Días de ocio en Valencina de la Concepción

En este verano que los comentaristas de diarios nos anuncian como el postrero, con ese fin del mundo que se nos viene encima este otoño, cuando las casandras de todo credo y condición nos llenan de miedo y pavor, nada como sestear en Valencina, a unos pocos kilómetros de Sevilla.

Es éste un pueblo residencial, sin alardes, con casas confortables, patios y jardines, cipreses, olor a jazmín tras algunas tapias, buganvilias rebosantes de púrpura, piscinas escondidas para refrescarse y algún bar que otro, pocos, entre ellos El Bovito, con casi cien años -hoy llamado El Bobito-, o la Bodega Chispas, cerca de la Peña Cultural Bética, del Betis Balompié. Desde estos altos del Aljarafe se ve el mundo de otra manera. Sosiego. Calles pulcrísimas, gente amable, nombres de Vírgenes por todos lados, Rocío, Esperanza Macarena, Nieves, Concepción. Pero también están en el callejero Emilio Prados y Cela, por ejemplo.

Ayer, dos jinetes bajaban en sendos altos caballos cartujanos, sus cascos resonando rítmicos por la calle blanca. El campo nos rodea, olivares bastante secos y sufridos, pero campo al fin, no todo especulación (aunque aquí cerca hay carteles contra la especulación, en Gines).

Oigo en al patio de al lado a la mujer que le pregunta a la abuela “¿le hago un arrocito con salchicha?”, y la abuela, sorda, pregunta de nuevo. Los perros, innumerables, excesivos, vigilantes, ladran tras las verjas de las cocheras. Eso es lo único un poco molesto para el caminante inadvertido.

Se debe leer poco en este pueblo, a pesar de que la librería y editorial Renacimiento, de Abelardo Linares, una de las mejores de España, está en su término. Entre piscina, jardines y siestas larguísimas, queda poco espacio para leer. Sólo algunos raros lo hacemos. Los raros.

Lo más interesante y curioso de este lugar es lo lejos que nos sentimos de todos los conflictos que asolan el mundo. Ucrania parece no existir, como no existen los incendios forestales ni Taiwan, ni Sánchez ni Pelosi. Descanso total, que vendrá el invierno de todos los males y desgracias (nos dicen el ABC, El Mundo y demás optimistas natos). A vivir que son dos días, que luego -afirman- habrá llanto y rechinar de dientes (inflación, paro, frío y sin calefacción, todos los males traídos, cómo no, por el gobierno culpable)-.

Ah, y el calor es perfectamente soportable y por las noches uno se cree Lezama Lima o Hemingway fumándose un puro en el jardín oscuro, donde suena, leve, el gotero de riego moderado y ahorrativo.

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