Nuestro bienestar desencantado

Francisco Nieva utilizó esta frase que describía y describe perfectamente un tono vital común, y continuado, en nuestra intelectualidad. Lo hacía en 1969 al comentar el montaje de Marsillach de la pieza Biografía, de Max Frisch. Francisco Nieva, que a su arte dramático y escenográfico unía la escritura y la pintura, nunca tuvo pelos en la lengua. Hablaba y escribía con una claridad cervantina (no en vano era de Valdepeñas, Ciudad Real), aunque también se recreó -y creó- en la serie que comienza con Viaje a Pantaélica, un disparate genial en tres volúmenes difíciles de encontrar (y de leer).

Nieva también habla en alguno de sus artículos (vean El Reino de Nadie, Espasa, 1996), pues era un articulista singular, especial (admirador de Larra), de los “contentitos”, esos que se acercan al Poder, sea el político, sea el del periódico y editoriales que marcan el canon literario y bien pensante en España (el lector avezado ya sabrá de qué periódico hablo). Los contentitos eran quizás esos que frecuentaban, encantados de la vida, ‘la Bodeguilla’ de Felipe González y los que hoy pululan en torno al gobierno y a su periódico oficial.

No es que yo haya estado nunca de lleno en el mundo de la cultura, pero lo observo un poco, desde fuera. Librerías, museos, academias de pintura, amigos metidos de lleno en presentaciones de libros, revistas y suplementos culturales de periódicos (para mí, los mejores el de La Vanguardia y del ABC).

Y mirando lo que hace el gobierno, los movimientos de alcaldes y otros altos representantes (sedicentes) de la Nación, me da la sensación de que la Cultura está muy lejos del Poder. No es malo eso porque así es más independiente, más ácrata, más fresca. Pero hay como un distanciamiento, una especie de alienación.

La mayoría de las gentes de la cultura se queda al margen. Podríamos decir, medio siglo después, que esa es una situación habitual en la burguesía pensante española y en la mayoría de los intelectuales. A pesar de que somos una democracia avanzada nunca ha estado la cultura, en el sentido más amplio de la palabra -músicos, bailarines, pintores, dramaturgos, escritores, poetas-, más alienada y marginada respecto a los centros de poder. La falta de apoyo y de interés por la cultura, cuando vemos lo que sucede en Francia o el Reino Unido, es lamentable.

Las librerías están hueras de políticos, directivos, empresarios. A las librerías van jóvenes, gente con espíritu inquieto (y nada menos inquieto mental que un empresario inmobiliario, un alcalde o un cargo político: están a otra cosa).

Lo que sí hay es el adorno cultural del Poder. Para no parecer del todo ignaros, las instancias del Poder, estatal, autonómico y local, deben hacer algunos ejercicios publicitarios. Inaugurar ARCO, ir a la Feria del Libro, en fin, lo que sale en la televisión. Cierto que hay muchos premios literarios y artísticos, que muchos bancos, para lavar sus culpas y sus inicuas prácticas usurarias, han creado fundaciones para darse cierto pisto, un barniz benefactor. Las eléctricas que afean el paisaje y las telefónicas que ensombrecen las fachadas de tantos pueblos de España con sus cables ¡resulta que tienen fundaciones culturales! También algún alto cargo y hasta algún ministro se deja ver, para que le vean, en alguno de esos festivales estivales de las Españas. Pero a pesar de ese espolvoreo de dinero, de ese mecenazgo condicionado y limitado, el mundo de la cultura está ajeno al poder. Más bien totalmente marginado. Al Poder, con mayúscula, no le interesa.

Veo al menos cuatro razones por las que al Poder (al político y al económico) no le interese la cultura.

  1. La primera es que como la política se ha convertido en espectáculo y publicidad, ¿para qué necesitan la cultura los políticos? No es para ellos una herramienta útil.
  2. La segunda razón del desinterés de los que mandan por la cultura con mayúscula es que la cultura es a largo plazo, incluso imperecedera, y los políticos, sobre todo estos de hoy, son efímeros, pasajeros.
  3. La tercera es que la cultura no da beneficios inmediatos, monetizables, no es un bitcoin. Que la cultura sea buena para la nación y para su prestigio e imagen, eso no les interesa. Tienen otras prioridades mucho más interesantes (de tipo de interés y de lucro).
  4. La cuarta es que no tienen tiempo para esas memeces de la cultura. Hay cosas más excitantes como tener poder, coche oficial, escolta, más dinero, más fusiones de bancos, telecomunicaciones, más urbanizaciones, más destrucción del paisaje, etc. Eso es más rentable.

Lo que no es necesariamente malo, pues puede dar más independencia a los que trabajan en al ámbito cultural. Pero no deja de ser triste, entristecedora, esa incultura que se nota en los políticos, en los directivos de empresas, esa insensibilidad (salvo para hacerse las fotos y hacerse publicidad de sí mismos) de lo que se supone sería la élite económica y decisoria del país.

Pero como el Poder siempre ha necesitado sus funcionarios culturales, sus escribanos, disponer de una prensa adicta, sigue habiendo intelectuales a sueldo de partidos, bancos y gobierno, más o menos indirectamente. Así lo vemos en los periódicos de Madrid, siempre sesgados hacia el PP o hacia el gobierno, periódicos que se leen sobre todo para confirmar creencias, para contribuir a la indignación mañanera, y menos para reflexionar o informarse objetivamente, como se ha visto recientemente con el problema de los indultos.

Por eso, además de que se compran menos periódicos -y no es sólo porque se lean en el ordenador sino porque a veces son tan sesgados y orientados ideológicamente que ya cansan-, muchas personas del mundo de la cultura, miles de profesionales, se sienten desposeídos, ignorados y, en definitiva, en ese bienestar desencantado que Nieva describiera tan bien.

Para que hubiera un fomento de la cultura desde el Poder, éste tendría que apostar por:

La anticipación, adelantándose a las tendencias, invirtiendo en los medios digitales, extendiendo la fibra óptica por toda España.

La Innovación, apostando por la juventud, por las lenguas de España y de Portugal, y no solamente por las tendencias políticamente correctas de obligado cumplimiento.

La Comunicación, facilitando la existencia de medios digitales e impresos que transmitan cultura, mejorando las TVs públicas, que son lastimosas en materia cultural, invirtiendo en la Radio Clásica, que en la mitad del territorio no se consigue captar bien, etc, etc.

Mientras, los cuatro ilusos seguiremos en nuestro bienestar desencantado.

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Viaje a Pantaélica, una Chronologie y Rizal: libros de la rua Anchieta

En esta incultura en la que estoy sumergido y de la que intento salir dando boqueadas de vez en cuando, acudo a las librerías de viejo de Lisboa, los alfarrabistas, y me encuentro con pequeños arrecifes donde descanso en mi largo bucear hacia la costa de la ilustración.

Así, en la rua Anchieta, donde cada sábado hay un mercadillo de libros viejos siempre encuentro tentaciones para añadir a las estanterías que tengo que tener en el sótano por falta de espacio.

Acabo de hacerme por módico precio, ¡siempre módico precio, ese es el truco del comprador!, con tres libros absolutamente inesperados. Suelo decir que esto de ir de alfarrabistas es como ir de caza, donde menos se espera vuela la perdiz. Hay días que volvemos con el zurrón vacío (y no me puedo resistir a informar que zurrón tiene en francés la traducción de baudrier, que se pronuncia prácticamente  como mi segundo apellido, Baudrihaye –de rancia estirpe walona), pero otros conseguimos volver muy contentos.

Hoy tengo que inmortalizar tres libros bien hallados:

  1. Chronologie universelle, suivie de la liste des grands états anciens et modernes, des dynasties puissantes et des princes souverains de premier ordre, avec les Tableaux Généalogiques des familles royales de France et des principales maisons régnantes d’Europe, par Ch. Dreyss, professeur d’histoire du Lycée Napoléon, docteur ès lettres. (Paris, Librairie de L. Hachette et Cie, boulevard Saint-Germain, nº 77. 1864).
  2. El viaje a Pantaélica, de Francisco Nieva, Seix Barral, 1994.
  3. Rizal, por Ernesto Giménez Caballero, Publicaciones Españolas, avenida del Generalísimo, 39, Madrid, 1971.

El primero, la Cronología, es un pozo con fondo, pero muy profundo, que ayudará a este escritor o escribano a inventarse historias. Por ejemplo, descubro que en en 1156, “Waldemar I, hijo póstumo de San Canuto –Knut-, que había heredado de su padre, asesinado en 1131, el Ducado de Slesvig y el Reino de los Obotritas, habiendo sido atacado por el rey de Dinamarca, toma él mismo el título de rey”. O que en ese mismo año “el rey de Castilla funda la Orden militar de San Julián, luego llamada de Alcántara”. El libro lleva un sello de Quinta das Lagrimas, de Coimbra, a nombre de M. Osorio.

Entre las casas reinantes de la época encontramos las de Lorena-Austria, con sus dos ramas, de Módena y Toscana, la familia Bonaparte, las ramas de todos los Borbones (Ducal o primitiva, la Marche, Montpensier, Vendôme, Cerenci, Condé, Conti, La Roche sur Yon, Soissons), Savoya y Savoya-Carignan, y muchos más, en fin, los contemporáneos de Stendhal. Estos datos, quizás irrelevantes para muchos, están llenos de significado para curiosos, ratones de biblioteca y otros lectores invadidos por el saludable tedio de esas inacabables y vacías tardes de domingo.

El segundo, del dramaturgo y pintor de Valdepeñas, es un hallazgo muy considerable. Es más que una novela, una especie de viaje iniciático, repleto de aciertos gramaticales y de humor de lo más cervantinos, un libro que, parafraseando a su autor, es de una “frondosidad intrincada”. El libro fue comprado en la librería Buchholz de Lisboa en aquel año, como indica la etiqueta y un señala páginas olvidado. Está nuevo. Son esos libros que –casi- nadie lee y que pasan desapercibidos pero constituyen un solaz magnífico para los que estamos saturados de facebook, periódicos y guasaps. Y así aprendemos y mejoramos nuestro castellano. Aprovechando la ocasión, no deje el lector, si es viajero, de parar en Valdepeñas y visitar tres museos: el municipal, donde hay unos soberbios cuadros de Francisco Nieva, que pintaba –la portada del libro es un dibujo suyo- además de ser un destacado dramaturgo. El de Gregorio Prieto, Fundación siempre creativa a cuya consolidación contribuyó mi amigo Antonio Sánchez Ruiz, ya fallecido, ilustrado, funcionario probo y muy cumplidor y excelente persona. Y el de los Molinos. Valdepeñas, como diría la guía Michelin, ‘mérite le détour’.

El tercero es una especie de fascículo, obra del inefable Ernesto Giménez Caballero sobre el héroe filipino, José Rizal, que tuvimos a mal de ejecutar en 1896 cuando era más patriota español que muchos españoles lo son hoy. Un texto, como casi todos los de Giménez Caballero, bastante disparatado pero genial. Era de la estirpe de un José Martí, o de un Egmont. Pero es que los castellanos nos hemos pasado de rigor en nuestra procelosa historia. Rizal, además, no se hubiera dejado arrebatar la independencia de Filipinas por los norteamericanos. Evoca también este librito uno de esos cafés desaparecidos de Madrid, el Café de Levante, en la Puerta del Sol, donde era tertuliano nuestro filipino. En Gante hay una placa en honor de Rizal, dicho sea de paso al haber citado a Egmont, ejecutado por el Duque de Alba en Bruselas. Sólo que Rizal no ha tenido un Beethoven para hacerle una ópera con su obertura.