La luz de los hombres

Cuando tras leer sus libros se nos han olvidado todos los nombres y las anécdotas que pueblan sus historias, nos queda la evocación de esa atmósfera rara que creaba Pierre Mac Orlan. En ellos no había conclusión, el único argumento era la vida, la lucha por la vida. Era el tiempo de entreguerras, de puertos del Mar del Norte, los cafés de marinos, Café du Port, Café de la Gare, mujeres fuertes, marinos retirados, delincuentes y fugitivos de la justicia y otros que huían de su propia vida, muchos, antiguos combatientes de la Gran Guerra, como fue el propio Mac Orlan, que resultó herido junto a su propio pueblo, Péronne. Hay brumas, recuerdos de combates o bombardeos, amores ocultos y escondidos, calles a media luz.

Decimos precisamente que un autor es memorable (quizás no llegue a clásico), cuando su lectura nos deja ese regusto, ese recuerdo agradable, a veces inquietante. En el escritor de Péronne (Picardie) encontramos ese poso.

También nos han quedado algunas de sus ideas, como ésta que encuentro en uno de sus libros, Le bal du Pont du Nord, la idea de que algunos hombres (y mujeres) emanan luz:

“pueden crear una cierta luz. Unos brillan como soles, otros enfocan directamente como dos luces de proyectores; otros os sorprenden como la luz súbita de una linterna. Los hay que se parecen a esas lamparillas multicolores que se cuelgan de los árboles en las fiestas. Algunos vacilan y alumbran en una humilde oscuridad como la llama de una vela. Éstos son, a veces, los más peligrosos y los más difíciles… de apagar”.

No en vano se dice a veces de una persona “eres un sol”, sus ojos pueden ser “chispeantes”, o tratarse de una persona “oscura”; o se dice al morir, “se apagó” o “se extinguió”. O se dice que alguien “es brillante”.

Y encontramos en Juan de Mairena este párrafo, que cuando lo leímos nos pasó desapercibido:

“Hemos de volver -añadía Mairena- a pensar la conciencia como una luz que avanza en las tinieblas, iluminando lo otro, siempre lo otro… Pero esta concepción tan luminosa de la conciencia, la más poética y la más antigua y acreditada de todas, es también la más oscura, mientras no se pruebe que hay una luz capaz de ver lo que ella misma ilumina”.

Así, casi por casualidad, enlazamos Mac Orlan, el gran excéntrico, con Antonio Machado. La excentricidad vestimentaria del francés, se correspondía con su excentricidad de pensamiento, de percepciones sobre el ser humano, el gran perdedor. Fuera del centro, lejos de los senderos trillados, Mac Orlan se parece unos instantes al filósofo heterodoxo Juan de Mairena.

Cinco clases de iluminación pueden irradiar los hombres según el escritor picardo:

  1. La completa, total, solar.
  2. La enfocada, concentrada, aguda, analítica.
  3. La repentina, pasajera.
  4. La pintoresca, humorística y frívola, pero no menos necesaria.
  5. La del pábilo de una vela, dudosa, débil, pero tenaz y más peligrosa por solapada, que no da confianza.

Podríamos con esta plantilla clasificar las personas, los políticos (a los que tanto les gusta refulgir y que les vean y fotografíen), los artistas y escritores.

La solar, Nelson Mandela. El foco, Albert Einstein. La repentina, un jugador de fútbol de moda cualquiera. La pintoresca y festiva, el inefable Noel Clarasó, o los hermanos Alvarez Quintero, por ejemplo. La dudosa, de una vela o candil, Vladimir Putin. A Mac Orlan se le olvidó, sin embargo, la sexta categoría, la de quienes son la oscuridad, el agujero negro.

Los lectores podrán aplicar alguna de estas categorías a sus personas y personajes favoritos.

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Jean Gabin, la estética del perdedor, tal Pierre Mac Orlan

Recuerdo que cuando murió mi padre, sus hermanas se compadecían entre lloros, “ha sido un fracasado”. Quizás lo decían porque falleció con 39 años y no había llegado a donde se suponía que tenía que llegar, quizás por eso lo consideraban un fracasado. Federalista europeo, cosmopolita, ecologista ‘avant la lettre’, culto, todo eso no contaba. El concepto de fracaso y de éxito, ¿cómo se mide?

Veamos dos modelos de lo que se llaman perdedores, como fueron los papeles representados por el actor Jean Gabin o los personajes del escritor Pierre Mac Orlan. Hace unas semanas, una bella película dirigida por la hija de Jean Gabin, Florence Moncorgé-Gabin, Le passager de l’été, me ha traído a la memoria a este actor francés. En esta película la directora rinde homenaje a su padre, que amaba la Francia de los campos, el ganado y la naturaleza, como Mac Orlan.

Jean Gabin nos acostumbró a ver las películas de otra forma, a salir del heroísmo de cartón piedra y penetrar en la vida real de los hombres, con sus actos a veces inconscientes, sus errores, sus derrotas. Las historias casi siempre acaban mal, pero la dignidad del protagonista, detenido, muerto, abandonado por su amor, siempre sale incólume. Lo importante es cómo se lleva la vida, la dignidad, no el final, que depende de los otros hombres, del sistema, de la organización de la sociedad, de qué jurado distribuye los premios. ¿Por qué, teniendo una vida cómoda, arriesgarse en un asalto a un banco? Porque estoy harto, diría Gabin, “parce que je m’emmerde”. ¿Por qué alistarse a la Legión española? “parce que je la saute, monsieur le major”, porque tengo hambre, contesta Gilieth en La Bandera.

Jean Moncorgé (Gabin) nace en París en 1904, hijo de una familia de saltimbanquis. Mal estudiante, prefiere ser obrero, pero su padre lo introduce en el Folies Bergère como figurante. Allí aprenderá algo del oficio, trabaja en operetas (como la de Arsène Lupin, banquier), incluso canta con su voz grave, bien modulada, en un francés impecable. Su debut en el cine remonta a 1930 y el primer gran éxito fue La Bandera, de Julien Duvivier, en 1935. La Bandera es la única película sobre la Legión que perdura en nuestra imaginación sin esas adherencias patrioteras de Juan de Orduña y otros actores y directores españoles. La Bandera se basó en la novela del inefable escritor francés Pierre Mac Orlan, que nos dejó decenas de relatos como La lanterne sourde, Le chant de l’équipage, Sous la lumière froide, …

Pierre Mac Orlan (1882-1970), nacido Pierre Dumarchey, perteneció a esa raza de escritores que ha dado a Francia nombres como Henri de Monfreid y Albert Londres. En cierto modo, fue un Malraux que no presumía de ideología. Mac Orlan, excéntrico y original, frecuenta Montmartre en esos años de la verdadera bohème, ese barrio que nutrió de historias a tantos escritores de mediados del siglo pasado, hoy pasto del turismo adocenado. Gabin fue amigo suyo y recordaba cómo ‘le père Mac’ tocaba el piano en tirantes, con una gorra escocesa en la cabeza. Añadía a su personalidad ser un inveterado fumador de pipa. En las historias de Mac Orlan siempre hay viejos marinos, los cafés de los puertos, las mujeres solitarias, los antiguos combatientes de la Primera Guerra mundial, desencantados, escépticos y, a menudo, mucha canalla. Sus descripciones, o sus frases más bien, son singulares “toute la ville, à cette heure indiscrète, se montra devant moi comme une femme en chemise” (toda ciudad -Brest- a esa hora indiscreta se me mostró como una mujer sorprendida en camisón). Sus relatos están siempre envueltos en una particular atmósfera de una sociedad desparecida, como decía él mismo, un país, unas ciudades y campos de antes de la televisión.

Los personajes de Mac Orlan me recuerdan a los barojianos. El pensaba que la sociedad se dividía entre los que vivían en las grandes ciudades, los parisinos, y los rurales. Los chalecos amarillos, la Francia profunda y sus reacciones anti-sistema parecen darle la razón. ¿Quiénes somos los urbanitas para decirles a los del interior cómo tienen que vivir? Ese dilema también lo tienen ahora los Verdes alemanes.

Volviendo a Gabin, antes de la guerra, fue el protagonista en películas como Les bas fonds, inspirada en la novela de Máximo Gorki, Pépé le Moko, Quai des Brumes y Le jour se lève (de Marcel Carné), La Bête humaine (de Renoir, inspirado en la novela de Emile Zola), etcétera. Sus silencios, tan poco locuaz, su aire reconcentrado, taciturno, y sus miradas, son memorables.

Consiguió partir a los Estados Unidos atravesando la España franquista y embarcando, como tantos refugiados, en Lisboa, donde se asombró de ver la abundancia en las ‘mercearias’, tiendas de ultramarinos, llenas de quesos, mantequilla y otras delicias hacía tiempo desaparecidas en Francia. Trabajará algún tiempo en Hollywood y Marlène Dietrich le enseñará inglés. En 1943 podrá alistarse en el ejército francés de De Gaulle incorporándose a un regimiento blindado, entrando en combate en Alemania.

Jean Gabin hará una carrera desigual en cuanto al aprecio del gran público, con éxitos resonantes y otros filmes que pasaron más desapercibidos. Al final de su carrera será cada vez peor pagado, la cuarta parte de lo que cobraba, por ejemplo, Alain Delon, que le quería y admiraba cuyo afecto y respeto era correspondido por el ya mayor Gabin que le llamaba afectuosamente ‘le môme’, el crío, el chaval. “Antes de la guerra, no tenía que apoyar una reputación y hacía las películas que me gustaban, no por el dinero”, declaraba en 1968.

Entre las parejas destacadas de su vida de actor hay que señalar a Michèle Morgan -cuyos ojos azules (turquesa) rivalizaban con la mirada azul de Gabin- y a Marlène Dietrich, ambos amores frustrados. Porque era un perdedor.

Su gran pasión era la ganadería, el campo, para lo que compró en Normandía La Pichonnière y, después, lindando, La Moncorgerie, que fue su lugar de felicidad y que también termina mal por una reclamación y un desagradable pleito de otros agricultores -700 campesinos ocupan su finca contra este no-agricultor que es propietario de 150 hectáreas, lo que en Francia está muy mal visto cuando no las cultiva el dueño (precisamente el mismo antagonismo que Mac Orlan subrayase sobre los de la ciudad y del campo). De ahí ese homenaje que le hace su hija, evocando la vida de los modestos ganaderos franceses, recreándose en el paisaje, la forma de vida sencilla y sabrosa de la campiña francesa. Mac Orlan también se retiró al campo en sus últimos años, marcando aún más distancia que siempre mantuvo con el mundillo literario.

Los relatos y novelas de Mac Orlan, si solamente fueran historias de aventuras, pasarían más desapercibidos entre todas las existentes. Pero Mac Orlan, además de escribir y describir muy bien, lo hace con el propósito de mostrar la vida como es, no simples anécdotas. Igualmente, Jean Gabin, que no es sólo un galán, un tipo duro, un gangster, sino que nos muestra una actitud ante la vida en la que lo que menos cuenta es triunfar.

Hay que decir que la ‘intelectualidad’ francesa -esos intelectuales que, según decía Mac Orlan, a veces eran también inteligentes- de la época nunca apreció demasiado a Gabin, que tenía sus ideas propias y no se sometía a la política necesariamente correcta. “Je suis trop solide physiquement pour me préoccuper des idées…” (“soy demasiado sólido físicamente para preocuparme de las ideas…”), decía un personaje de Mac Orlan en una frase que Gabin habría suscrito. Quizás por eso hay pocas retrospectivas de sus películas. Uno de los grandes admiradores de Mac Orlan en España fue César M. Arconada, el escritor realista (que fue del Partido Comunista de España y murió exiliado en Moscú).

Ambos tuvieron una visión de la vida y una actitud humana sin hacer concesiones a la fama, a lo bienpensante, unas vidas y unas obras auténticas, reales, sin subterfugios ni falsa amabilidad. Su estética de perdedores casi me recuerda a Últimas tardes con Teresa, la magnífica novela de Juan Marsé. Por no citar a nuestro más insigne derrotado, perdedor, don Quijote de La Mancha.

Jean Gabin se apagó el 15 de noviembre de 1976, con 72 años. Trabajó en casi cien películas a lo largo de sus 48 años de carrera. Pierre Mac Orlan se había ido antes, con 88 años, en 1970.