La gramática es historia (también en la Sierra de Segura)

Conocían las virtudes de las plantas y las hierbas,

los nombres de los pájaros y su canto,

eran de antes del saber y de la ciencia,

entregados al tiempo, a los astros y meteoros,

un mundo mágico todavía subsistía,

y su lengua era ancestral, precisa y bella,…

La gramática es historia, es un documento. Conservar y recordar cómo se hablaba nos ayuda a entender cómo vivían nuestros antecesores.

He tenido el privilegio de escuchar todavía, hace ya más de treinta años, cómo hablaban las gentes de la Sierra de Segura, en la provincia de Jaén. Sus trabajos y sus días eran otros, la maquinaria aún no había hecho irrupción en esa lejana comarca más que de manera marginal, algunos tractores, alguna camioneta. Lo demás se hacía a fuerza de azada, hacha, bestias de carga, molinos de agua. Los cultivos eran variados, había hortales y el uso de las acequias era cuidadoso, bien ordenado. El sistema métrico decimal era usado de forma subsidiaria, pues se usaban las fanegas, los celemines, las arrobas y otras medidas ancestrales. El lenguaje era otro.

Ya se sabe que la gramática y el habla son una fotografía fiel de una fase determinada del lenguaje y, por tanto, de la sociedad.

La Sierra de Segura perteneció al Reino de Murcia desde tiempos remotos, desde antes de la invasión musulmana. Tudmir (que no era otro que un hispano godo llamado Teodomiro), se convirtió, prudente e inteligente, al islam y conservó su poderío. Hasta que Javier de Burgos reorganizase España en provincias en 1830, esa zona era murciana (y todavía parece serlo, a tenor del descuido en que la tiene y ha tenido la Junta de Andalucía que la ve como suya sólo para hablar, cansinamente, del “oro verde”).

Aquí se habla (o se hablaba) de una forma más murciana y manchega que andaluza. Además, la realidad social, cotidiana, productiva, era distinta y las gentes sabían y podían nombrar las diferentes plantas. árboles, estados del tiempo atmosférico y las medidas de los productos de la tierra y las distancias y superficies, como se indica al final de este artículo. Podían decir, y querían decir las cosas tenían su significado preciso. Quizás hubiera más analfabetos, pero sabían nombrar las cosas.

La falta de escuelas (que denunciara Luis Bello hace cien años en su Viaje por las escuelas de España) y la falta de sacerdotes formados contribuyeron, paradójicamente, a que se conservasen el habla, las expresiones y el vocabulario ancestral durante mucho tiempo.

Hay varias causas de la desaparición del habla de la sierra. Sobre todo, tres: emigración, televisión, monocultivo.

La emigración (los emigrantes intentan integrarse imitando el habla de la región que los recibe), el desarrollismo y sobre todo la televisión, han uniformizado el lenguaje. Sólo los más viejos aún usan palabras antiguas.

Otra razón de la pérdida de la riqueza léxica ha sido el monocultivo del olivar.  Antes, con las huertas, el labrador conocía las hierbas, las flores, sus propiedades, la tierra que mejor les convenía. Hoy la agroindustria (esa atroz palabra que parece un contrasentido) con sus abonos homogéneos, de marca, y sus pesticidas, no sólo han destruido parte del hábitat, de flora y fauna, sino también la lengua. Hoy ya sólo se habla de olivas y de aceite. Hasta el lenguaje forestal se ha ido perdiendo, pues cada vez hay menos maderistas.

Andalucía como Administración que es bastante nacionalista, ha puesto el acento identitario en el acento andaluz, como si esa fuese la seña de identidad, y no en la riqueza del léxico antiguo que servía para definir el tiempo, las plantas, los animales, las costumbres. Los giros y expresiones de antaño se han ido perdiendo. La forma de hablar se ha empobrecido, lo mismo que se pierden las semillas de antiguos frutales, y eso no es sólo una pérdida nostalgiosa, sino que el lenguaje deja de poder expresar los matices, los cambios de la naturaleza.

El lenguaje vivo ha sido también uniformizado por la gramática normativa.

Afortunadamente, algunos pensadores nos dejaron algunas referencias de cómo se hablaba.

Don Genaro Navarro (La Puerta de Segura, 4 de octubre de 1901- Madrid, 24 de febrero de 1977), abogado, erudito e historiador, estudió hace muchos años el léxico de estas sierras, por lo que no cabe añadir mucho más. Su trabajo está disponible en este enlace:

file:///Users/jaimeaxelruizbaudrihaye/Downloads/Dialnet-ElHablaDeLaSierraDeSegura-2071139.pdf

Otro escritor y profesor que dedicó atención al lenguaje serrano fue Emilio de la Cruz Aguilar, fallecido hace dos años, del que hay una semblanza que resume bien su trabajo, en

http://asociacionsierradesegura.blogspot.com/2009/04/emilio-de-la-cruz-aguilar.html

También el profesor Faustino Idáñez de Aguilar ha estudiado el léxico del nordeste andaluz, o de la llamada región pre-Bética.

Sin embargo, quiero aquí evocar algunas de las palabras y expresiones que oí a Vicente Muñoz, a Antonio Ramos, a Rosario, de la aldea de Rihornos; a veces pensaba que eran errores y en realidad eran formas antiguas de hablar, muy expresivas, algunas ya usadas por Cervantes y por Quevedo:

Abajar, bajar.

Amagantarse, agacharse, esconderse.

Apriesa, de prisa.

Asuradas, marchitadas (las plantas por el viento solano o sur).

Aviarse, arreglarse.

Asentarse, sentarse.

Bullir, moverse mucho, enredar, como el francés bouger.

Coger, por caber: no coje aquí, ésto no coje.

Tener beneficio, la tierra, gracias al estiércol, por ejemplo.

Balate, despeñadero con mucha piedra (del árabe balat, piedra).

Bregosa, persona complicada, que da mucho que hacer. De bregar.

Brozeal, lugar donde hay mucho hierbajo seco, broza.

Cansicio, hartura.

Cansino, pesado.

Castellano, se decía del que no es gitano.

Por cima de, por encima de.

Civanto, talud, desnivel.

Conreo, como arreu en catalán, tarea pesada.

De contino, constantemente.

Desepartarse, separarse.

Despacharse, arreglarse, estar dispuesto, acabar los recados.

Enritación, irritación, enfado (¿por inri?)

Escuerabueyes: un reptil llamado eslizón.

Esfarfollar, deshojar las mazorcas.

Estarse, entretenerse y perder el tiempo (“no te estés”),

Furgar, por hurgar.

Gayares, dinero.

Hacer sentimiento, sufrir, por ejemplo, las plantas al trasplantarse.

Halda, saya, falda.

Jalmazo, golpetazo, caída.

Lanternazo, golpe.

¡Ligero!, date prisa.

Melecinas

Miaja, un poco, migaja.

Noguera, por nogal, como en Levante.

Verse precisado, estar forzado, apurado.

Plantas consentidas, mimadas, demasiado cuidadas que sufren con las inclemencias del tiempo.

La pantasma, el fantasma, una aparición.

Pesambre, pesadumbre.

A pique de, a punto de.

Puiciarriba, puiciabajo, hacia arriba, hacia abajo.

Rebolondo, muy redondeado.

Regoldar, eructar.

Rescoldera, ardor de estómago.

Resollar, por resoplar, suspirar por hacer un esfuerzo.

Resultar, por llegar o aparecer («ya hemos resultado», decía la hermana Aurelia, madre de Antonio Ramos, que era de El Patronato, Santiago de la Espada).

Soplarse, por beberse (una cerveza, por ejemplo)

Soñarrera, estar adormilado.

Tenerse, por sostenerse. «¡Tente!»

Tomar, por tomar en brazos.

Trempano

Vide, por ví.

Cambio de género:

La sudor

La calor

Decires:

No le va a valer el saber, “no vos valdrá el ardimiento” (Romancero del Cid).

Agua perdida, la mitad recogida: Limitar el daño.

No tengo lugar, como Sancho, “no tuvo lugar (de sacar los requesones del yelmo)”, DQ, II, XVII.

Está nublo, por ‘está nublado’.

Es noche, por ‘de noche’.

***

Para terminar, es útil recordar las medidas que se usaban, que datan de antes del siglo XIX:

Medidas lineales:

Pie:                  1/3 de vara

Vara:               0’836 cms. (oscila desde 80 a 83 cms)

Estadal:           4 varas ó 3,34 mts.

Legua: 5,573 kms.

Medidas de superficie:

Celemín:                     1/12 de fanega

Fanega:                       0,644 Ha.

Fanega y media:         10.000 metros o una hectárea.

Tahulla: 1.600 varas cuadradas castellanas.

Según Madoz, la fanega se compone de 400 estales (¿estadales?) de 16 varas cada uno.

Medidas de capacidad (líquidos):

Libra:                          ½ litro

Cuartilla:                     1 litro

Arroba :                       16 lts.

Arroba de aceite:       11,5 kgs.

Medidas de capacidad (áridos):

Cuartillo:                                           1 kg.

Celemín:                                            4 kgs.

Barchilla (de aceituna):                      3 celemines

Fanega :                                            12 celemines, 48 kgs.

Cahiz:                                                 12 fanegas

El celemín de trigo se medía raído, el de garbanzos, maíz, lentejas, colmado.

Medidas de peso:

Adarme:                                 1,797 grs.

Onza:                                      28,7 gramos  

Libra:                                      0,460 kgs.

Arroba:                                   11,5 kgs.

Arroba de vino:                      16 litros

Quintal:                                  46,9 kgs.

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Don Ramón Martínez Ruiz, médico de pueblo

Se aproxima la Feria de La Puerta de Segura en la provincia de Jaén, que hace medio siglo aun era un acontecimiento en el mercado de ganado de la comarca y el sur de La Mancha. Con esta ocasión, quiero evocar a una de las personas más egregias que allí vivieron y trabajaron.

A principios del siglo XX, cuando el arte de la medicina todavía parecía una rama de las bellas artes, en los pueblos el médico era el taumaturgo, el que velaba por la salud, a quien se confiaban las desgracias íntimas de alcobas y matrimonios, el que trataba de la higiene, de los alimentos. Un médico pasaba años, si no toda su vida, en el pueblo. El médico escribía cuidadosamente las historias y cuadros clínicos con pluma tras observar, hablar y preguntar al paciente. Como nos ha enseñado Gregorio Marañón, se inquiría sobre su modo de vida, su alimentación, su trabajo, su estado anímico incluso.

En aquellos años llegó a La Puerta de Segura, en el confín oriental de la provincia de Jaén, don Ramón Martínez Ruiz, encargado de luchar contra el paludismo endémico (es decir, malaria) de esa apartada) zona de la provincia de Jaén (aún hoy, sigue apartada de todo). Nacido en Monóvar en junio de 1880, había estudiado en Madrid, conocía personalmente a su admirado Santiago Ramón y Cajal y a muchos profesionales de la medicina. Se casó con la última señora feudal de la comarca (un feudalismo manso, pues gracias a ella pudo ejercer casi de benevolencia ya que no les cobraba a los pobres, que eran muchísimos) y su deber hipocrático le hizo quedarse en el pueblo toda su vida. Si no, don Ramón hubiera llegado a ser un médico de postín en Valencia o en Madrid.

El pueblo, que no es ni manchego ni andaluz y en el fondo aún guarda su antigua identidad de pertenencia al Reino de Murcia[1], estaba alejado de las ciudades más importantes; Úbeda, a cien kilómetros, que se tardaban en hacer más de dos horas, otro tanto, Albacete, Jaén, lejano y distante, como hoy.

Luis Bello, en su Viaje por las escuelas de España en aquellos años veinte, hace un siglo, nos habla del médico y de otras personas, Jenaro Navarro, Juan Ardoy, Mariano Cospedal. A pesar de la acción benéfica de éstos, dice Bello, el 73% de los habitantes aún no sabía leer (en Santiago de la Espada era el 93%). La Puerta, por entonces, tenía unos 1.900 habitantes y estaba lejos de todo. ”Cuando el zigzag nos tapa la carretera de La Puerta a Siles y no vemos automóviles, el mundo ha vuelto al siglo XIII”.

En España, entre 1924 y 1929, el promedio de muertes anuales por infecciones epidemiológicas era de 80 a 100.000, es decir, la cuarta parte de los fallecimientos, siendo las cinco más mortales el tifus, la tuberculosis, la pulmonía, la gripe y las infecciones intestinales de los niños. En esos cinco años habían muerto por tuberculosis 144.000 personas, 11.000 por meningitis tuberculosa y 24.000 por otras formas de tuberculosis. Todo esto lo relata don Gregorio Marañón. Las epidemias eran algo grave y el paludismo endémico de esta zona requería un tratamiento permanente.

No había Seguridad Social y sólo algunos Montepíos y los pacientes pagaban por igualas que don Ramón guardaba cuidadosamente en sus archivos. Eran entonces las medicinas Sulfoidol inyectable, Pepto-kola Robin, Peptonato de hierro, o Gránulos del Dr. Charles Chanteaud, Mucogène para el estreñimiento. Casi todos los medicamentos venían de Francia. Otros se preparaban en la botica de don Mariano Cospedal.

En 1934 fue vuelto a confirmar en el cargo del Dispensario Antipalúdico. Tenía como subalterno a Desiderio Moreno. Su prestigio hizo que fuese respetado durante la guerra porque él había cuidado a los enfermos sin distinción de clase ni condición. Era un médico hipocrático. Gracias a él se libraron del ‘paseo’ algunos familiares y vecinos que estaban presos, sin causa, en la catedral de Jaén, que se usó de prisión en los primeros meses de la guerra.

Callado, taciturno, era de una elegancia simple, algo triste y muy educado en su trato. Para las fiestas de su santo, el 31 de agosto, preparaba, con su saber pirotécnico levantino, pequeños fuegos artificiales, una de las pocas libertades que se permitía. Meticuloso, anotaba todas las circunstancias de sus pacientes, elaboraba él mismo las recetas y cultivaba sus conocimientos gracias a las revistas médicas españolas y francesas que el correo le traía. Hermano de un gran escritor, tenía una selecta biblioteca donde libros de Freud convivían con las Greguerías de Gómez de la Serna, y la famosa revista Cruz y Raya con el Blanco y Negro.

Anotaba todo y aún encuentro, en una vieja agenda, notas de un viaje a Úbeda para seguir a Madrid:

Billete auto                 16,15

Comida Úbeda           4

Propina Úbeda           1

Gabán                         200

Café                            2

Metro                         0’30    

4 ptas. Entrada teatro

O, de otro viaje a Villanueva del Arzobispo:

8 de mayo de 1918

Mozos y mulos                       13,75 ptas.

Gasto de 6 limonadas            18 ptas.

Vino a Juan Mª                       0,25

Propinas                                 2

En Úbeda a Juan Mª para el regreso 50 ptas.

No se le conocía religión practicante ni militancia política alguna, era laico, callaba, acudía a los oficios indispensables y nunca le cerró la puerta a nadie. Cuando subía a las cortijadas por caminos de cabra, a pie, donde su Chevrolet no podía llegar, siempre pedía una jofaina con agua, jabón y una parella antes de examinar al enfermo. Escrupuloso, siempre recomendaba lavarse las manos, incluso antes de acostarse y cuidar mucho de la higiene personal así como dar regularmente paseos.

En plena guerra, en marzo de 1938, la Dirección General de Luchas Sanitarias le confirmó en el cargo de médico local del Servicio de Paludismo. En 1947 todavía había en España 98.495 enfermos de paludismo, siendo Jaén la provincia con más casos: 14.806, y dentro de la provincia La Puerta de Segura era la que más tenía, 1.524 enfermos. El Dispensario aún estuvo activo hasta bien entrados los años cincuenta.

Acabada la guerra, hubo de afiliarse a la Falange como prueba de ser ‘afecto’, que era prácticamente la condición necesaria para seguir ejerciendo, sobre todo si había servido ‘bajo la República’. Además, tenía en el debe la dudosa decisión, para el nuevo Estado, de haber mandado a su hijo a estudiar al Instituto Escuela, de la Institución Libre de Enseñanza, en vez de a los Escolapios como hacían todas las familias de la clase media. Su trabajo público corría a cargo de la Caja Nacional de Seguro de Enfermedad y el Servicio Nacional Antipalúdico dependía de la Dirección General de Sanidad, del temido Ministerio de la Gobernación.

Hacia 1940 empezó a sufrir de algunas molestias en el corazón por lo que se hizo varios análisis, pues era algo hipocondríaco. Los resultados siempre fueron bastante positivos pero él insistía en consultar sus molestias con varios colegas suyos, el doctor Arroyo, el doctor Calandre y otros de Jaén, Valencia y Madrid. Pero siguió trabajando en La Puerta hasta su muerte, en 1960. Hoy ya casi nadie sabe quién fue.

En el despacho del médico del pueblo,

muerto hace muchos años,

has encontrado sus libretas de recetas,

las igualas, los pésames  y entradas

del viejo circo, y su carnet de Falange.

Siempre, decían,

pedía jofaina, jabón y una parella

para auscultar a los enfermos

de míseras cortijadas

por los cerros, que

su Chevrolet de dos colores

por carriles de cabras trepaba,

Sus libros prohibidos, su tabaco,

parsimonioso, taciturno,

con sus claros ojos tristes,

respetado mas no amado

por vecinos, amigos y colegas,

su modesto ejercicio persiguió.

Sus paseos solitarios por los campos

y las afueras,

con botines, chaqueta y su garrota,

y el can fiel,

su solo solaz fueron,

meditando en los turbios destinos de su patria.


[1] Don Javier de Burgos, en 1833, decidió, quizás por albergar la cuenca del Guadalquivir, que esta comarca se incorporase a la provincia de Jaén, algo de lo que todavía se resiente, dejada de lado por la Junta de Andalucía, sin transportes, aislada.

La Sierra de Segura, en Jaén, aislada, como siempre.

Desde tiempos inmemoriales, la Sierra de Segura ha sido una comarca aislada, deprimida y pobre. Abandonada por los políticos, mero cazadero de votos. Es el Parque Natural de las Sierras de Segura, Cazorla y Las Villas, de singular belleza, con restos históricos -ibéricos, cartagineses, romanos, musulmanes- poco conocidos y estudiados. Es un pulmón que contribuye a rebajar las emisiones de dióxido de carbono de toda España en nuestra cuenta ambiental, y ya sólo por eso merecería más compensación porque posee crédito ambiental. Es madre de dos ríos históricos, cuencas de civilización, el Segura y el Guadalquivir y reserva forestal y botánica. Es una comarca que sólo añade, no resta. Y sin embargo, el abandono, la negligencia del Estado y de la Comunidad Autónoma, son lancinantes.

Hoy, todavía, a los pueblos de la Sierra de Segura, en la provincia de Jaén, sólo se puede llegar en automóvil privado y por carretera. Y el que no tenga automóvil, que no venga. Una amiga nuestra, que ya ha sacado su billete de avión desde Luxemburgo, se las verá canutas para llegar a estas sierras. De Madrid a Siles se tarda más que a Nueva York.

Los doce pueblos de la comarca están ayunos, entre otras cosas, de unas buenas comunicaciones y de un servicio público de transporte -ya que no habrá jamás ferrocarril, al menos autobuses- que permita venir de manera confortable y en tiempo razonable de Granada, Sevilla, Madrid, Valencia o Barcelona, por citar sólo cinco ciudades. Eso, sí, paradójicamente, tenemos derecho a atronadoras y ensordecedoras bandas de motoristas, en grandes cilindradas, sin tasa ni control, echando carreras, todos los fines de semana en la A 317 de Orcera a Hornos. Los alcaldes no las oyen.

No es de ahora el aislamiento. Hace un siglo, la situación de atraso era tal que fue objeto de una encuesta parlamentaria promovida por el diputado Luis Bello (Viaje por las Escuelas de España) que él casi resumía en tres palabras: paludismo, analfabetismo y caciquismo. Era parecido a Las Hurdes, pero con la diferencia que aquí no vinieron ni Alfonso XIII ni Marañón. Ni les merecía la pena. En Santiago de la Espada, Pontones y aquellas aldeas perdidas, hubo bocio endémico, la lepra perduró hasta bien pasada la postguerra, el analfabetismo era rampante.

La Sierra ha ido perdiendo habitantes desde hace casi un siglo, pues tuvieron que emigrar a buscar alimento y educación a Francia, Alemania, a Cataluña, a Baleares. La población hoy está envejecida y desanimada. Se vive, regular, de la aceituna y de los subsidios. El aceite se vende como una commodity por las grandes superficies comerciales y es cada vez menos rentable, aunque también se debe al aumento exagerado de plantaciones de olivar (regado, encima, para secar progresivamente las capas freáticas, y la Confederación Hidrográfica mirando para otro lado). Un exceso de oferta disparatado. Hay pocos establecimientos industriales, la mayoría talleres. El turismo es barato y hay contados establecimientos hoteleros y de restauración, que arriesgan capital y trabajo pero que dependen de las comunicaciones. La riqueza forestal apenas reporta nada a la población. NI miel, ni nueces, ni esencias aromáticas (del espliego, lavanda o alhucema), que antaño tenían algún retorno, son fomentadas. Ya no son rentables. La ganadería ha sido cercenada por intereses raros de la Unión Europea (que a veces parece que prefiere pagar desempleados que ganaderos).

Es uno de los ejemplos palmarios de la España vacía que denunció Sergio del Molino. En 1950 había 818.840 habitantes de hecho en la provincia de Jaén. En 2019 la provincia tiene 633.564 habitantes. En la Sierra de Segura el descenso es aún más pronunciado aunque los datos son difíciles de contrastar. Según un estudio publicado por el diario Jaén, de 2004 a 2019 perdió 2.950 habitantes.

Emilio de la Cruz Aguilar, a quien ese mismo diario acaba de rendir un merecido homenaje el siete de julio pasado, así como Genaro Navarro y José Bautista de la Torre, han sido algunos de los que han alzado su voz -en el desierto- por esta comarca. Pero, nada. Sólo más subsidios, más obras sin mucho sentido -restaurar o reedificar ruinas de torres y castillos, con dudoso criterio histórico, por ejemplo-, pero desarrollo real, fomento de la industria, poco.

Pero lo que hoy añade al olvido, y que motiva esta página, es la falta de comunicaciones, sobre la cual los alcaldes guardan riguroso silencio. La carretera N 322 -Córdoba Valencia- lleva en obras más de 30 años. Venir de la capital, Jaén (en vehículo privado). Circular por ella es un dolor, desde Jaén son 150 kms. en los que se echan dos horas pesadas, atorrantes. Samar, ese servicio -por llamarlo de alguna manera- de autobuses, heredado de La Sepulvedana, que siempre fue malo (no contestan al teléfono, no hay información fiable, nadie sabe, nadie contesta), ahora encima ha suprimido -con el pretexto de la covid 19- el servicio de Madrid (Méndez Alvaro) a Puente de Génave. Y es un trayecto en el que se tardaban casi seis horas, con transbordo en Valdepeñas en la estación de autobuses fea, lamentable, inhóspita y destartalada. El coronavirus sirve de pretexto para todo.

Las comunicaciones son un derecho, tanto las telemáticas como las físicas (carreteras, vehículos). El servicio de transporte público -que es una concesión administrativa que requiere un mínimo de regularidad, calidad y seguridad- debería ser protegido, exigido, por los municipios. Es como los desagües, el agua potable, el internet, la telefonía -por cierto, en manos de las operadoras que hacen lo que les es rentable, ni más ni menos- o la electricidad -Endesa, tres cuartos de lo mismo-. Pero los alcaldes y alcaldesas parece que están muy ocupados en otras tareas más políticas y de más interés.

En fin, aquí en la sierra, en este aislamiento en medio de una naturaleza pletórica, bellísima, tengo entre otros sobre la mesa un libro que los próceres que nos alumbran desde Madrid y Sevilla considerarán anticuado, pero que a veces creo que todavía es muy de actualidad por el deseo que lo impulsaba y el afán ilustrador y reformador, es de 1864 y fue escrito por don Fermín Caballero, Fomento de la Población Rural. Ya hablaba de la necesidad de comunicaciones, «si las autoridades recorriesen anualmente las provincias de su mando…» (pero, claro los presidentes de las Diputaciones, Consejeros autonómicos y ministros de la Nación, cuando vienen lo hacen en coche oficial con conductor, no se enteran de nada; Zapatero vino aquí, pero en helicóptero, y no es una broma). Mucho de lo que dice Caballero, cambiando medios y circunstancias, es válido hoy día, como son los artículos de Mariano José de Larra, su casi contemporáneo. Hoy necesitaríamos otro Fermín Caballero.