El perdón

Cuando viene la soberbia,
viene también la deshonra

Proverbios, 11.2

Mi amigo el padre Carlos, que ya se fue hace unos veranos, en su vida de sacerdote comprometido había aprendido algo que me dijo un día, en un momento de desazón: “nadie pedía perdón”, “en España nadie pide nunca perdón”. Sabía lo que decía tras una vida asistiendo a presos de toda condición y especialmente tras hablar con antiguos asesinos de la ETA que querían encontrar una salida, efectivamente, una salida de la prisión.

Pedir perdón nos parece rebajarnos, reconocer que hemos errado. Y los españoles difícilmente reconocemos habernos equivocado: suelen ser siempre los otros los que se equivocan. No en vano es uno de los países del mundo donde hay más abogados, pleitos y más juicios sin conclusión clara.

A la sociedad no le pedimos perdón y en nuestra vida privada nos cuesta mucho excusarnos.

A primera vista nos podría parecer curioso que en un país católico el perdón no se pida. O no tan extraño, pues para eso está la confesión, que nos absuelve, no hace falta pedir perdón al ofendido, basta con ir al confesionario. Aunque España haya dejado de ser católica hace mucho tiempo a manos del consumismo hedonista y el egoísmo, las huellas de la confesión perduran: no tenemos por qué pedir perdón, pues el confesor nos absolverá con una ligera penitencia, unos cuantos padrenuestros.

Nos cuesta pedir perdón por nuestras cóleras infundadas, injustas, por los exabruptos, por dejar el coche en doble fila bloqueando a otros, por avasallar. No es cuestión solamente de educación, aunque también pues los franceses se pasan la vida diciendo ‘pardon’ o ‘désolé’, pero es un mero recurso de falsa cortesía.

En excusa de los ciudadanos de a pie, hemos de decir que el ejemplo lo dan los políticos y los grandes empresarios que, como nunca se equivocan, jamás piden ni han pedido perdón (salvo don Manuel Azaña cuando, tras no lograr ejercer bien el poder, pidió “paz, piedad, perdón”, pero es una excepción). Recuérdeme el lector algún caso de pedir perdón. ¿Recuerda alguien, por ejemplo, que algún condenado por corrupción haya pedido perdón?

El no pedir perdón es endémico, está en nuestro código genético. De ahí ese incivismo generalizado en la evasión fiscal, de copiar en los exámenes, de perpetrar disparates urbanísticos que destrozan pueblos, ciudades y paisajes, en el tráfico rodado, en múltiples casos de la vida cotidiana.

La interpretación talmudista del perdón requiere que tres condiciones, si nos apoyamos en Génesis 50, 17 (sobre la venta de José por sus hermanos):

  1. Arrepentimiento sincero del ofensor.
  2. Pedir perdón al ofendido (y que éste lo acepte), y hacerlo público.
  3. Resarcir el mal causado, compensar con actos, retribución, pago.

Pero al final del camino nos encontramos con que aún no hemos pedido perdón por tantas cosas, por el dolor causado a veces casi involuntariamente, por nuestra mala cabeza, por decisiones erradas, por malas palabras que quedaron impunes pero hicieron daño. Quizás por eso en el judaísmo exista el día del perdón, el yom kippur, para pedir perdón por todos nuestros desafueros, errores y extravíos. Para pedir excusa, por ejemplo, para pasar o entrar en una conversación, tiene el idioma hebreo la más sencilla, selijá.

Quizás haya que recurrir a esa canción de Jacques Brel, Pardons,

Pardon pour cette fille
Que l’on a fait pleurer
Pardon pour ce regard
Que l’on quitte en riant
Pardon pour ce visage
Qu’une larme a changé

Et puis pour tous ces mots
Que l’on dit mots d’amour
Et que nous employons
En guise de monnaie
Et pour tous les serments
Qui meurent au petit jour
Pardons pour les jamais
Pardons pour les toujours

Et puis pardons surtout
De ne jamais savoir
Qui doit nous pardoner.

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La luz de los hombres

Cuando tras leer sus libros se nos han olvidado todos los nombres y las anécdotas que pueblan sus historias, nos queda la evocación de esa atmósfera rara que creaba Pierre Mac Orlan. En ellos no había conclusión, el único argumento era la vida, la lucha por la vida. Era el tiempo de entreguerras, de puertos del Mar del Norte, los cafés de marinos, Café du Port, Café de la Gare, mujeres fuertes, marinos retirados, delincuentes y fugitivos de la justicia y otros que huían de su propia vida, muchos, antiguos combatientes de la Gran Guerra, como fue el propio Mac Orlan, que resultó herido junto a su propio pueblo, Péronne. Hay brumas, recuerdos de combates o bombardeos, amores ocultos y escondidos, calles a media luz.

Decimos precisamente que un autor es memorable (quizás no llegue a clásico), cuando su lectura nos deja ese regusto, ese recuerdo agradable, a veces inquietante. En el escritor de Péronne (Picardie) encontramos ese poso.

También nos han quedado algunas de sus ideas, como ésta que encuentro en uno de sus libros, Le bal du Pont du Nord, la idea de que algunos hombres (y mujeres) emanan luz:

“pueden crear una cierta luz. Unos brillan como soles, otros enfocan directamente como dos luces de proyectores; otros os sorprenden como la luz súbita de una linterna. Los hay que se parecen a esas lamparillas multicolores que se cuelgan de los árboles en las fiestas. Algunos vacilan y alumbran en una humilde oscuridad como la llama de una vela. Éstos son, a veces, los más peligrosos y los más difíciles… de apagar”.

No en vano se dice a veces de una persona “eres un sol”, sus ojos pueden ser “chispeantes”, o tratarse de una persona “oscura”; o se dice al morir, “se apagó” o “se extinguió”. O se dice que alguien “es brillante”.

Y encontramos en Juan de Mairena este párrafo, que cuando lo leímos nos pasó desapercibido:

“Hemos de volver -añadía Mairena- a pensar la conciencia como una luz que avanza en las tinieblas, iluminando lo otro, siempre lo otro… Pero esta concepción tan luminosa de la conciencia, la más poética y la más antigua y acreditada de todas, es también la más oscura, mientras no se pruebe que hay una luz capaz de ver lo que ella misma ilumina”.

Así, casi por casualidad, enlazamos Mac Orlan, el gran excéntrico, con Antonio Machado. La excentricidad vestimentaria del francés, se correspondía con su excentricidad de pensamiento, de percepciones sobre el ser humano, el gran perdedor. Fuera del centro, lejos de los senderos trillados, Mac Orlan se parece unos instantes al filósofo heterodoxo Juan de Mairena.

Cinco clases de iluminación pueden irradiar los hombres según el escritor picardo:

  1. La completa, total, solar.
  2. La enfocada, concentrada, aguda, analítica.
  3. La repentina, pasajera.
  4. La pintoresca, humorística y frívola, pero no menos necesaria.
  5. La del pábilo de una vela, dudosa, débil, pero tenaz y más peligrosa por solapada, que no da confianza.

Podríamos con esta plantilla clasificar las personas, los políticos (a los que tanto les gusta refulgir y que les vean y fotografíen), los artistas y escritores.

La solar, Nelson Mandela. El foco, Albert Einstein. La repentina, un jugador de fútbol de moda cualquiera. La pintoresca y festiva, el inefable Noel Clarasó, o los hermanos Alvarez Quintero, por ejemplo. La dudosa, de una vela o candil, Vladimir Putin. A Mac Orlan se le olvidó, sin embargo, la sexta categoría, la de quienes son la oscuridad, el agujero negro.

Los lectores podrán aplicar alguna de estas categorías a sus personas y personajes favoritos.

El color del tedio

O tédio é fraca compensação dos compromisos
(El tedio es una pobre compensación de los compromisos)

Nuno Júdice

Un tédio a tudo amolece-me. Sinto-me expulso da minha alma
(Un tedio a todo me reblandece. Me siento expulsado de mi propia alma)

Fernando Pessoa

No tenía noción del tiempo, sino del tedio

(Anónimo)

La poesía de Nuno Júdice (Algarve, 1949) siempre tiene algo de filosófica, como toda la buena poesía, y es oscura y lejana, como él mismo dice en un poema. Pero no sé si estoy de acuerdo con ese verso, salvo que quiera decir que nuestros compromisos, nuestra responsabilidad como personas, como ciudadanos, cuando no es atendida ni sirve para nada, da en el tedio, en una cierta desgana.

Fernando Pessoa ha expresado todas las variantes y todos los síntomas del tedio. El Livro do desassossego que, como he dicho en alguna parte, no entendí bien hasta que vine a vivir a Lisboa por primera vez, en el lluvioso otoño de 1989, es una de las más consistentes obras sobre el tedio.

Para Pessoa, el tedio es apartarse (o ser apartado), es magno, inerte, es cansancio del alma, incluso “el tedio de lo constantemente nuevo, el tedio de descubrir, bajo la falsa diferencia de las cosas e de las ideas, la perenne identidad de todo”. Puede ser también “estancamiento de pensar y de sentir”. Es “esa trabajosa inutilidad de todos los días iguales”.

Pessoa habla del color sin color del tedio, aunque principalmente lo asocia al gris. Otro portugués (realmente es éste un país de saudade y de las mejores experiencias del tedio, Fidelino de Figueiredo, escribió la novela filosófica Sob a cinza do tédio (Bajo la ceniza del tedio). Este olvidado ensayista portugués (1889-1967) parece querer decir que el tedio es gris. No estoy seguro. El tedio es incoloro, como la lluvia, ni siquiera es sombra (que suele ser azul).

Pero el tedio puede ser creativo, no estéril. También dice Pessoa que “en la putrefacción hay fermentación”. Viene el tedio de una cierta saturación: saturación cultural, mental, informativa. Pero es quizá un descanso necesario de la mente, del ánimo. Después de horas o días de tedio puede surgir esa idea que dormitaba y que no podía salir, oculta por la vida cotidiana, debido a la domesticidad.

“Sabio, sigue afirmando Pessoa, es quien monotoniza la existencia, pues así cada pequeño incidente tiene el privilegio de la maravilla”. “Monotonizar la existencia para que ella no sea monótona”.

El tedio es una contraposición subjetiva con la realidad, que es activa, cambiante, viva. Es un ensimismamiento necesario previo a la acción, como la concentración del jugador de ajedrez antes de mover la ficha. Ese sería el ensimismamiento positivo, productivo, el que precede a la acción.

¿Qué se puede hacer no para vencer, pues es invencible, sino para esquivar o engañar el tedio? Tenemos siempre, como dice Pessoa, “los artificios de la imaginación”.

El tedio no es el aburrimiento, ese feliz acontecimiento de los niños ahítos de los juguetes y del recreo, que felices, descubren de pronto que ‘se aburren’. El tedio es una pequeña muestra de la muerte, del final inerte, del apagar de las pasiones, intereses, motivos. Ya han acabado los artificios con que nos engañábamos. No es el ensimismamiento creador que mencionaba arriba, que puede ser germinal, fértil. Es un no-salir, es decir, un no existir. Se deja de hablar, ya no hay nada que decir, el tedio es mudo.

Aquel artificio que era el trabajo, la ocupación, ese gran subterfugio para tapar la inanidad de la existencia bajo la apariencia de producir algo, deja de ser un remedio. Trabajo, horarios, órdenes que dar y que cumplir para encontrar un sentido a la vida. El tedio aparece cuando uno se da cuenta de que todo era pura vanidad, puro artificio.

El tedio es interno, es suspender la existencia, el desinterés y la desgana de los que hablaba en esta páginas hace unas semanas ( https://laplumadelcormoran.me/2021/06/25/desgana-y-pesimismo/ ). Ya no hay intención, ya no hay esfuerzo. Suele coincidir con una pérdida de energía, como puede ser la progresiva pérdida de la virilidad o la menopausia. Ya no hay afán realizador tan propio del hombre, del que hablaba el filósofo orteguiano Manuel Granell.

Pero ante el tedio hay que resistirse, no dejar entrar al viejo, como ha dicho Clint Eastwood (“don’t let the Old man in”, es su fórmula mágica para seguir siendo activo y con ilusiones y proyectos a sus 90 años).

Siempre queda, en el tedio improductivo, el remedio pasivo, indoloro e incoloro, de contemplar el fuego en la chimenea o ver caer la nieve, sin pretender sacar ninguna conclusión, simplemente contemplar. Como me decía mi amigo Abud, “ser uno más es lo más difícil”. A veces, nos gustaría ser como esos ancianos que descansan en la tarde contemplando su huerta, nada más, esos que he visto la semana pasada en Alfarim, en esa hondonada llena de lujuriantes huertas silenciosas, umbrías, fértiles. O como esos viejos que dibujan con la punta de su garrota líneas en los paseos enarenados del parque provinciano.

Necesitaría un viento que barriese ese tedio apabullante que crece con la edad, y ese viento sólo puede salir de nosotros mismos. No esperemos nada de fuera.