Tras una visita a Bilbao

La primera vez que llegué a Bilbao fue en auto stop y con mochila en el verano de 1970. Venía de ver el Árbol de Guernica. Bilbao estaba vacío, las calles grises y sus habitantes habían desertado la ciudad, quizás a las playas. A la mañana siguiente, tras dormir en una fonda en Indauchu me fui hacia Santander, huyendo de aquella desolación “del enorme hoyo que era la ciudad”, que dijo Zunzunegui en una novela.

Las cosas han cambiado muchísimo y hoy Bilbao es otro, ofrece otra cara, más amable, inclusiva, creativa. Hoy tenemos un Bilbao donde, además de la consabida gastronomía (y el txacolí de Gorka Izagirre o el vermut de Devin’s), hay unos excelentes servicios públicos, gran amabilidad y un cuidado y limpieza municipal impecables. Sin olvidar la antigua Alhóndiga, rehabilitada, un centro cultural espectacular dedicada a ese gran alcalde, que además de eficiente era simpático y un caballero, que fue don Iñaki Azkuna.

Hace más de un siglo la capital vizcaína tuvo una actividad cultural que, aunque poco conocida en Madrid, fue muy importante. El centralismo no sólo ha sido político sino que ha traspasado la frontera de la cultura, escamoteando muchos escritores, poetas, pintores y músicos del panorama peninsular. Esto sucede aún hoy. En el sur, en Levante, la cultura vasca es todavía prácticamente desconocida. La postguerra arrasó además con todo y, tras la democracia, durante muchos años, el protagonismo de las noticias del País Vasco lo tuvo el terrorismo y sus secuelas. El separatismo cultural ha funcionado en los dos sentidos. Tampoco el Eusko Jaularitza ha hecho mucho por difundir la cultura vasca actual al resto de España; han sido algo ombliguistas.

En Madrid, la cultura del País Vasco la despachábamos con Unamuno, Baroja -y los de izquierda también con Blas de Otero-. Y ahí nos quedábamos la mayoría. En concreto, un ejemplo de nuestro desconocimiento -o mal conocimiento- de Euskadi y su cultura es su pintura. Hoy, nos quedamos con el Guggenheim, pero hay mucho más. El Museo de Bellas Artes, reorganizado sabiamente, despliega sus colecciones no sólo vascas, sino internacionales.

Pocos son los españoles que saben quiénes fueron Adolfo Guiard, José y Ricardo Arrúe, los hermanos Zubiaurre y, cómo no, Aurelio Arteta, por citar solamente unos cuantos. La pintura vasca ha sido siempre de una excelencia considerable, aunque muy poco conocida pasado Pancorbo.

En mi visita a Bilbao de hace unos días he podido descubrir la pintura de Aurelio Arteta. Sólo los grandes conocedores saben que hay doce frescos suyos en la sede del Banco de Bilbao en Madrid, pintados en 1922 (que intentaré ver). En el Museo Reina Sofía sólo hay dos cuadros suyos, seis de los Zubiaurre, ninguno de los hermanos Arrúe ni tampoco de Adolfo Guiard.

Una colección de libros, Bilbainos recuperados, de la Fundación III Milenio, nos muestra la riqueza de tantos artistas, poetas e intelectuales que conformaron ese gran Bilbao que ahora podemos de nuevo admirar. La biografía de Arteta por José Fernández de la Sota ilustra bien ese ambiente cultural bilbaino cosmopolita y ancho de antes de la guerra. Era el Bilbao de la revista Hermes, de muchos escritores, poetas y pintores.

Por otro lado, los escritores vascos de derechas han sido sabiamente ocultados en Euskadi y el resto de España, como Ramón de Basterra, Pedro Mourlane Michelena, Sánchez Mazas (padre de Sánchez Ferlosio y personaje de ficción de Soldados de Salamina, de Cercas) o Zunzunegui. Borrados del mapa.

Hay que ir a Bilbao a reencontrar algunos de los pintores, los poetas y los libros, más allá del folklore y los lugares comunes que alguna vez proliferaron. Aún perdura bastante el exclusivismo de una cierta cultura abertzale como de combate. Lo he podido comprobar en la feria del Libro de Bilbao, en el Arenal, donde la mayoría de las obras presentadas eran muy locales (y bastantes del independentismo radical, como por ejemplo una increíble apología de Telesforo Monzón, dirigente de ETA, con un pasado luctuoso cuando fue Consejero de Interior del Gobierno Vasco en 1936. En fin, hay libertad de imprenta).

Podremos acercarnos a la magnífica biblioteca Bidebarrieta -que publica una revista homónima imprescindible para conocer la cultura vasca y en especial la vizcaína-, a dos pasos de la casa donde nació Miguel de Unamuno, a las librerías Elkar, que tienen mucha obra vasca y de toda España, además de una buena selección de música vasca (como las canciones de Benito Lertxundi), o incluso a la Librería Anticuaria Astarloa www.libreriastarloa.com, un pozo sin fondo donde pasar horas.

Bilbao es mucho más que el Guggenheim. Nos falta mucho por ver. Habrá que subir a Artxanda, husmear en otras librerías de nuevo y de viejo, comer en el batzoki de la calle Henao, probar los pintxos de otros bares de la Plaza Nueva, además del Víctor Montes de toda la vida, e ir a un concierto en el Teatro Arriaga. Hay que volver.

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Azorín y Zunzunegui

Tirar de diccionario con Azorín y Zunzunegui

 

Dice hoy Javier Marías en El País, que en España no se puede hablar mal de los escritores vivos. Bueno, se puede uno callar y si no se tiene nada bueno que decir, no decir nada.

En esta especie de recuperación de escritores olvidados de La pluma del cormorán, ave bastante solitaria y pensativa, como Samain o Deledda, o de otros injustamente preteridos, como el portugués, bien actual, Almeida Faria, querría recordar dos escritores, que tenían treinta años de diferencia, ambos con nombre con la importante Z, y que parecen estar pasados de moda. La intelectualidad bienpensante los ha relegado al museo. Los editores, más pendientes de las modas que del valor, los evitan. Sus libros apenas se encuentran en los libreros de lance, y no todos ni en todos.

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Azorín

Y, sin embargo, leerlos es volver al castellano, descubrir palabras y giros abandonados. Y contemplar como era nuestro país hace sesenta, cien años. Azorín lo veía todo inmóvil, mientras Zunzunegui nos describe vidas agitadas, atormentadas muchas veces, con finales algo trágicos. No pueden distar más el uno del otro, de Monóvar a Portugalete. Monovero y portugalujo son los gentilicios.

Su gusto por las letras fue tal que exhumaron vocablos olvidados, algunos tan pertinentes como helgadura, hueco entre los dientes por pérdida de uno. O tartalear, ese andar dubitativo de los ancianos a pasitos cortos e inseguros; aloques, esos rojos claros, otoñales, de los vinos; desmarrido, flojo, desmadejado. No todas las palabras que redescubrieron, ni todas las que inventó Zunzunegui, gran neologista, están en nuestro diccionario, y eso que ambos fueron académicos. Ni en el tan aclamado, pero no tan extenso, al fin y al cabo, de María Moliner. Es que Zunzunegui creaba neologismos o los sacaba de su margen izquierda de la ría del Nervión, fértil en decires, cantares y vocablos.

 Ninguno de los dos son rebuscados, simplemente utilizan el castellano que leyeron y oyeron, antes de la masiva nivelación por lo bajo iniciada por la televisión y continuada impunemente por las nuevas tecnologías de la información.

Mientras en Azorín predomina la mesura, la contención, un cierto minimalismo que deja soñar al lector, Juan Antonio de Zunzunegui gusta de lo desmesurado y del detalle trivial; sus libros a veces son demasiado largos, demasiada palabra para acciones o sucesos que se pueden contar con menos capítulos (como en Una ricahembra).

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Juan Antonio Zunzunegui

Azorín habla de una España intemporal, Zunzunegui de una muy concreta, la del nuevo rico, la del dinero fácil, la de los viejos salaces y las mujeres de envergadura, de la decadencia vital. En La vida como es, la descripción de los tipos de la pequeña hampa rateril del Lavapiés de antes de la guerra, no ha sido superada. No en vano Zunzunegui dedica su discurso de ingreso en la Academia a Pío Baroja. Azorín lo dedica a la vida en un pueblecito castellano entre 1560 y 1590, Una hora de España.

Algunos giros y frases de Zunzunegui:

  • corazón moceril
  • rafagueo de temporales en la costa cantábrica
  • sahumadores de su vida
  • la mollez verde-azul del mar
  • traspasada de vaticinos
  • almenarle el rostro (al subirse las solapas del abrigo)
  • tristeza cenizosa
  • la potente y densa fluvialidad de sus muslos
  • la portalada del verano
  • se miraron frugales y zaragateros
  • su masturbadora soledad devorante
  • la línea jarifa de su cuerpo
  • se sentía endichecido (feliz)
  • flojuras desfallecientes, socarradísimas