Chéjov, Deledda, la dignidad del paisaje

Ya sé que hablar del paisaje es reaccionario, es como querer volver a un pasado preindustrial, pobre, primario. Va contra el crecimiento económico, el eterno crecimiento.

Si hoy evoco el paisaje es porque está siendo sistemática, irremediablemente destruido por el turismo, por la especulación inmobiliaria que lo acompaña, por la agroindustria (vean esos modernos y patéticos olivares en setos) y por su domesticación en forma de parques temáticos, de parques naturales ‘protegidos’, amansados, fuera de los cuales todo es permitido. Crear un parque natural es como extender una patente de corso fuera de él, para atropellar la naturaleza sin límite; el parque natural es como la coartada.

El paisaje español era mucho más bello, prístino, intocado, cuando Unamuno escribía Andanzas y visiones españolas, o Azorín su antología del Paisaje de España visto por los españoles. Lo siento, pero es así. Los campos eran antiguos, las noches oscuras, sin esa obsesión de los alcaldes que es la contaminación lumínica; al campo se llegaba desde la ciudad hasta en tranvía, como en Granada cuando su vega no era un conglomerado de almacenes, carcasas de naves industriales abandonadas, bloques feos y carreteras humeantes de camiones y automóviles.

Afortunadamente, los pintores, poetas y escritores de varios estilos han sido siempre los salvadores del paisaje, los que han otorgado a la naturaleza la dignidad y respeto que merecen. Virgilio ya lo hizo en sus Bucólicas. Incluso, en el siglo XX, pasado el naturalismo y el impresionismo la abstracción lírica, como la de Vieira da Silva, Zao Wou Ki, o el expresionismo abstracto como Jackson Pollock, o la menos conocida pero genial Joan Mitchell, aluden al paisaje y éste se transparenta en sus telas.

La consciencia del paisaje como objeto pictórico es relativamente tardía. Antes se pintaba el paisaje sin saberlo, como Monsieur Jourdain hablaba en prosa sin saberlo al pedir las zapatillas y el gorro de dormir a Nicole.

Una de las primeras veces en que se habla de paisaje es una frase de Miguel Ángel con el portugués Francisco de Holanda, sobre la pintura de Flandes:

“Su pintar son ropas, construcciones, verduras de los campos, sombras de árboles, y ríos y puentes, a lo que llaman paisajes, y muchas figuras por aquí y por allí”.

El paisaje, concepto renacentista, se despliega sobre todo en el siglo XIX gracias a la poesía y la pintura.

Pero hoy ya está catalogado y es inerte, es una fotografía. La forma de viajar, sobre todo la turística, que es la más masiva y destructora, ha relegado el paisaje al concepto de parque temático, como ya se ha dicho. También lo ha hecho con muchas ciudades (Venecia, Brujas, Toledo, Barcelona, París, por ejemplo).

Antes, el viaje consistía en ver el paisaje. Paisajes desde el tren. He leído los versos de un viajero en tren que tenía tiempo y disfrutaba del solaz del paisaje, que fue Agustín García Calvo, (Del tren, 83 notas o canciones, Lucina Ed. 1981):

Es como mar tembloroso el campo

de almoradujes y clavellinas.

¡Quién se cayera en él rodando

desde esta ventanilla!

(…)

…verdecidas las siembras,

verdeante lo no sembrado,

y hasta rompiendo de los cantos

de los resquicios de las tapias,

malvas y jaramagos,

según el tren que nos lleva,

según pasamos.

No es casual que aquellos trenes inspirasen a los poetas. Leí hace unos días que Pasolini dijo “más de la mitad de mis poemas han sido pensados o escritos en un tren” (Pasolini, cuyo centenario se celebra este año, entre otros trabajos, tuvo un encargo de los ferrocarriles italianos, o tempora, o mores, si a la Renfe se le hubiera ocurrido algo parecido… qué escándalo).

Hoy los viajes son cada vez más planificados, más fulgurantes y superficiales. Me refiero a los viajes turísticos, en avión, en AVE o por autopista. Nos se pasa por los pueblos comunes y vulgares ni se contempla el paisaje. No hay tiempo ni interesa, hay prisa. Desde el avión no se ve nada, ni desde la autopista. Ya lo conté hace años en un relato inspirado en una historia real, como dicen ahora las películas, El viajero imaginario https://wordpress.com/post/laplumadelcormoran.me/379,

Muchos otros poetas han mirado el paisaje, dos, como Unamuno o Antonio Machado destacaron, y escritores, como Josep Pla, que también son como pintores. Pero esto es ya muy sabido y muy trillado, no hay que insistir. No tan conocidas son las descripciones de paisajes de calidad geológica, topográfica, que hizo Juan Benet en sus obras cuyo escenario es Región y en Herrumbrosas Lanzas, que también sucede en esa zona.

Para reivindicar el «reaccionario» concepto del paisaje bello, dos escritores me llaman la atención en su tratamiento del paisaje y su lectura tiene a veces rasgos parecidos. Ambos apuntan a las mismas vidas, aunque las separen miles de kilómetros y hablan de cómo era el paisaje hace más de un siglo, antes de ser maltratado, desfigurado, convertido, como todo, en mera mercancía. Son Anton Chéjov y Grazia Deledda. De Rusia a Cerdeña.

El jardín de los cerezos es una de las primeras alertas contra la especulación inmobiliaria que aparece en la literatura. La venta del cerezal proviene de la abulia y mala administración de una familia propietaria decadente y pródiga y de la ascensión de los negociantes rapaces, como Lopajín. Es la última obra de Anton Chéjov, escrita en 1903. El fue un gran amante de la naturaleza y de la humanidad. Su informe sobre la colona penitenciaria de la isla de Sajalín -él fue voluntariamente a donde nadie quería ir- es una buena muestra de lo segundo, mientras en sus obras de teatro y sus relatos hay siempre un especial cuidado con los árboles, el campo, el paisaje. La naturaleza entra por las galerías de las dachas e isbás de sus relatos y dramas, por los viajes por la estepa, en los cuadros de las historias junto al mar Negro (ese que en este momento es arrasado por las bombas y los tanques rusos).

Chéjov me lleva a otra escritora casi de su tiempo, a Grazia Deledda que, además estaba muy influenciada por la literatura rusa. Esta fue durante largo tiempo olvidada, y ha sido rescatada recientemente porque su obra presenta las mujeres luchadoras, las sufridoras, las sometidas, en aquella Cerdeña de antes de la Primera guerra mundial.

Deledda fue apartada ignominiosamente del Parnaso de las letras con la excusa del saludo que le hizo Mussolini cuando fue a recibirla al volver de recibir el Nobel en 1926; eso parece que la catalogó como fascista (nada más lejos). Quizás también por ser mujer fue relegada. También a Ungaretti le escribió un prólogo el Duce y nadie dice nada. Ella nos relata esa Cerdeña antes del desastre que fue para Italia la Gran guerra, con la masacre de los Dolomitas, su postergación en Versalles (que sería utilizada por el Duce para aliarse con Alemania, la otra gran humillada). Es la isla de los pastores, los campesinos, las mujeres que trabajan, paren y, algunas, se rebelan contra el orden ancestral. Describe los campos, los animales, los bandoleros, las comidas y las faenas agrícolas, hasta el mobiliario de las viviendas campesinas sardas, con una plasticidad que no es la del realismo, sino que está teñida de lirismo. Las conversaciones y las veladas a la par de la lumbre, cuando se tejían y destejían familias y compromisos. Los criados participaban en la vida familiar, opinando, administrando, calmando los ánimos encrespados. En este sentido, Grazia Deledda forma parte de la herencia cultural sarda, cuya lengua y paisajes son el fermento poético de su trabajo.

Aparte de sus historias, sin tono épico, con personajes fuertes y bien dibujados, sus descripciones de la naturaleza podrían ser la guía para que un pintor usase sus pinceles y su paleta de memoria, sólo con leerla. Algunos lo considerarán mero lirismo rural, pero los que recordamos algunos paisajes mediterráneos no podemos sino evocarlos en sus páginas. En cualquier caso, Deledda no se limita a representar paisajes, en una especie de mímesis, sino que sus paisajes -como en Chéjov, tanto en los relatos como en su teatro- acompañan los sentimientos, las vidas y avatares de los personajes que intervienen en sus obras. Lo importante, aparte del análisis literario, que no me compete ni para el que soy competente, es la emoción que transmiten.

“El viento sacude los viejos olivos, espesos en la ladera del valle, dándoles ondulaciones y tonos grises cambiantes, como de nube; las aceitunas caen, verdosas y violáceas, brillantes como perlas, y es preciso apresurarse para recogerlas de la tierra fría”.

“Los olivares plateados imitan el ondular del agua bajo la Luna”.

“La Luna resplandecía en el cielo, de un azul tan puro como el alba estival; y cada hierba exhalaba su más suave perfume”.

Salvo Machado, nadie en España ha escrito así sobre los olivos.

En fin, una frase chejoviana en Deledda me incita aun más a presentarlos juntos:

“¡Si llegara la noche, y después de la noche otro día, y el final de la espera, y el olvido!”.

¡Si llegara la paz, no sólo de las armas sino de las excavadoras, a los campos!

Anuncio publicitario

La visión pesimista de Unamuno sobre Portugal

(Este artículo, en portugués, fue publicado el 23 de septiembre por el Diario de Notícias, http://www.dn.pt)

Miguel de Unamuno ha sido quizás el escritor español que más ha amado a Portugal. Pero se le puede amar y no entenderlo, como tampoco entendió siempre bien los problemas españoles. Gran escritor y para mí gran poeta, tuvo además el mérito de mirar a Portugal, de tener amigos portugueses, de conocer a fondo la literatura y la historia portuguesas. Eso lo han hecho poquísimos españoles, que siempre han mirado hacia el norte, y casi nunca al oeste.

Por eso me parece poco representativo que en las librerías portuguesas se destaque el pequeño panfleto de Unamuno, Portugal, povo de suicidas. En realidad, se trata del artículo ‘Un pueblo suicida’, escrito en Lisboa en 1908 e incluido en Por tierras de Portugal y España. Además, el título sensacionalista no refleja bien el contenido del artículo porque no piensa que todo Portugal es suicida. Es un reclamo de titular.

El que algunos portugueses, amigos o conocidos suyos, se suicidasen (Laranjeira, Antero de Quental, Florbela Espanca, Sá Carneiro) no le permite una extrapolación a todo un pueblo. ¿Por qué no miró a todos los franceses, alemanes, escandinavos, o a españoles, como Ganivet, entre otros que se suicidaron en esos tiempos, con ese mal de “fin de siècle” que tantos compartieron, esa especie de “lacrime di intellettuale” que denunciaría Pasolini?

Ese artículo da una imagen del Unamuno pensador bastante desacertada, aunque contribuya a esa especie de autoflagelación tan propia de los portugueses a quienes parece que les gusta, como a nosotros español, “sus hermanos”, recrearse en el desastre, en que somos peores que los europeos del norte, que somos incultos, poco serios, poco de fiar. En el fondo, flagelándonos, parece como si quisiéramos darles la razón a los holandeses, a personajes como Hoekstra y Rutte.

No fue don Miguel de Unamuno precisamente un pensador optimista. Perteneció a la llamada Generación del 98. Con su gran conocimiento de los clásicos y contemporáneos, con una gran carga ética, le embargaba el problema de España, que fue prácticamente su principal preocupación. Pensaba que éramos todos decadentes.

Esto de los suicidas le sirve a Unamuno para justificar su visión melancólica de Portugal que él amplifica y en la que muchos portugueses se complacen casi de manera masoquista (“en Portugal aman las lágrimas”, dice). El saudosismo le fascina a Unamuno, porque él mismo es un hombre de saudades, saudades del cristianismo, saudades de Castilla, saudades de su Bilbao.

Como muestra en su bello pero fúnebre soneto ‘Portugal’:

Del atlántico mar en las orillas

desgreñada y descalza una matrona

se sienta al pie de sierra que corona

triste pinar…

(…)

mientras ella sus pies en las espumas

bañando sueña el fatal imperio

que se le hundió en los tenebrosos mares

y mira cómo entre agoreras brumas

se alza Don Sebastián, rey del misterio.

Es la visión de un país que él considera pobre y decadente («desgreñada y descalza») que mira la puesta del sol, el ocaso. Esto resume su idea sobre el país y se ha convertido casi en un estereotipo. Pero no se alarmen los lectores portugueses, don Miguel tiene también muchos poemas tristes, casi desesperados, sobre España. Era su carácter, de ahí que forme parte de esa ‘literatura del desastre’, como la llamó Manuel Azaña. Y además Unamuno podía decir una cosa y la contraria. Así, podía ser iberista (casi partidario de la unificación de la Península) y al mismo tiempo reivindicar la independencia de Portugal frente a “la vieja y podrida España oficial, no curada de sus seculares manías … que no se avenía a reconocer sincera y lealmente la independencia portuguesa” (Portugal independiente, 1917).

Sería bueno que, al margen del impacto mediático que produce un panfleto sobre esa presunta manía suicida, se editasen en portugués más obras de Unamuno, tanto las que se refieren a Portugal (que la Fundación Gulbenkian publicó en 1985) como otras muchas.

Leer a Unamuno es una invitación a la reflexión fuera de los senderos más trillados. Miguel de Unamuno decía lo que pensaba en voz alta y eso le valió que Primo de Rivera lo desterrase, que la Segunda República lo expulsase de la cátedra y enfrentarse al fin de sus días con el general sublevado Millán-Astray. Unamuno fue el ejemplo del intelectual comprometido con su tiempo.