrada, sin edificios altos, que ha sabido conservar su arquitectura de piedra caliza amarillenta, el gusto por el paseo sin agobios, respetado su historia y mejorado la vida de sus habitantes. Pero ¿qué se puede decir de Burdeos después de los poemas de José Carlos Llop, La vida distinta o La chanson de Bordeaux, y Poema inacabado?

La ciudad fue, junto a Toulouse, uno de los tradicionales puertos de abrigo para los españoles emigrados y exiliados, desde Francisco de Goya hasta los republicanos vencidos en 1939. De hecho, el Instituto Cervantes está donde vivió el pintor, en el Cours de l’Intendance. Más abajo, cerca del Garona, la Garonne eternamente marrón del arrastre de limos –“una lámina de bronce el río”, nos dice José Carlos Llop-, está la Allée de Tourny, en cuyo número 20 estuvo el taller de Lawalle y sobrino que imprimía los libros españoles, como la Biblioteca selecta de Literatura española de Mendíbil y Manuel Silvela.

Sin ser en absoluto un gastrónomo he de decir que se encuentran muy buenos bistrots en la ciudad. Recuerdo ahora algunos, en la zona del mercado des Capucins: Le Bistrot, y Gaúta, y, más allá de la Iglesia de la Sainte Croix, Le Point Rouge. Y repare el viajero que esta no es sólo tierra del vino, sino que hay un gusto considerable por los cocktails, como los que prepara el joven del restaurante Gigi, junto a la iglesia de Saint Michel, en ese barrio medio magrebí medio galo, de perfecta convivencia, un poco detrás del mercado des Capucins.

El Museo de Aquitania es uno de los mejores museos de historia que nunca he visto. Allí encuentra el visitante toda la historia de la Aquitania, de Burdeos, de su comercio, -incluido el de esclavos, que enriqueció a tantas familias bordelesas-, de su urbanismo, perfectamente explicada, con un sentido docente que alía la modernidad a la claridad.

Hay en estos momentos una exposición temporal importante sobre Aristide de Sousa Mendes, el cónsul portugués que extendió visados a miles de judíos en 1940, lo que desencadenó la furia de Salazar y su expulsión del Cuerpo y su muerte en la ruina material, aunque no moral. Es uno de los Justos reconocidos por Israel. La exposición no ahorra críticas a la actitud de las autoridades francesas de Vichy, de Pétain, que colaboraron ignominiosamente en la persecución y detención de millares de judíos para entregarlos a los nazis y a su consiguiente deportación a los campos de exterminio. Que yo sepa, no ha habido en Portugal una exposición sobre su cónsul de esa envergadura.

Burdeos, católica, protestante, es también judía desde la expulsión de los hebreos de España y Portugal; entre otros monumentos, esconde un pequeño cementerio israelita, cerca de Les Capucins, abierto en 1724 para los judíos portugueses, la Nation juive portugaise, donde aún quedan 279 tumbas antiguas.

Una de las paradas -parada de mucho tiempo, para descubrir y encontrar tanto libro desconocido, desbordados en nuestro limitado conocimiento- ha de ser la Librairie Mollat, la mejor que he visto en Francia, donde nos sorprende la cantidad de compradores de toda edad y condición. Francia -confirmamos- es el país más literario y más lector del mundo. No en vano esta es la ciudad de Montesquieu, cuyo château de La Brède no está muy lejos, y de Michel de Montaigne. Pero también es la de François Mauriac, aunque él se refugiaba en su propiedad de Malagar, en los pinares de las Landas.

Grandes personajes contemporáneos han conseguido hacer de Burdeos una ciudad de la excelencia, como Jacques Chaban-Delmas, el gran resistente, o como el más reciente Alain Juppé que, además de ser Primer ministro fue un excelente alcalde, en la tradición del ilustrado Aubert de Tourny, que en el siglo XVIII la convirtió en la ciudad más bella de Francia, como la calificaba Stendhal.

En La Cité du Vin, singular conjunto de arquitectura ultramoderna al borde del Garona, he visto la exposición sobre Picasso que, sin ser muy grande, perfila muy bien las relaciones del pintor con los intelectuales y artistas de su época, como Juan Gris, Paul Éluard o Max Jacob, entre otros.

Al viajero hispano le llama la atención que los trabajadores de la hostelería y hoteles sean locales, con excelente formación y amabilidad, que saben su oficio, lo que se traduce en un servicio impecable. No parece existir ese rechazo a determinados empleos que prolifera en España. Aquí no se le hacen ascos al trabajo. Burdeos ha creado en 2020 un 20% más de empleos cualificados, aprovechando su calidad de vida, su entorno, sus buenos transportes (por tierra, mar y aire). Muchos extranjeros se han instalado en la ciudad y alrededores pues, además, hay buenas escuelas y liceos. Se puede ir a la playa -le Bassin d’Arcachon- , a St. Émilion, a todos los lugares, en tren. Las empresas han pasado de 15.900 en 2019 a 19.154 en 2021 (Financial Times). No hay secretos: conectividad, profesionales activos, transportes, servicios públicos, medio ambiente y buen gusto. Así se atrae la inversión de calidad.

Al ser una ciudad plana, se ha fomentado el transporte sin emisiones, desde el campanilleante tranvía moderno a las trotinettes y las bicicletas (que, por cierto, nunca son tiradas atravesadas en las aceras, como en Lisboa; aquí hay orden y civismo). El actual alcalde, Pierre Hurmic, apuesta claramente por la ecología bien entendida y la ciudad habitable.

El resumen de la vista a Burdeos y a St. Émilion es el elogio a eso tan francés como es la ordenación del territorio y el urbanismo bien concebidos. No he visto en cinco días de estancia ni un horror urbanístico aunque, eso sí, hay obras de adaptación y mejor por muchos barrios. No puedo por menos que citar al casi olvidado Léon Duguit, aquel jurista del siglo XIX, de Libourne (a 20 kms de Burdeos), que insistió siempre sobre la necesidad y el deber estatal de los servicios públicos para todos. La tradición continúa.

Blasco Ibáñez o ‘la epopeya de los humildes’

Este es un título paradójico pues este gran vividor, que no desdeñaba lujos, era admirado precisamente por los menos favorecidos; Blasco dijo una vez que «la novela no es más que la epopeya de los humildes». Los dos primeros libros que leí de Blasco Ibáñez me los regalaron, en efecto, dos obreros. Mare Nostrum me lo regaló Gonzalo Gozalo Martín, trabajador de Re-Con y dirigente de Comisiones Obreras de Alcobendas, a quien conocí en la cárcel de Carabanchel. La Araña Negra me lo regaló Luis, el fontanero del paseo de Extremadura que había sido carabinero en la guerra y se emocionaba cuando me contaba la caída de Madrid o la manifestación pidiendo la liberación del comunista Thaëlmann, preso por los nazis. Efectivamente, don Vicente era un escritor para el pueblo, cuando el pueblo leía y no solamente veía la televisión.

He leído recientemente otras como Sónnica la cortesana, Cañas y Barro, y releído Los muertos mandan. Blasco Ibáñez acabó la novela de Sónnica en La Malvarrosa, en 1901, una historia del cerco y destrucción de Sagunto por Aníbal.

“Tuve que realizar vastos y monótonos estudios… necesité rehacer mis estudios latinos del bachillerato…para escribirla me inspiré en el poema sobre la segunda guerra púnica del poeta latino Silvio Hálico… algunos de mis personajes secundarios los he sacado de éste, así como determinadas escenas”. A Hannibal -como él lo escribe- lo presenta como un ser obseso por la guerra y la destrucción de Roma, tildándolo de áspero, no interesado ni en las mujeres, como en su encuentro con la amazona Asbyte. Es una novela que algunos, malignamente, compararon a la Salammbô de Flaubert, tratando de acusar de plagio a nuestro escritor, pero no se parece en nada. La descripción del cerco de Sagunto es soberbia, casi diríamos cinematográfica. En el relato también parecen personajes históricos como Publio Cornelio Escipión, el pelirrojo Catón o el dramaturgo Plauto, reducido a la esclavitud trabajando en un horno de pan. Blasco describe incluso los contratos entre romanos, como el dare sponsio, la Ley de los Quirites -derechos de los ciudadanos libres- y los censores (como Apio Claudio). Pero el verdadero protagonista es Sagunto, “le debía esta novela a mi tierra”, y dos personajes griegos, Acteón y Sónnica.

En 1862 se había publicado Salammbô, en la que Flaubert, sin duda mejor documentado que Blasco, ofrece la imagen que dio Roma de Cartago y los cartagineses, sobre los que planea el espectro legendario de Dido.

Otra novela muy conocida como Cañas y barro nos presenta ese personaje, Sangonera, el vago redomado que vive de nada en las huertas y canales de la Albufera. Tiene toda una filosofía de vida, un elogio de la pereza que hasta superaría las teorías de Paul Lafargue.

En Los muertos mandan, cuya lectura recomendaría a todos los herederos de familias de postín venidas a menos, se explaya sobre la decadencia familiar de Jaime Febrer, las contradicciones entre el viejo feudalismo, el naciente capitalismo, representado por el chueta Valls, y la vida campesina de Ibiza hace más de cien años están perfectamente descritos. Me imagino que sentarían bastante mal en la Mallorca de la época.

Hubiera sido interesante que Marx hubiera leído a Blasco Ibáñez; nos gustaría leer sus impresiones, como las que dejó sobre Les Mystères de Paris, de Eugène Sue (en ese peculiar libro de Marx que es La Sagrada Familia[1]). Las novelas del valenciano son referencias históricas, están empapadas del espíritu de la época y podemos seguir la evolución de la sociedad española de su tiempo. En Cañas y barro, está el trasfondo de la guerra de Cuba, “donde Tonet reconocía que había matado tantos negros”, o los colonos levantinos en Argelia. La Horda es un cuadro del Madrid miserable de truhanes, ropavejeros, de los marginados, que considero incluso superior a La Busca, de Pío Baroja, aunque sea mucho menos conocido. Toda España y gran parte del mundo desfilan en sus páginas. Como Baroja y Azorín, fue además un excelente paisajista.

Una cierta élite literaria española siempre tuvo cierto menosprecio por este escritor naturalista, pletórico, tan prolífico como difundido, leído, traducido y, por tanto, tan bien remunerado. Amar la vida, no ser un cenizo ni un cariacontecido suele ser visto por la intelectualidad como algo vulgar. Francisco Umbral lo apreciaba, aunque «los entusiasmos de entonces (por Blasco) se me han desfallecido hoy…» y, feroz, como a menudo era Umbral, dice que su cosmopolitismo «es de paleto valenciano». Y la riqueza en un escritor que la gana con sus derechos de autor, se suele ver como un cierto baldón más que como un mérito: “será un escritor popular”, o “un escritor para porteras”, como decían, en plan clasista, de algunos novelistas franceses como Ohnet, Ponson du Terrail y, más tarde, Pierre Benoit. En España Fernández y González fue también despreciado.  Vender muchos libros sienta muy mal a los concurrentes. Algo parecido a lo que sucede hoy con escritores de gran calidad y muchas ventas, como Arturo Pérez-Reverte.

La gran difusión de los libros populares siempre ha suscitado la curiosidad y a veces la envidia de los escritores llamados serios. Antonio Gramsci le dedicó muchas reflexiones en sus Nipoti del padre Bresciani. Entonces se trataba de Dumas o Eugène Sue, de Victor Hugo o también de Jules Verne. Decía Gramsci que una obra era tanto más popular cuanto su contenido moral, cultural, sentimental encajaba con la moralidad, cultura y sentimientos nacionales, lo que además nunca es estático sino que va cambiando.

Don Visént, como le llamaban en Valencia, fue siempre un republicano federal, un irredento, sufrió cárcel y exilio y el ostracismo por parte de muchos intelectuales, unos de izquierda, otros del franquismo (Eugenio D’Ors hablaba de sus escritos como ‘fullerías’). Era todo lo contrario a las capillitas, a esas sacristías que abundan en el mundo de las artes y las letras.

Precisamente, en una carta al crítico Julio Cejador decía:

“Así se conoce la vida (con la acción, la aventura, los viajes, la vida de soldado), creo yo, mejor que pasando la existencia en los cafés, viéndolo todo a través de los libros ajenos o de las conversaciones, reuniéndose siempre los mismos interlocutores, momificando el pensamiento con idénticas afirmaciones, nutriéndose de los propios jugos, sin ver otros horizontes, sin moverse de la orilla junto a la cual se desliza la corriente de la humanidad activa”.

Admirador de Balzac, Hugo y Zola, gran francófilo, Vicente Blasco Ibáñez era un defensor de la grandeza histórica de España, lo que hoy no está en absoluto de moda. Otro motivo de la deserción de los lectores es que cultivamos un horror al tipismo y la intelectualidad tiene alergia a las cosas ‘españolas’; así, Sangre y arena queda excolmulgada para siempre por muchos bienpensantes. Como buen espíritu libre, no encajaba en los moldes y era políticamente incorrecto.

Otro aspecto importante es que Vicente Blasco Ibáñez fue nuestro escritor más viajero, uno de los pioneros de esta categoría de escritores, con una cultura suficiente para respetar las gentes que veía, los ambientes, lejos de esa especie de distancia altiva y superioridad irónica de otros viajeros contemporáneos ingleses o franceses. Sus viajes a los Balcanes, a Turquía y China está reflejados de manera excepcional en su obra, además de la famosa Vuelta al mundo de un novelista sigue sin tener parangón en las letras españolas.

Ya sé que se escribe hoy de otra forma, que muchas de sus novelas se alargan a veces, como en El fantasma de las alas de oro, por lo que, desde Azorín a Blasco hay muchos escritores arrumbados en el baúl de los recuerdos, meras referencias para los estudiantes de bachillerato. Por cierto, que eran amigos, ambos levantinos, aunque el de Monóvar era lo opuesto a don Vicente en cuanto estilo, la frugalidad frente a la exuberancia, el dibujo a sanguina frente a la paleta rica, densa, de colores intensos.

Pasados tantos años, habiendo cambiado tanto el mundo de hace más de ciento veinte años, dos guerras mundiales, cambios de países, banderas, costumbres, ya no se lee a Blasco Ibáñez como antes, ni en sus obras, ni en la posición del lector. Quizás haya pasado de moda (¿qué es la moda literaria sino una invención de los actores de la vida literaria?) pero qué satisfacción, qué solaz, facilidad, da leer esos cuadros impresionistas, mediterráneos, casi con el óleo aún por secar, de aquel Levante, de la Mallorca o la Costa Azul de antes del turismo de masas y de las urbanizaciones y las torres, de aventuras, amores, andanzas y querellas campesinas y comerciales. Además, y por ello no es casualidad que a los obreros les gustase este escritor pues sus obras reflejan muy bien la división en clases sociales, la lucha eterna entre pobres y ricos, solapada, encubierta y maquillada entonces por creencias y tradiciones ancestrales y hoy por el consumismo hedonista.

Nota: hay una fundación dedicada al escritor https://ateneoblascoibanez.com/libros/


[1] Curiosamente, parece que Blasco Ibáñez se inspiró precisamente en El judío errante, de Eugène Sue, para escribir La araña negra, que consideraba su peor libro.

Chéjov, Deledda, la dignidad del paisaje

Ya sé que hablar del paisaje es reaccionario, es como querer volver a un pasado preindustrial, pobre, primario. Va contra el crecimiento económico, el eterno crecimiento.

Si hoy evoco el paisaje es porque está siendo sistemática, irremediablemente destruido por el turismo, por la especulación inmobiliaria que lo acompaña, por la agroindustria (vean esos modernos y patéticos olivares en setos) y por su domesticación en forma de parques temáticos, de parques naturales ‘protegidos’, amansados, fuera de los cuales todo es permitido. Crear un parque natural es como extender una patente de corso fuera de él, para atropellar la naturaleza sin límite; el parque natural es como la coartada.

El paisaje español era mucho más bello, prístino, intocado, cuando Unamuno escribía Andanzas y visiones españolas, o Azorín su antología del Paisaje de España visto por los españoles. Lo siento, pero es así. Los campos eran antiguos, las noches oscuras, sin esa obsesión de los alcaldes que es la contaminación lumínica; al campo se llegaba desde la ciudad hasta en tranvía, como en Granada cuando su vega no era un conglomerado de almacenes, carcasas de naves industriales abandonadas, bloques feos y carreteras humeantes de camiones y automóviles.

Afortunadamente, los pintores, poetas y escritores de varios estilos han sido siempre los salvadores del paisaje, los que han otorgado a la naturaleza la dignidad y respeto que merecen. Virgilio ya lo hizo en sus Bucólicas. Incluso, en el siglo XX, pasado el naturalismo y el impresionismo la abstracción lírica, como la de Vieira da Silva, Zao Wou Ki, o el expresionismo abstracto como Jackson Pollock, o la menos conocida pero genial Joan Mitchell, aluden al paisaje y éste se transparenta en sus telas.

La consciencia del paisaje como objeto pictórico es relativamente tardía. Antes se pintaba el paisaje sin saberlo, como Monsieur Jourdain hablaba en prosa sin saberlo al pedir las zapatillas y el gorro de dormir a Nicole.

Una de las primeras veces en que se habla de paisaje es una frase de Miguel Ángel con el portugués Francisco de Holanda, sobre la pintura de Flandes:

“Su pintar son ropas, construcciones, verduras de los campos, sombras de árboles, y ríos y puentes, a lo que llaman paisajes, y muchas figuras por aquí y por allí”.

El paisaje, concepto renacentista, se despliega sobre todo en el siglo XIX gracias a la poesía y la pintura.

Pero hoy ya está catalogado y es inerte, es una fotografía. La forma de viajar, sobre todo la turística, que es la más masiva y destructora, ha relegado el paisaje al concepto de parque temático, como ya se ha dicho. También lo ha hecho con muchas ciudades (Venecia, Brujas, Toledo, Barcelona, París, por ejemplo).

Antes, el viaje consistía en ver el paisaje. Paisajes desde el tren. He leído los versos de un viajero en tren que tenía tiempo y disfrutaba del solaz del paisaje, que fue Agustín García Calvo, (Del tren, 83 notas o canciones, Lucina Ed. 1981):

Es como mar tembloroso el campo

de almoradujes y clavellinas.

¡Quién se cayera en él rodando

desde esta ventanilla!

(…)

…verdecidas las siembras,

verdeante lo no sembrado,

y hasta rompiendo de los cantos

de los resquicios de las tapias,

malvas y jaramagos,

según el tren que nos lleva,

según pasamos.

No es casual que aquellos trenes inspirasen a los poetas. Leí hace unos días que Pasolini dijo “más de la mitad de mis poemas han sido pensados o escritos en un tren” (Pasolini, cuyo centenario se celebra este año, entre otros trabajos, tuvo un encargo de los ferrocarriles italianos, o tempora, o mores, si a la Renfe se le hubiera ocurrido algo parecido… qué escándalo).

Hoy los viajes son cada vez más planificados, más fulgurantes y superficiales. Me refiero a los viajes turísticos, en avión, en AVE o por autopista. Nos se pasa por los pueblos comunes y vulgares ni se contempla el paisaje. No hay tiempo ni interesa, hay prisa. Desde el avión no se ve nada, ni desde la autopista. Ya lo conté hace años en un relato inspirado en una historia real, como dicen ahora las películas, El viajero imaginario https://wordpress.com/post/laplumadelcormoran.me/379,

Muchos otros poetas han mirado el paisaje, dos, como Unamuno o Antonio Machado destacaron, y escritores, como Josep Pla, que también son como pintores. Pero esto es ya muy sabido y muy trillado, no hay que insistir. No tan conocidas son las descripciones de paisajes de calidad geológica, topográfica, que hizo Juan Benet en sus obras cuyo escenario es Región y en Herrumbrosas Lanzas, que también sucede en esa zona.

Para reivindicar el «reaccionario» concepto del paisaje bello, dos escritores me llaman la atención en su tratamiento del paisaje y su lectura tiene a veces rasgos parecidos. Ambos apuntan a las mismas vidas, aunque las separen miles de kilómetros y hablan de cómo era el paisaje hace más de un siglo, antes de ser maltratado, desfigurado, convertido, como todo, en mera mercancía. Son Anton Chéjov y Grazia Deledda. De Rusia a Cerdeña.

El jardín de los cerezos es una de las primeras alertas contra la especulación inmobiliaria que aparece en la literatura. La venta del cerezal proviene de la abulia y mala administración de una familia propietaria decadente y pródiga y de la ascensión de los negociantes rapaces, como Lopajín. Es la última obra de Anton Chéjov, escrita en 1903. El fue un gran amante de la naturaleza y de la humanidad. Su informe sobre la colona penitenciaria de la isla de Sajalín -él fue voluntariamente a donde nadie quería ir- es una buena muestra de lo segundo, mientras en sus obras de teatro y sus relatos hay siempre un especial cuidado con los árboles, el campo, el paisaje. La naturaleza entra por las galerías de las dachas e isbás de sus relatos y dramas, por los viajes por la estepa, en los cuadros de las historias junto al mar Negro (ese que en este momento es arrasado por las bombas y los tanques rusos).

Chéjov me lleva a otra escritora casi de su tiempo, a Grazia Deledda que, además estaba muy influenciada por la literatura rusa. Esta fue durante largo tiempo olvidada, y ha sido rescatada recientemente porque su obra presenta las mujeres luchadoras, las sufridoras, las sometidas, en aquella Cerdeña de antes de la Primera guerra mundial.

Deledda fue apartada ignominiosamente del Parnaso de las letras con la excusa del saludo que le hizo Mussolini cuando fue a recibirla al volver de recibir el Nobel en 1926; eso parece que la catalogó como fascista (nada más lejos). Quizás también por ser mujer fue relegada. También a Ungaretti le escribió un prólogo el Duce y nadie dice nada. Ella nos relata esa Cerdeña antes del desastre que fue para Italia la Gran guerra, con la masacre de los Dolomitas, su postergación en Versalles (que sería utilizada por el Duce para aliarse con Alemania, la otra gran humillada). Es la isla de los pastores, los campesinos, las mujeres que trabajan, paren y, algunas, se rebelan contra el orden ancestral. Describe los campos, los animales, los bandoleros, las comidas y las faenas agrícolas, hasta el mobiliario de las viviendas campesinas sardas, con una plasticidad que no es la del realismo, sino que está teñida de lirismo. Las conversaciones y las veladas a la par de la lumbre, cuando se tejían y destejían familias y compromisos. Los criados participaban en la vida familiar, opinando, administrando, calmando los ánimos encrespados. En este sentido, Grazia Deledda forma parte de la herencia cultural sarda, cuya lengua y paisajes son el fermento poético de su trabajo.

Aparte de sus historias, sin tono épico, con personajes fuertes y bien dibujados, sus descripciones de la naturaleza podrían ser la guía para que un pintor usase sus pinceles y su paleta de memoria, sólo con leerla. Algunos lo considerarán mero lirismo rural, pero los que recordamos algunos paisajes mediterráneos no podemos sino evocarlos en sus páginas. En cualquier caso, Deledda no se limita a representar paisajes, en una especie de mímesis, sino que sus paisajes -como en Chéjov, tanto en los relatos como en su teatro- acompañan los sentimientos, las vidas y avatares de los personajes que intervienen en sus obras. Lo importante, aparte del análisis literario, que no me compete ni para el que soy competente, es la emoción que transmiten.

“El viento sacude los viejos olivos, espesos en la ladera del valle, dándoles ondulaciones y tonos grises cambiantes, como de nube; las aceitunas caen, verdosas y violáceas, brillantes como perlas, y es preciso apresurarse para recogerlas de la tierra fría”.

“Los olivares plateados imitan el ondular del agua bajo la Luna”.

“La Luna resplandecía en el cielo, de un azul tan puro como el alba estival; y cada hierba exhalaba su más suave perfume”.

Salvo Machado, nadie en España ha escrito así sobre los olivos.

En fin, una frase chejoviana en Deledda me incita aun más a presentarlos juntos:

“¡Si llegara la noche, y después de la noche otro día, y el final de la espera, y el olvido!”.

¡Si llegara la paz, no sólo de las armas sino de las excavadoras, a los campos!

Bakú, cincuenta años después

Gracias a Olivier Rolin he podido descubrir cómo ha cambiado Bakú desde mi lejana estancia en la capital del Azerbaiyán, cuando tenía diecinueve años, era militante del PCE y estaba deslumbrado por lo que creía (creíamos) el progreso interminable, inalcanzable, inmarcesible, de la Unión Soviética (véase mi otro artículo https://wordpress.com/post/laplumadelcormoran.me/3355). Teníamos una religión.

Aun quedan -nos cuenta Rolin- restos de la época de los zares y de la Unión Soviética, entre ellas las mujeres que no están sometidas al velo y están en igualdad de condiciones (legales y educativas, la sumisión familiar y conyugal es otra cosa y algo ha empeorado con la resurgencia religiosa).

El libro del escritor francés, que data de hace una década, Bakou, derniers jours, es muy gráfico y está escrito con desenfado. De este autor, escasamente conocido en España -pues parece que los editores no se arriesgan con los franceses-, leí el mejor recorrido por el periférico de París (una especie de M 30 pero estrecha, fea y encajonada, permanentemente atascada por la que se tarda en llegar a Orly más que se tarda en volar de París a Madrid, además del sofoco y la irritación). Era Tigre en papier, una alusión a los tigres de papel que Mao decía eran las potencias imperialistas. Como yo, Rolin también fue marxista leninista en su juventud (Ara que tinc vint anys) pero luego se le pasó.

Lo que no nos contaban hace medio siglo los del Intourist es que la isla de Nargin, que se vislumbra en el horizonte, era una inmensa prisión para los disidentes (incluidos muchos antiguos bolcheviques).

El libro sobre Bakú, como tantos libros franceses, parece casi una guía literaria pues Rolin va haciendo alusiones a escritores y evocando libros, incluso los suyos. A los pedantes nos gusta ese tipo de libros, trufados de referencias históricas y culturales. No es un libro de viajes ni un relato, ni un diario. Además, con un humor raro, Rolin va hilando su deambular en la idea de que iba a morir en Bakú y eso no ha sucedido.

Bakú ya no es lo que era, como no lo es ninguna ciudad del mundo de las que guardamos postales marchitas. Como París ya no es la París de mi padre, allá por 1948, ni siquiera la mía de 1981; ahora es una mezcla de museo y de centro comercial poblado de gente cada día más insufrible que está harta de turistas, extranjeros y de ser piezas de museo y centro comercial. O como Bruselas que dejó de bruseler -que cantó Brel- hace décadas, antes de ser dinamitada por ellos mismos para preparar la Expo del 58. Lisboa va por el camino de Barcelona, de ser un puerto de cruceros gigantes y de barrios para turistas de los que previamente se ha expulsado a los lisboetas.  Bakú ahora está en manos de los nuevos ricos de Mercedes negros, rutilantes y temibles (por favor ¿quién diseña estos Mercedes de ahora? Son mamotretos que imprimen -mal- carácter), de corrupción y de una oligarquía que ha sustituido (¿o es la misma?) a la Nomenklatura.

Bakú siempre llamó la atención (rusa desde 1806), fue desde 1820 una de las ciudades soviéticas más importantes dada su riqueza petrolera. En el siglo XIX recordemos a Alexandre Dumas, en su Voyage au Caucase y en el XX a Banine, la amiga de Ernst Jünger, o a la familia Gulbenkian.

En su viaje al Turkmenistán evoca también al para nosotros desconocido Ronald Sinclair, oficial británico y viajero muerto con cien años en 1989. Este escribió su Adventures in Persia al final de su vida, rememorando su viaje en un Ford A en 1926. Sergei Essenin (el Rimbaud ruso, dice), Lev Nussinbaum (que escribió bajo el seudónimo Kurban Said), el capitán inglés Teague-Jones, y el mismo Koestler. Y, por supuesto, a Koba, Stalin, que por aquellas tierras hizo sus primeras acciones delictivas, unas, revolucionarias, otras.

El Azerbaiyán ha pertenecido a Roma, a Persia, a los Árabes, a los Mongoles y a los turcos seljúcidas. Terminço siendo anexionada por los rusos entre 1804 y 1828, tras las guerras ruso-persas. Hoy ha pasado, tras la desmembración de la URSS (automoribundia) por guerras crueles contra los armenios (Nagorno-Karabaj y hasta contra los georgianos, además de contra los rusos), no ha establecido una democracia sino una especie de satrapía más o menos tolerante en función de los precios del petróleo, una economía meramente extractiva y usuraria y un modelo de régimen acorde con todo ello. Una maravilla.

Rolin nos habla de las personas que va encontrando, algunas ya como barcos varados, desvencijados, restos de la URSS como el pintor Tahir Shalakhov (Chalajov) que del neorrealismo se recicla en el kitsch azerbaiyano, y otros, muy jóvenes que no han conocido aquellos tiempos y cuya ilusión es ser o parecer lo más occidentales posible.

Atraviesa también el Caspio en unos barcos de la época soviética que son pura chatarra y se adentra en la vecina Turkmenistán, otra satrapía donde perduran las ruinas de grandes ciudades milenarias, como Erk Kala, Merv o Marguch (arrasada en el siglo XIII por los mongoles), todas perdidas ya en la estepa. Evoca a Omar Khayam, a las mil y unas noches y todas esas civilizaciones desaparecidas.

No es, pues, un mero relato de viaje, sino un retrato de la ciudad, de sus habitantes, con sus referencias históricas y culturales. Rolin es un escritor que viaja. Además, carece por completo de ese espíritu de superioridad, de ironía o de desprecio encubierto de folklorismo que se percibe en tantos escritores de viajes. Me hace recordar las descripciones del país, y los encuentros con jóvenes koljozianos y komsommolianos, del entonces muy comunista Arthur Koestler, cuando viajó al Cáucaso en los años treinta (The invisible writing, en francés, Hiéroglyphes). Koestler no oculta su decepción por lo que va viendo de las consecuencias de la revolución.

Hoy, los edificios en Bakú han cambiado: la arquitecto Zaha Hadid ha diseñado el Centro Heydar Aliyev, padre del presidente, antiguo miembro del KGB y del Politburó del PCUS y un dictador total. Las tres Flame Towers, de 30 pisos (en Madrid tenemos cuatro de ese estilo, igual de arrogantes), evocan la religión de Zoroastro, y centenas de bloques y edificios singulares ocupan la capital azerbaiyana, así como las más lujosas cadenas hoteleras. Menos mal que el Bakú clásico, con los edificios de Nobel y Rothschild, y otros imitación del Moscú de 1930, con bulevares y bloques ampulosos, han sido preservados.

La retórica antioccidental sigue su curso, a pesar de las petroleras occidentales instaladas en el país, gracias a Aliyev hijo y su mujer, que es la Vicepresidente (algo parecido a Nicaragua). Y el número de presos por razones (más o menos) políticas sigue siendo desconocido. Como no volveré a Bakú, si es que alguna vez fui, este libro de Rolin me hace evocar otros tiempos.

El año europeo del tren y entre Lisboa y Madrid, nada.

Era o tempo em que o comboio parava em todas

as estações: o comboio correio, a camino de Lisboa,

levando familias da provincia para pasar o ano

com os parentes de Lisboa…

Nuno Júdice (No comboio correio entre Beja e Lisboa, fim dos anos 50)

Este poema de Nuno Júdice ya no podría ser escrito. Los trenes de provincia han ido desapareciendo por toda la península en ambos países. Es más, Lisboa y Madrid ya no tienen tren, justo este año que ha sido declarado del ferrocarril por la Unión Europea. Todo un programa. Y España sigue arrastrando los pies para poner en aplicación la directiva 34, del año 2012, de la Unión Europea, por la que se establece un espacio ferroviario europeo único. Ahora es el todo o nada: o AVE o nada.

La directiva 34, aunque obliga a liberalizar la gestión, recalca el carácter de servicio público del transporte ferroviario internacional. RENFE y CP (Comboios de Portugal) han hecho caso omiso: ni servicio público ni gestión libre.

En ambos países, las compañías ferroviarias son estatales, defienden su soberanía, se resisten a toda concurrencia y están ahogadas en deudas. Es como las líneas aéreas llamadas de soberanía de antes de su liberalización, antes de Ryanair o Easy jet, cuando TAP, Iberia o Air France ejercían su monopolio en tarifas, hubs aeroportuarios y horarios. Aún continúan disfrutando de suculentas ayudas estatales, es decir, de los contribuyentes, como acaba de suceder con Air France. Y luego nos extrañamos de que se comporten de esa manera arrogante (y hasta con cierto maltrato a veces, como Iberia) con los viajeros.

Los ferrocarriles estatales siguen imperturbables, ejerciendo sus monopolios y deciden qué líneas quitan, qué estaciones abandonan, sin que nadie les tosa.

Francia subvenciona su SNCF a 23€ por kilómetro, Italia, 10€, Alemania, 9€. No tengo cifras de España y Portugal. Por la pandemia, los trenes europeos han dejado de ingresar 26 mil millones de euros en 2020, según el Consejo Económico y Social Europeo. Portugal perdió 145 millones de euros. En España, el transporte ferroviario factura anualmente sólo 2.150 millones de euros.

Por culpa de la RENFE y CP ya no podemos llegar a Santa Apolónia por la mañana, con la luz nacarada sobre el Tajo, yendo derechos a tomarnos un cafecinho y un bolo de arroz (que son como magdalenas cilíndricas que Proust ni siquiera hubiera podido imaginar), y oír las primeras palabras en portugués de taxistas y empleados que comienzan su jornada.

Las empresas de gestión de ferrocarriles no saben que el tren es historia, economía, industria, tecnología, estructura de un país; y, además, literatura, sueños y evocaciones. Para la RENFE sólo representa rentabilidad en los libros de cuentas, lo que se llama costes de operación. Si no es rentable una línea se suprime, y ya está. Así se va vaciando España, lo que no sea AVE se liquida, y los pueblos considerados menos importantes -para RENFE- se quedan sin tren, como Hellín, por ejemplo. ADIF, mientras, parece dedicarse más al negocio inmobiliario que a las infraestructuras ferroviarias. No puedo por menos que recordar el lamentable estado de abandono de las estaciones de Manzanares (Ciudad Real), y Baeza (Jaén). Llenas de suciedad, hierbajos y polvo. Me imagino que a tenor de éstas debe haber muchas parecidas.

La supresión de líneas supuestamente no rentables (para la cuenta de resultados, no para la población rural o provincial que sufre esa limitación) es algo generalizado en muchos países, desde Japón hasta EEUU pasando, naturalmente, por España.

Mientras, nadie quiere poner en duda el modelo de gestión, las infraestructuras por un lado, el flete y pasajeros por otro. Los sindicatos ferroviarios, los intereses supuestamente ‘soberanos’, impiden que se liberalicen para que, como ha sucedido con las compañías aéreas, no haya monopolio en el transporte, aunque las empresas privadas deban pagar por usar las infraestructuras, los raíles y estaciones. Esto ya lo han hecho en la República Checa, lo que ha abaratado el transporte. Pero no siempre la privatización ha sido beneficiosa, como ha sucedido en el Reino Unido. El 60% de los británicos prefieren que se vuelvan a nacionalizar los ferrocarriles.

En Portugal, las prioridades son la línea de alta velocidad Lisboa – Oporto y la de Aveiro – Salamanca que les lleva a Francia (donde vive más de un millón de portugueses), no en alta velocidad, pero al menos en ancho europeo y vía doble porque la línea actual es un modelo decimonónico, anticuado, pesadísimo. La línea Badajoz- Lisboa no es una prioridad, salvo que hubiera conexión hacia Setúbal y Sines, dos puertos industriales importantes. El escaso tráfico en la autopista de peaje (carísimo) entre Lisboa y Badajoz -que beneficia sobre todo a los españoles- es muestra de que ese itinerario, en ferrocarril, sería solamente para beneficio español.

En el reciente viaje de responsables europeos, por el Año del Tren, por 26 países de Europa, que tardó 36 días, sólo para ir de Madrid a Lisboa ya se tardó dos días. Para llegar a Badajoz desde Madrid se llega en vías con traviesas de madera y una parte del recorrido hasta Lisboa no está electrificado. Se tarda lo mismo que en la época de Galdós y Eça de Queiroz. Lean, si no, el reportaje de Pérez Galdós sobre su viaje a Lisboa, en Excursión a Portugal, 1885). Bueno, se tardaba, porque ahora ya no hay tren de ninguna clase.

Pero no pasa nada, los ministros de transportes español y portugués (entre ellos, el lamentable y ya cesado, Ábalos) cambian como las estaciones (meteorológicas, no las del ferrocarril) y no hay una política estable ni continuada, ni ninguna voluntad política por mucho que digan en las cumbres o cimeiras.

En definitiva, por un lado, sigue subvencionado y exonerado de impuestos el queroseno de los aviones. La TAP acaba de recibir 150 millones euros -noticia del 21 de noviembre de 2021, sí) para compensarla de las pérdidas por el Covid (pero sus dirigentes no han perdido un euro de salario), el poder de las compañías parece sobrepasar el de los Estados y, por supuesto, el de los intereses generales de los dos países sin que nadie en los respectivos parlamentos parezca presentar un programa alternativo. Debe ser muy complicado, muy técnico. Como mucho, hay algunas plañideras preguntas de diputados provinciales sobre estaciones canceladas. Y los lobbies de las compañías aéreas, del transporte por carretera, del automóvil, de las constructoras y concesionarias de autopistas supongo que está para algo, para retrasar las inversiones ferroviarias. No es casual que uno de los proyectos del gobierno español para las ayudas de la UE, NGEU (Next Generation EU) sea el automóvil eléctrico, es decir, transporte individual, lo que me parece aberrante (además de que la extracción del níckel y del litio son todo menos respetuosas con la naturaleza y los países donde se extrae).

Para más información sobre los ferrocarriles europeos se puede consultar The Economist del 13-19 de noviembre, Disoriented express. Declarar 2021 el Año europeo del tren es uno de los mejores chistes que se le ha ocurrido a la Unión Europea. Esperemos por lo menos que los directivos de RENFE y de CP no lo celebren con alguna comilona de Navidad.